No es insomnio, es deseo
Por Pecado de Seda
Enviado el 07/03/2026, clasificado en Amor / Románticos
32 visitas

Estoy en el borde de la cama, con mi camisa de seda lila atada con un cinturón. La tela apenas logra cerrar sobre mis pechos; siento cómo la seda fría acaricia mi piel caliente. Tengo el pelo rubio, de media melena, algo despeinado por la almohada. Me miro de reojo en el espejo: la bata se abre un poco al nivel del escote, dejando ver más piel de la que debería… y sé perfectamente lo que provoca.
Entra mi marido: está rendido, agotado por el trabajo. Se mete en la cama conmigo. Nos damos un beso de buenas noches.
Espero un rato. El silencio me confirma que ya se ha dormido. Su respiración es pesada, regular.
Me levanto en puntas de pie. Cruzo el pasillo. La casa está en silencio, salvo por el crujido ocasional de la madera bajo mis pasos.
Abro la puerta.
Está ahí: el jardinero. Maniatado. Apenas un bóxer cubre su cuerpo. La luz del pasillo resalta el contorno firme de sus hombros y el latido en su garganta. Su mirada recorre mi bata… y sé que ve lo que queda abierto.
Lo llevo al salón. Me quito la bata, dejándola caer lentamente, como si la seda supiera deslizarse sola. El aire fresco acaricia mi piel. Solo llevo un conjunto negro: sujetador y braguitas que parecen hechos para que él los desee con la vista.
Se oye su respiración, más rápida. Y yo todavía no he dicho ni una palabra.
Bajo sus bóxer despacio, saboreando la tensión en su mirada. Apenas toco su piel y ya está duro, listo para mí. Me inclino y empiezo a chuparlo, primero despacio, jugando con la punta, después más profundo, sintiendo cómo se agita contra las cuerdas.
—Mmm… —murmuro, apartando la boca para mirarlo a los ojos—. No puedes hacer nada… salvo dejarte usar.
Se queda sin palabras, con la respiración acelerada. Sabe que todavía no he empezado de verdad.
Me quito el sujetador, dejando que caiga al suelo, y luego las braguitas. Estoy completamente desnuda, y él lo sabe. Me acerco, dejando que mis pechos rocen su cara.
—Chupármelos… así… —susurro, guiando su boca hasta uno de mis pezones.
Siento su lengua húmeda, sus labios cerrándose alrededor. Me aprieta con la boca, y un gemido se me escapa.
—Eso… así… no pares…
Le restriego el otro pecho, húmedo ahora por su saliva, contra su mejilla.
—¿Quierés más? —pregunto, con media sonrisa—. Pedírmelo…
Sus ojos me suplican, pero yo quiero oírlo.
—Vamos… decímelo —insisto, acariciándole la mandíbula con la punta de mis dedos—. Decime qué quieres que te haga.
—Quiero… —su voz tiembla—. Quiero que me la sigas chupando.
Sonrío satisfecha.
—Así me gusta… pedir para recibir.
Me arrodillo entre sus piernas y vuelvo a tomarlo en mi boca, esta vez sin piedad. Lo envuelvo entero, sintiendo cómo se tensa contra mi lengua. Mis manos, libres, recorren su abdomen, sus muslos, jugueteando con la piel caliente que tiembla bajo mis dedos.
—Mmm… —gimo contra él, mirándolo desde abajo—. ¿Te gusta tenerme así, de rodillas?
—Si-sí…
Lo suelto un instante, dejando un hilo de saliva que cae sobre su piel.
—Te voy a volver loco esta noche… y ni siquiera puedes tocarme.
Me subo sobre él, guiando su erección contra mi humedad. Froto despacio, sintiendo el calor crecer entre nosotros.
—¿Quieres que te deje entrar? —susurro, rozando su boca con la mía sin besarlo—. Pídemelo otra vez…
Froto mi sexo contra él, sintiendo cómo cada movimiento lo hace gemir detrás de la mordaza. Me inclino hacia su oído.
—No te imaginas lo mojada que estoy… y es culpa tuya.
Me muevo más lento, dejándole sentir cada centímetro de mi humedad deslizándose por su erección.
—Podría dejarte así toda la noche… mirándome, sintiéndome… sin darte lo que quieres.
Su respiración es rápida, casi desesperada. Sus manos intentan moverse, pero las cuerdas lo mantienen firme.
—Me encanta verte así… —susurro, lamiéndole el lóbulo de la oreja—. Atado, duro… y sin poder tocarme.
Me enderezo, guiando la punta hacia mi entrada, pero me detengo justo en el borde.
—¿Lo quieres? —pregunto, mordiéndome el labio.
Asiente, suplicante.
—No… dímelo. Con tu voz.
—Sí… por favor… —su tono es un gemido.
—Eso… —sonrío—. Ahora sí.
Me dejo caer lentamente sobre él, sintiendo cómo me llena por completo. Cierro los ojos y gimo, disfrutando de esa mezcla perfecta de placer y poder.
—Dios… así…
Comienzo a moverme despacio, marcando el ritmo, disfrutando cada embestida mientras lo miro a los ojos.
—Esta noche soy yo la que decide cuándo acabas… y no va a ser pronto.
Me muevo sobre él con un vaivén lento, profundo, sintiendo cómo cada centímetro me estira y me calienta más. Sus gemidos se mezclan con mi respiración agitada.
—Mírame… —ordeno, y sus ojos se clavan en los míos—. Quiero que veas cómo me lo follo.
Acelero un poco, hundiéndome más fuerte, dejando que mis uñas se claven en su pecho. El golpe de piel contra piel resuena en el salón, mezclado con mis gemidos cada vez más descontrolados.
—¿Sientes lo apretada que estoy? —susurro entre jadeos—. Es toda tuya… pero solo mientras yo quiera.
Siento su cuerpo tensarse bajo el mío.
—¿Vas a correrte, jardinero? —pregunto con malicia—. Todavía no… aguanta.
Me inclino hacia adelante, apretando mis pechos contra su cara mientras sigo cabalgándolo más rápido, frotando mi clítoris contra su pelvis. Un escalofrío me recorre.
—Oh, sí… así… —mi voz se quiebra en un gemido.
Sus caderas intentan seguirme, desesperadas, pero el control sigue siendo mío.
—Ahora… —susurro al oído, mordiendo suavemente su cuello—. Córrete conmigo.
Un último movimiento profundo y siento cómo su cuerpo estalla dentro de mí, caliente, mientras mi propio orgasmo me sacude entera. Grito su nombre, arqueando la espalda, disfrutando de la ola que nos arrastra a los dos.
Caigo sobre su pecho, respirando agitada, con una sonrisa satisfecha.
—Y todavía no terminó la noche… —murmuro, acariciando su mejilla.
El silencio vuelve a llenar el salón, roto solo por nuestras respiraciones entrecortadas. Sigo sentada sobre él, sintiendo su calor aún dentro de mí, como si mi cuerpo no quisiera soltarlo.
Me incorporo despacio, observando su mirada: mezcla de agotamiento, deseo y rendición total. Solo paso mis dedos por sus labios húmedos, como si guardara un secreto entre ellos.
—Vas a quedarte así… —susurro, acariciando su mejilla—. Porque la noche todavía es larga, y yo no pienso dormir.
Recojo mi bata del suelo, pero no me la pongo. Camino desnuda por el salón, sintiendo su mirada clavada en mi espalda. Antes de salir, me detengo en la puerta y sonrío.
—Te dije que no era insomnio… —mi voz es suave, casi un suspiro—. Es deseo.
Y cierro la puerta, dejándolo con el sabor de lo prohibido ardiéndole en la piel.
Comentarios
COMENTAR









¿Te ha gustado?. Compártelo en las redes sociales