Detras de las cortinas

Por
Enviado el , clasificado en Amor / Románticos
67 visitas

Marcar como relato favorito

Sólo tenía un vicio: al oscurecer, espiaba a sus vecinos durante sus momentos más desinhibidos. Noche tras noche, detrás de cada ventana, en cada dormitorio anónimo, Marcela encontró material para sus fantasías más salvajes. No hacía daño a nadie. Era sólo un juego. El tipo montaba en su bicicleta estática estaba de espaldas así que no me podía ver. Movía las piernas prietas con ritmo, arriba y abajo. No llevaba nada puesto solo los pantalones cortos de montar en bicicleta. Marcela recreo en aquellos hombros anchos que ahora brillaban por el sudor. A su lado estaba una chica de pelo castaño y rizado, se inclinaba para besar su hombro derecho. Marcela presionaba los muslos mientras sentía esa humedad en su entrepierna, cada vez que veía el cuerpo semidesnudo de aquel hombre. El se bajo de la bicicleta, agarro a la chica de las caderas, la chica apoyo las manos en la pared, el empezó a masajearle el culo, se le endurecieron los pezones.

Me quedé sin aliento, el cristal de mi ventana frío contra la frente. Él tenía las manos hundidas en la carne de sus nalgas, apretando, separando. Ella empujó su trasero contra él, un movimiento lento y deliberado, y su espalda se arqueó. No podía escuchar nada, pero veía el ritmo de su respiración, el modo en que sus bocas se abrían en sonidos que yo podía adivinar.

Él deslizó una mano por su costado, bajo la camiseta suelta que llevaba. Ella se estremeció. Vi sus dedos moviéndose, subiendo, y luego su mano emergió, sosteniendo la tela arrugada mientras la subía por su espalda. La camiseta voló a un rincón del dormitorio. Ella no llevaba nada debajo.

Giró en sus brazos entonces, enfrentándolo, enredando los dedos en su pelo sudoroso y tirando de su boca hacia la suya. Fue un beso feroz, hambriento. Sus cuerpos se fundieron, su pecho contra sus pechos. Él la levantó como si no pesara nada, sus manos firmes bajo sus muslos, y ella enroscó las piernas alrededor de su cintura. Caminó con ella, fuera de mi línea de visión directa, hacia el borde de la cama.

Me ajusté en mi silla, las yemas de mis dedos blancos donde se aferraban al marco de la ventana. La humedad en mis bragas ya no era un susurro, era una demanda. Apreté los muslos, frotándolos uno contra el otro, buscando un alivio ínfimo que solo avivó el fuego. No me tocaba. No todavía. La espera era parte del ritual, la tortura dulce que hacía que todo valiera la pena.

Él la dejó caer sobre el colchón. Ella rebotó, riendo, su pelo castaño como un halo desordenado sobre la almohada. Él se situó entre sus piernas, sus pantalones cortos de ciclista aún en su lugar, pero la tensión en la tela dejaba claro lo que ocurría debajo. Con dedos que temblaban ligeramente—de esfuerzo, de deseo—desabrochó el botón, bajó la cremallera.

Yo me mojé los labios secos. Mi propio pulso latía en mis sienes, en mi garganta, en ese núcleo ardiente entre mis piernas. Él se quitó los pantalones cortos de un empujón torpe y quedó de pie ante ella, gloriosamente desnuda, iluminada por la lámpara de la mesilla. Ella extendió una mano, lo tomó, y su cabeza cayó hacia atrás, su boca formando una "O" perfecta y silenciosa.

Fue entonces cuando me permití bajar una mano. Deslicé los dedos bajo la banda elástica de mis pantalones de pijama, a través del fino algodón de mis bragas. O contacto fue electrico. Un jadeo ahogado se escapó de mis labios. Allí estaba, espiando a dos desconocidos en su momento más íntimo, mientras mis propios dedos encontraban el ritmo que veía en ellos: él moviéndose ahora, sobre ella, dentro de ella, sus caderas bombeando con una intensidad animal que hacía temblar el marco de la cama.

Ella levantó las piernas, enganchando los tobillos en la espalda baja de él, dibujándolo más profundo.  Yo me froté, siguiendo su compás, mi mirada clavada en la tensión de sus músculos dorsales, en el brillo del sudor en la nuca de él. Mi respiración se volvió superficial, rápida. El calor se acumulaba en mi vientre, una ola creciente que amenazaba con romper.

Él cambió el ángulo, levantándola, y su ritmo se volvió frenético, desesperado. La boca de ella se abrió en un grito que atravesó el vidrio y el espacio entre nuestros edificios, un sonido mudo pero poderoso que resonó en mis huesos. Fue la señal.

La ola se estrelló. Cerré los ojos, apretando los párpados con fuerza, ahogando un gemido en el dorso de mi otra mano mientras los espasmos me recorrían, sincronizados, milagrosamente, con el último y profundo embate de él y el temblor final de los cuerpos entrelazados de ellos.

Cuando abrí los ojos, estaban inmóviles, un enredo de extremidades y sábanas revueltas. Él se desplomó a su lado, su pecho subiendo y bajando con fuerza. Ella le acarició el costado, sonriendo, diciendo algo que hizo que él sonriera también, cansado y satisfecho.

Yo me retiré lentamente de la ventana, mis dedos húmedos, mis piernas débiles. Me dejé caer en mi silla, el corazón aún acelerado. En la penumbra de mi propio cuarto vacío, sonreí. No hacía daño a nadie. Era sólo un juego.

Pero qué juego tan delicioso.


¿Te ha gustado?. Compártelo en las redes sociales

Denunciar relato

Comentarios

COMENTAR

(No se hará publico)
Seguridad:
Indica el resultado correcto

Por favor, se respetuoso con tus comentarios, no insultes ni agravies.

Buscador

ElevoPress - Servicio de mantenimiento WordPress Zapatos para bebés, niños y niñas con grandes descuentos

Síguenos en:

Facebook Twitter RSS feed