El chofer

Por
Enviado el , clasificado en Amor / Románticos
26 visitas

Marcar como relato favorito

  El chofer  

La limusina se detuvo suavemente frente al edificio, el motor ronroneando como un felino satisfecho antes de apagarse. Romina salió primero, los tacones resonando en el silencio de la madrugada. El vestido negro, ahora arrugado y con alguna mancha sutil de champán o lápiz labial ajeno, se pegaba a su piel sudorosa. Olía a sexo caro, a perfume caro y a deseo satisfecho.

Luis apagó las luces del coche y la siguió sin decir una palabra, la polla ya dura desde hacía kilómetros solo de imaginar lo que vendría. Subieron en el ascensor privado en silencio absoluto; ella delante, él detrás, respirando su aroma como si fuera oxígeno puro.

Al entrar al ático, Romina ni siquiera encendió las luces principales. Solo dejó que la iluminación tenue de la ciudad entrara por los ventanales, bañando todo en un azul eléctrico y plateado. Se quitó los zapatos de una patada, los tacones rodando por el suelo de mármol.

Se giró hacia Luis con una sonrisa lenta, peligrosa.

—Quítate la chaqueta, chófer. Y la camisa. Ya. Quiero verte desnudo antes de que me veas a mí.

Él obedeció con manos temblorosas. La camisa cayó al suelo, revelando el pecho marcado por horas de gimnasio y tensión acumulada. Los pantalones siguieron. La polla saltó libre, gruesa, venosa, goteando en la punta.

Romina se acercó despacio, descalza, el vestido subiéndose por los muslos con cada paso. Se detuvo a centímetros de él, tan cerca que Luis podía sentir el calor que irradiaba su cuerpo.

—Mírame bien —susurró, voz ronca de tanto gemir esa noche—. ¿Sabes cuántas pollas me han llenado hoy? ¿Cuántos hombres importantes me han abierto el coño hasta dejarlo rojo e hinchado? ¿Cuánta leche caliente me han dejado dentro, goteándome por los muslos mientras me suplicaban que no parara?

Luis tragó saliva, la respiración entrecortada.

—Dime… dime cuánta.

Ella soltó una risa baja, obscena.

—Demasiada para contarla. Me han follado en el salón, en la biblioteca, contra la barandilla de la terraza. Me han metido tres dedos mientras otro me la metía por detrás sin condón. Me han hecho tragar hasta que se me saltaban las lágrimas. Y ahora… ahora estás tú, mi perrito fiel, esperando tu turno como un buen chico.

Se giró de espaldas, se levantó el vestido hasta la cintura y se inclinó ligeramente sobre la mesa de mármol, apoyando los antebrazos. Abrió las piernas lo justo.

—Mira.

Luis se acercó. El coño de Romina estaba hinchado, los labios exteriores rojos y brillantes, abiertos como una flor después de la tormenta. Un hilo blanco espeso se deslizaba lentamente por el interior del muslo, mezcla de varios hombres, varios orgasmos.

—Acércate más —ordenó ella—. Huele. Huele lo que me han dejado.

Él se arrodilló sin dudar, la nariz a centímetros de su sexo. El olor era abrumador: almizcle, semen, sudor, excitación femenina. Gemió sin poder evitarlo.

—Lame —dijo Romina, voz quebrada de deseo—. Límpiamelo todo con la lengua. Quiero sentir cómo tragas cada gota que me han dejado dentro. Quiero que me comas el coño lleno hasta que no quede nada.

Luis no esperó más. Sacó la lengua y la pasó desde abajo hacia arriba, recogiendo el semen que chorreaba. El sabor era salado, caliente, prohibido. Romina soltó un gemido largo, agarrándole el pelo con fuerza.

—Así… joder, así… métela dentro. Chúpame el semen de todos esos cabrones. Quiero que te tragues hasta la última gota mientras yo me corro en tu boca.

Él obedeció, hundiendo la lengua lo más profundo que podía, succionando, lamiendo los pliegues hinchados. Romina empezó a mover las caderas contra su cara, follándose su boca con movimientos lentos y crueles.

—Mírame mientras lo haces —jadeó—. Mira cómo tu lengua limpia el desastre que me han hecho. ¿Te gusta saber que soy una puta cara? ¿Que me pagan fortunas por abrirme de piernas y que tú eres el que recoge los restos?

Luis solo pudo gemir contra su coño, la polla palpitando dolorosamente sin tocarse.

Ella se enderezó de golpe, se giró y lo empujó contra el sofá. Se subió a horcajadas, el vestido todavía subido, el coño mojado rozando la polla dura.

—Ahora te toca a ti —susurró pegando los labios a su oreja—. Vas a follarme hasta que me corra otra vez. Vas a meterla hasta el fondo y vas a llenarme tú también. Quiero sentir tu leche mezclándose con la de ellos. Quiero que me marques como la última polla de la noche.

Se empaló de un solo movimiento, lento y profundo. Ambos soltaron un gemido al unísono.

—Fóllame fuerte, Luis —ordenó, clavándole las uñas en los hombros—. Fóllame como si quisieras borrar a todos los que me han usado antes. Hazme gritar tu nombre. Haz que me corra tan fuerte que olvide hasta cómo me llamo.

Y él lo hizo.

La folló con embestidas brutales, profundas, mientras ella le mordía el cuello, le arañaba la espalda y le susurraba al oído las cosas más sucias que había oído en toda su vida.

—Dame tu leche… lléname… quiero sentir cómo me inundas… quiero chorrear de ti…

Cuando se corrió dentro de ella, Romina gritó su nombre como una promesa rota, apretándolo con el coño hasta ordeñarlo hasta la última gota.

Se quedaron así un rato, jadeando, pegados, sudorosos.

Romina se inclinó y le dio un beso lento, profundo, con sabor a todo lo que había pasado esa noche.

—Buen chico —murmuró contra sus labios—. Mañana… quizás te deje mirar mientras me preparo para la siguiente fiesta.

Luis solo pudo asentir, todavía dentro de ella, todavía temblando.

El ático volvió a quedarse en silencio, solo roto por la respiración entrecortada de dos cuerpos que acababan de cruzar todas las líneas posibles.


¿Te ha gustado?. Compártelo en las redes sociales

Denunciar relato

Comentarios

COMENTAR

(No se hará publico)
Seguridad:
Indica el resultado correcto

Por favor, se respetuoso con tus comentarios, no insultes ni agravies.

Buscador

ElevoPress - Servicio de mantenimiento WordPress Zapatos para bebés, niños y niñas con grandes descuentos

Síguenos en:

Facebook Twitter RSS feed