CUENTOS DE LA LUNA ROTA (10)

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               EN TONOS GRISES

  Lourdes no pudo reprimir el llanto. Dejó el pincel dentro del bote de trementina y, por fin, dejó que toda la tristeza y el dolor salieran sin reprimirlos. Deformadas por la acuosa sustancia que enrojecía sus ojos, estaban las dos figuras yacentes: Nicolás y Yolanda. Tal como los encontró dos días antes, en su casa, en su dormitorio, en su cama; desnudos, enlazados sus cuerpos, un solo sexo compenetrado. El cuadro no podía emitir sonidos..., ¿cómo podría plasmar los jadeos y el gemir del placer que penetró en su ser como un cuchillo afilado y ardiente?

Lo que la tela mostraba podía, sin embargo, ser interpretado como ella lo vivió. El rostro de Yolanda aparecía alterado por el brillo de la lujuria, la nariz de aletas dilatadas, el cabello revuelto; visible un pecho borroso, la boca con un rictus lúgubre; crispados los dedos sobre la espalda de Nicolás, clavadas las uñas; las piernas en ángulo, las rodillas abultadas y deformes entre las cuales estaban él, inseparable carne ayuntada con la de su hermana.

Se enjugó las lágrimas con el pañuelo floreado de su cabeza y el pelo largo y rubio revoloteó como una tórtola. Respiró entrecortadamente. La flecha seguía ahí, clavada y ardiente como un venenoso metal salido de la fragua; intenso.

¿Cómo no lo había visto antes? ¿Cómo no lo entrevió..., adivinó..., sospechó...? Nicolás fue siempre cortés con Yolanda, a veces distante. Nunca demostró interés por ella. Y ella, su hermana, lo trataba familiarmente, sin dar a entender que le atraía sexualmente.

No dijo una palabra. Nicolás ni se enteró; únicamente Yolanda abrió los ojos al verla en el vano de la puerta, con la gabardina con largas manchas de la fuerte lluvia otoñal, el bolso caído en el antebrazo, las piernas ladeadas. ¡Nunca olvidaría sus ojos verdes clavados en los suyos, el derrumbe, el colapso del tiempo, el freno del movimiento telúrico que la sacudió interiormente; la ola de frío —primero— y calor —después—! Se giró inmediatamente, silenciosa, como un fantasma que cruzara las paredes y únicamente fuese vista por la mirada esotérica del culpable.

Una gotita mucosa resbaló desde su nariz respingona y quedó fijada en su labio superior. Se sentó en el taburete, con la bata salpicada de óleos y observó con detenimiento la tela. No sintió nada de repente; sólo vio el conjunto de tonos grises, el negro hiriente y el blanco mudo. La escena parecía una fotografía del principios del siglo XXI, un fotograma —triste, doloroso, melancólico— de una película de la nouvelle vague.

Escuchó el picaporte y los pasos de Nicolás. Volvió a atarse el pañuelo recogiendo el cabello domesticado por las alas de sus dedos. Cuando él se acercó y observó la pintura la abrazó por el hombro y le dijo: «en color hubiera quedado mejor, cariño».


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