La rendición de Marta

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Parte1

La rendición de Marta.

La habitación estaba envuelta en una penumbra cálida, solo interrumpida por la luz dorada que se filtraba entre las cortinas de lino, dibujando franjas temblorosas sobre la piel desnuda de Marta. El aire olía a jazmín y a sudor fresco, a ese perfume dulce que ella se había puesto en la nuca horas antes y que ahora se mezclaba con el aroma más terroso de Lucas, como si sus cuerpos ya estuvieran empezando a fundirse antes incluso de tocarse. El colchón crujió levemente cuando ella se recostó sobre los cojines, los brazos estirados por encima de la cabeza en un gesto que era a la vez invitación y rendición. La camiseta de algodón fino, dos tallas más pequeña de lo necesario, se ceñía a sus curvas como una segunda piel, marcando el contorno redondo de sus pechos, el surco entre ellos donde un hilito de sudor ya empezaba a brillar. Los pezones, duros como guijarros bajo la tela, delataban lo que las palabras aún no se atrevían a decir.

Lucas no apartaba la vista de ella. Estaba de pie junto al borde de la cama, los hombros anchos tensos bajo la camiseta negra que se pegaba a los músculos de su torso como si estuviera pintada. Los bíceps, marcados por venas gruesas, se flexionaron cuando cruzó los brazos, pero no era una postura de defensa, sino de contención. Como si estuviera midiendo el momento exacto en que soltar la bestia que llevaba dentro. El vaquero oscuro, desgastado en los muslos, dejaba poco a la imaginación: la protuberancia gruesa y larga que se insinuaba bajo la bragueta era imposible de ignorar, el contorno de la cabeza del pene ya hinchada empujando contra la tela. Cuando respiró hondo, el pecho se le levantó como si estuviera olfateando el aire, buscando su aroma entre el resto. "Joder, Marta", murmuró, la voz áspera como lija, "llevas toda la puta noche provocándome, y ahora te pones así, como si no supieras lo que me haces?".

Ella no respondió con palabras. En lugar de eso, arqueó la espalda apenas un centímetro, suficiente para que la camiseta se levantara un poco más, dejando al descubierto un fragmento de piel dorada justo encima del ombligo. El movimiento fue lento, calculado, como si supiera exactamente cómo ese pequeño destello de carne lo volvería loco. Los labios, pintados de un rojo oscuro que ya empezaba a difuminarse por los besos anteriores, se separaron en una sonrisa perezosa. "¿Y qué es lo que te hago, Lucas?", preguntó, pero el tono no era inocente. Era el de alguien que ya conocía la respuesta y solo quería oírla de su boca, gruesa y sucia. "Dímelo." Sus dedos juguetearon con el dobladillo de la camiseta, subiéndolo otro centímetro, otro, hasta que el vientre quedo al descubierto, suave y ligeramente tembloroso con cada respiración.

Él no necesitó más. Con un gruñido gutural, se abalanzó sobre ella, las rodillas hundiéndose en el colchón a ambos lados de sus caderas. El peso de su cuerpo la empujó contra las sábanas, pero no con violencia, sino con esa urgencia controlada que prometía algo más que un simple revolcón. Las manos de Lucas fueron directas a sus muñecas, inmovilizándolas sobre la cabeza con una sola de las suyas, grande y callosa. La otra se deslizó hacia abajo, siguiendo la curva de su costado hasta posarse sobre un pecho. No lo apretó. No al principio. Solo dejó la palma ahí, sintiendo el calor a través de la tela, el latido acelerado de su corazón. "Me haces querer romperte a pedazos, joder", susurró contra su cuello, los labios rozando la piel sensible justo debajo de la oreja.

 "Me haces querer follar esa boquita arrogante hasta que no puedas hablar, y luego esa coño apretado hasta que no puedas caminar." Las palabras eran filosas, pero su aliento era cálido, húmedo, y cuando finalmente apretó, fue con una precisión que le arrancó un jadeo a Marta.

Los dedos se cerraron alrededor de la tela, estirándola hasta que el pezón quedó expuesto, erecto, casi dolorido. Lucas no lo tocó con la mano. En lugar de eso, inclinó la cabeza y lo atrapó entre los labios, la lengua plana y caliente rodeándolo antes de que los dientes rozaran con justeza la punta. Marta arqueó la espalda como si la hubieran electrocutado, un gemido ahogado escapando de su garganta. "¡Lucas—!" Su voz se quebró cuando él succionó con fuerza, tirando del pezón hacia afuera antes de soltarlo con un pop húmedo. "Así me gusta", gruñó, "que grites mi nombre como si no hubiera nada más en el mundo." La mano que aún sujetaba sus muñecas se movió, deslizándose hacia abajo para agarrar el otro pecho, amasándolo con una rudeza que hacía que el placer doliera. "Pero vamos a ver cuánto aguantas antes de que empieces a suplicar, ¿no?"

No le dio tiempo a responder. Con un movimiento rápido, le arrancó la camiseta por la cabeza, dejando sus pechos al descubierto, pesados y redondos, balanceándose levemente con el movimiento. La luz dorada resbalaba sobre ellos, destacando la oscuridad de sus pezones, hinchados y brillantes por la saliva de él. Lucas se tomó un segundo para mirarlos, los ojos oscurecidos por el deseo, antes de bajar la cabeza de nuevo. Esta vez no fue suave. Atrapó un pezón entre los dientes y mordió, no lo suficiente para lastimar, pero sí para que el dolor se mezclara con el placer en una ola que la dejó sin aliento. "¡Ah—! ¡Más!" Marta enredó los dedos en su cabello, tirando de él hacia su pecho como si quisiera fundirlo contra su piel. "Muerde, joder, ¡muerde!"

Él obedeció. Alternó entre succionar con fuerza y morder, dejando marcas rojas que pronto se convertirían en moretones. Sus manos no se quedaron quietas: una se deslizó hacia abajo, desabrochando el botón de sus vaqueros con un movimiento experto, mientras la otra seguía torturando sus pechos, pellizcando, apretando, como si quisiera dejar su huella en cada centímetro de ella.

Vas a correrte solo con que te toque las tetas, ¿verdad, puta?" La palabra era un insulto y un halago al mismo tiempo, pronunciada con esa voz ronca que vibraba contra su piel. "Vas a empapar esos pantalones antes de que ni siquiera te toque el coño."

Marta no lo negó.No podía. Cada palabra de él era como un latigazo directo a su clítoris, y cuando sus dedos finalmente se colaron bajo la cintura de sus bragas, encontrando el calor húmedo entre sus piernas, un gemido largo y tembloroso escapó de sus labios. "Dios, estás chorreando", murmuró Lucas, los dedos deslizándose entre sus labios inferiores, recolectando la humedad antes de llevársela a la boca. "Mira qué dulce eres." Chupó sus dedos con ruidos obscenos, saboreándola, mientras Marta lo observaba con los ojos entrecerrados, el cuerpo temblando de necesidad. "Por favor", susurró, pero no era una súplica. Era una orden. "Tócame. Ahora."

 

Él sonrió, un gesto oscuro y triunfal, antes de hundir dos dedos dentro de ella sin previo aviso. Marta se arqueó, las uñas clavándose en sus hombros, mientras él los curvaba hacia arriba, buscando ese punto que sabía la volvería loca. "Así, ¿no?" susurró, moviéndolos en círculos lentos y profundos.

 

 

 

 


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