EL TERCER ESPACIO

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Enviado el , clasificado en Amor / Románticos
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   La sensación es material aun cuando sea intangible, sin corporeidad..., invisible. Él la noto desde el primer instante, cuando la combinación de puntos que expresaban sentimientos —cierto dolor, cierta pérdida, cierta oportunidad huida, cierto deseo físico irrealizado— impactó en su propio ser interior (¡ay, ¿no es ese el verdadero?!) y de alguna forma sintió que ya estaba ahí —aunque siempre, siem-pre, estuvo sin solución de continuidad en el tiempo palpitando en su pecho (le escribía en su mente, brotaba de su pecho, le inflamaba imaginarla...).

Estaba ahí. ¿Otra vez? Sí y no; porque nunca dejó de estar...¿y si no, porque la sentía —presentía— cuando la interminable llanura polvorienta, las almenadas murallas severas y austeras, el vuelo del águila planeando la meseta, el campo de trigos recogidos, los surcos paralelos a cada lado del sendero, el cielo azul poderoso y sin mácula, el acento tan propio de la lengua madre, y en sus sueños venía a abrazarle y despertábase con el arrullo de la tórtola enamorada, ya entonces apenas púber?

Y penetró en él, de nuevo.

Lo hizo como siempre, como todas las veces..., desde su misma niñez, cuando pedaleaba intensamente emocionado y buscaba su nombre —que inventaba— bajo los pinares, respirando el aroma salobre del Mediterráneo, contemplando boca arriba las juguetonas formas de las blancas nubes deshilachadas, liberadas de las cadenas de las lluvias de primavera y del otoño lánguido de la costa; hízolo del mismo modo, cuando el rumor del rompeolas, salpicando la vigorosa espuma con sus crestas irisadas las bravas rocas, entre las que los cangrejos y los pequeños mejillones se refugiaban; las olas que cantaban con su voz de sirena melancolica..., del mismo modo llegó esta vez, desafiando todas las distancias, las sombras que le rodeaban, el vacío de la espera de bronce.

En el tercer espacio en que se unían, con su abrazo, el beso de pétalos —a veces arrebatado de pasión ígnea, de fuego y de cuerpo transpirado, conjunto, combinado, transformado en cataratas y lava; y otras veces el calor era vegetal, de mil tonalidades verdosas, roble, cerezo, níspero, almendro de flores blanquecino-rosadas y azuladas puntas inverosímiles; convertida en pasos en la tierra matutina, bancos solitarios, farolas de opalinos resplandores, en incógnitas preguntas jamás formuladas, en fragancias deseadas e imaginadas, en susurros metafóricos y suspiros de carne y hierba: besos entrelazados, abrazados fusionados...

Y él se expandió de nuevo, rotos los candados, levantada la tapa del cofre de los sueños, poroso el cristal del espejo de las fantasías. Las partículas atómicas de ella se introdujeron en él, en todo su ser, burbujeates, chispas de brasas cálidas, entrelazamiento de neuronas y fluidos, baile incesante de movimientos de neutrones y protones satisfechos —al fin— al fundirse en un solo ser material e ideal, en un ser de doble género, en una integridad retadora de las reglas convencionales. Mentes rebeldes, cuerpos rebeldes en aquel tercer espacio que desconocen las sombras y los ecos alrededor del baile molecular de los dos seres estelares.

 


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