La grúa que nunca llego
Por Pecado de Seda
Enviado el 19/03/2026, clasificado en Amor / Románticos
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La tarde estaba oscura y la lluvia caía con fuerza contra las ventanas del edificio. Marta, de 35 años, estaba sola en casa; su marido había salido de viaje por trabajo. Llevaba un pantalón corto de yoga gris que marcaba su culo redondo y firme, y una camiseta de tirantes blanca que apenas contenía sus pechos grandes y naturales.
De pronto sonó el timbre. Marta frunció el ceño y miró por la mirilla. Era José, el vecino de al lado. 40 años, separado, cuerpo atlético, hombros anchos, brazos fuertes. Nunca habían cruzado más que un “hola” en el ascensor.
Abrió la puerta.
—Hola… perdona que te moleste —dijo José con su voz grave, empapado de lluvia—. Mi coche no arranca, está ahí abajo . ¿Podría usar tu teléfono para llamar a la grúa? El mío se quedó sin batería.
Marta lo miró de arriba abajo un segundo más de lo normal. El agua le pegaba la camiseta al pecho marcado.
—Claro, pasa —dijo sonriendo—. No te quedes ahí mojado.
José entró, dejando huellas de agua en el suelo. Marta cerró la puerta.
—Gracias, de verdad. No quería molestar.
—No molestas. Siéntate. Te traigo una toalla. ¿Quieres un café mientras esperas? Está lloviendo como si se acabara el mundo.
—Un café me salvaría la vida ahora mismo —contestó él con una sonrisa ladeada.
Marta fue a la cocina. José se secó el pelo y el pecho con la toalla que ella le dio. Cuando volvió con dos tazas humeantes, se sentó frente a él en el sofá. La camiseta de tirantes se le había bajado un poco por el hombro, dejando ver la curva de uno de sus pechos.
Conversaron un rato. José le contó que estaba separado desde hacía un año, que entrenaba mucho para no pensar. Marta le dijo que su marido viajaba constantemente y que a veces se sentía sola en ese piso tan grande.
De pronto José bajó un poco la voz, mirándola a los ojos.
—Oye… hay un rumor en el edificio que llevo oyendo desde hace meses. Dicen que tú y tu marido… organizáis fiestas de intercambio de parejas. ¿Es verdad o es pura mentira?.
Marta se mordió el labio inferior, sonriendo con picardía. Sus ojos verdes brillaron.
—Es verdad —contestó sin rodeos—. Y esta noche… precisamente esta noche… hay una. En nuestra casa. Empieza a las once.
José levantó una ceja, claramente sorprendido y excitado.
—¿Y me lo cuentas así, tan tranquila?
Marta se acercó un poco más en el sofá. Su rodilla rozó la de él.
—Te lo cuento porque… desde que te vi entrar empapado, con esa camiseta pegada al cuerpo… me dio por pensar que quizás te apetecería venir. Como mi marido no está… yo soy la anfitriona. Y tengo plaza libre para un hombre solo… como tú.
El silencio se cargó de electricidad. José dejó la taza en la mesa y la miró fijamente.
—¿Me estás invitando a follar con desconocidos esta noche… o me estás invitando a algo ahora mismo?
Marta se pasó la lengua por los labios.
—Las dos cosas. Pero ahora mismo… tengo el coño mojado solo de imaginarte.
José soltó una risa baja y ronca. Se acercó hasta que sus caras quedaron a centímetros.
Ella se levantó despacio, se quitó lae camiseta de tirantes por la cabeza y dejó que sus tetas grandes y pesadas quedaran libres. Los pezones ya estaban duros.
—Pues imagínatelo todo, José. Porque quiero que me folles ahora mismo en este sofá. Después… si quieres, te llevo a la fiesta y te presento a las otras mujer que vanes a venir.
José se levantó también. Se sacó la camiseta mojada y dejó ver su torso marcado, el vello negro en el pecho. La cogió por la cintura y la pegó contra él.
—Primero te voy a comer ese coño hasta que grites —le susurró al oído con voz grave—. Después te voy a meter la polla tan profundo que vas a olvidar que estás casada.
Marta gimió solo de oírlo. Le bajó los pantalones de chándal y metió la mano dentro del bóxer. Sintió su polla gruesa y ya dura.
José se levantó también. Se sacó la camiseta mojada y dejó ver su torso marcado, el vello negro en el pecho. La cogió por la cintura y la pegó contra él.
—Ohh… qué polla más rica tienes —murmuró ella, masturbándolo despacio—. Está dura como piedra. ¿Cuánto tiempo llevas sin follar, eh?
—Demasiado —gruñó José. La empujó contra el sofá, le bajó el pantalón corto de yoga junto con las bragas y la dejó completamente desnuda. Le abrió las piernas con fuerza.
—Mírate… ya estás chorreando. Qué coño más bonito y depilado tienes.
Se arrodilló, le separó los labios con los dedos y le pasó la lengua despacio desde el ano hasta el clítoris.
—Ahhh… ¡sí! —gimió Marta, agarrándole el pelo—. Cómemelo así… qué lengua más rica tienes…
José lamió con ganas, chupando el clítoris hinchado, metiendo dos dedos dentro mientras ella se retorcía.
—Estás empapada… ¿te pone cachonda que tu vecino te coma el coño mientras tu marido está fuera?
—Sí… ¡sí! —jadeaba ella—. Me pone mucho … méteme los dedos más fuerte… quiero correrme en tu boca…
José aceleró, chupando y follando con los dedos hasta que Marta explotó en un orgasmo fuerte, gritando y apretándole la cabeza entre los muslos.
Cuando todavía temblaba, José se levantó, se sacó la polla gruesa y venosa y se la acercó a la cara.
—Abre esa boca .
Marta obedeció, sacando la lengua. José se la metió hasta la garganta.
—Joder… qué boca más caliente… chúpamela bien, vecina. Así… toda hasta el fondo.
Marta lo mamaba con ganas, babeando, mirándolo a los ojos mientras le apretaba los huevos.
—Quiero que me folles ya —suplicó cuando la sacó—. Métemela… en el coño.
José la puso a cuatro patas en el sofá, le dio un cachete fuerte que dejó marca roja y le metió la polla de un solo empujón hasta el fondo.
—Ahhhhh… ¡qué polla tan gruesa! —gritó Marta—. ¡Fóllame fuerte, José!
Él la agarró del pelo y empezó a embestirla con fuerza, haciendo que sus tetas se balancearan.
—Te voy a llenar este coño de leche, Marta… ¿te gusta que te follen así, como una perra en celo?
—¡Sí! ¡Más fuerte! —gemía ella.
José la folló sin piedad durante minutos, cambiando de postura: la puso encima, la folló contra la pared, le dio otra palmada cada vez que ella pedía más.
Cuando estaba a punto, la puso de rodillas otra vez.
—Quiero correrme en tu cara y en esas tetas grandes.
Marta abrió la boca y sacó la lengua. José se corrió con fuerza: chorros gruesos y calientes le cubrieron la cara, la lengua y los pechos.
Ella se pasó los dedos por la cara, lamió el semen y sonrió.
—Joder… qué corrida más rica.
José respiraba agitado, aún con la polla dura.
—Ahora vístete… -Vamos a tu fiesta esta noche. Y allí… te voy a follar delante de todos.
Marta se rio, todavía con semen en las tetas.
—Trato hecho, vecino. Pero antes… dame otro polvo en la ducha. Todavía no he tenido suficiente de ti.
Y así, mientras la lluvia seguía cayendo fuera.
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