Fantasías [Parte2]
Por Pecado de Seda
Enviado el 23/03/2026, clasificado en Adultos / eróticos
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-Ganas de ti —dijo ella, y fue sincera. Pero en su mente, mientras deslizaba las manos por su pecho, sustituía la imagen de Jorge por la del moreno de ojos verdes. Por la mandíbula fuerte y esa mirada de "malo" que la había trastornado.
Jorge, aunque desconcertado, no se quejó. Dejó la tableta a un lado y la atrajo hacia él. Sus besos se volvieron más urgentes. María cerró los ojos y se entregó a la fantasía. Las manos de Jorge, que le acariciaban la espalda, se convirtieron en las manos del desconocido, grandes y probablemente ásperas. El olor a suavizante de la camiseta de Jorge se transformó en un aroma a whisky y tabaco.
—Ven —dijo Jorge, levantándose y tomándola de la mano para llevarla al dormitorio.
María lo siguió. Mientras caminaban por el pasillo, imaginó que no iban a su habitación con la cama deshecha y la ropa ordenada en una silla, sino al baño pequeño y mal iluminado del bar. La emoción le hizo acelerar el pulso.
En la habitación, Jorge empezó a quitarse la camiseta. María lo detuvo.
—Déjame a mí —susurró.
Empujó suavemente a Jorge para que se sentara al borde de la cama. Ella se situó entre sus piernas y, mirándolo a los ojos, se quitó el vestido de tirantes que llevaba para hacer pilates. Bajo la luz tenue de la lámpara de noche, vio cómo la admiraba. Pero en su cabeza, era el otro hombre que la miraba con deseo lujurioso, evaluando cada curva.
Bajó las bragas y las dejaron caer al suelo. Luego, con movimientos que se sentían audaces y nuevos, desabrochó el pantalón de chándal de Jorge y lo ayudó a salir de él. Cuando lo tuvo desnudo ante ella, tomó su erección en la mano. Él dejó escapar un jadeo.
—María... —dijo, pero ella lo calló con otro beso.
Es él, se dijo. El de la barra. Me tiene así, contra la pared del baño. La imagen era tan vívida que un escalofrío le recorrió la espalda.
Empujó a Jorge para que se tumbara y se montó sobre él, guiándolo dentro de ella con una mano. La sensación de lleno fue intensa, real. Pero en su mente, no era su cama. Era el lavabo frío del bar contra sus nalgas, el ruido de la puerta con el cartel de "ocupado" balanceándose, los murmullos del local al otro lado de la pared.
Comenzó a moverse, al principio con ritmo lento, luego más rápido. Jorge la sujetaba de las caderas, sus ojos cerrados en placer. Ella mantuvo los suyos abiertos, fijos en la ventana oscura, pero viendo solo ojos verdes y una sonrisa burlona.
—Sí... —gemía Jorge.
En su fantasía, el moreno gruñía en su oído palabras obscenas y guarras, apretándola con fuerza contra la pared. El calor que había sentido en el bar se avivó hasta convertirse en una hoguera en su vientre. Se movía con una ferocidad que no se conocía, buscando esa fricción, ese punto que la llevara al borde.
Jorge, sorprendido y excitado por su fogosidad, comenzó a empujar desde abajo, sincronizándose con ella. La realidad y la fantasía se mezclaron en un torbellino de sensaciones. El sudor de Jorge era real, su olor era real, pero el deseo que la consumía estaba alimentado por un fantasma.
El orgasmo la alcanzó de repente, con una intensidad que la dejó sin aliento. Un grito ahogado se le escapó de los labios mientras su cuerpo se estremecía. Unos segundos después, Jorge la siguió con un gruñido profundo, sus dedos clavándose en su carne.
María se derrumbó sobre su pecho, jadeando. El corazón le martilleaba en los oídos. Poco a poco, la habitación volvió a enfocarse. La lámpara de noche, el armario, las fotos de sus vacaciones en la pared. Jorge acariciaba su espalda suavemente.
—Dios mío —murmuró él, con voz ronca y satisfecha—. ¿Qué te han puesto en esa cerveza? Ha sido increíble.
Ella esbozó una sonrisa contra su piel, aún tratando de recuperar el aliento. La fogosidad se retiraba, dejando una placidez cálida y un poco de incredulidad.
—Nada especial —dijo—. Solo... ganas.
Se quedaron callados un momento. María seguía encima de él, escuchando cómo su respiración se calmaba. La fantasía se había disipado, pero el placer, intenso y auténtico, permanecía en cada fibra de su cuerpo. Sus amigas tenían razón. El malo de la barra seguía siendo solo un desconocido atractivo, pero le había prestado su imagen para despertar algo en ella que llevaba años dormida.
Jorge la estrechó un poco más.
—Pues que se repitan esas gans, eh —dijo bromeando, pero con un tono de genuina esperanza.
María rio suavemente y asentando.
—Sí —pensó en voz alta, aún con la mejilla apoyada en su pecho—. Que se repitan.
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