Volando la cometa
Por Pecado de Seda
Enviado el 31/03/2026, clasificado en Adultos / eróticos
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Como cada año se celebraba un concurso de cometas. Me había comprado una, pero no sabía manejarla. Cuando llegué a la playa, estaba muy concurrida. Saqué la cometa del coche, fui a donde me tenía que registrar y me dieron el dorsal número 5. La gente estaba muy animada; había niños con sus padres. Me senté en la arena y desenrollé la madeja con el hilo para poder dejar volar la cometa.
Cerca de mí había un chico de unos cuarenta años, con el pelo ondulado y gafas. Se acercó y me saludó:
—Hola, ¿puedo ayudarte si no sabes?
Sonreí.
—Es mi primera vez.
—Yo suelo venir cada año y te puedo decir que es muy divertido —respondió él.
Creo que fue un flechazo: no nos dejábamos de mirar.
La cometa fue subiendo poco a poco por el cielo. Yo sujetaba el hilo con mis manos, nerviosa. Él se colocó justo detrás de mí, muy cerca, apoyando ligeramente sus manos sobre las mías para guiarme. Cada vez subía más alta. Empezamos a reírnos los dos.
—¡Va, la primera! —grité emocionada.
Entonces sentí un cálido beso en la mejilla.
Cuando terminó el concurso, tengo que decir que gané *sonrió*. Metí la cometa en una bolsa, me quité la camiseta y los shorts cortos; quería tomar el sol. El chico se quedó a mi lado.
—¿Eres nueva, verdad?
—Sí, siempre me han gustado las cometas y este año me decidí a venir.
Él estaba en bañador, un estilo boxer de color azul a cuadritos.
—Entonces no conoces esta playa. Hay unas calas muy bonitas. Si quieres, podemos dar un paseo.
—¿Qué dices?
—Claro, seguro que son preciosas. Pero no me atrevo a dejar mis cosas aquí, me las pueden quitar.
—Puedes dejarlas en tu coche, yo te acompaño.
—Es muy buena idea.
Cogí mi bolso con la toalla y el bronceador y caminamos hasta entrar en la arena, que quemaba. Fuimos dando pequeños saltos hasta llegar a la orilla. Sentí cómo mis pies se refrescaban con el agua.
Fran, que así se llamaba, me dijo que conocía una cala tranquila donde no iba mucha gente y que podíamos tomar el sol desnudos. Una sonrisa pícara salió de mis labios.
—¿Te atreves a desnudarte? —dijo Fran.
—Si no nos ve nadie, seguro. No me gustan las marcas del bikini, me gusta estar bronceada por todo el cuerpo.
Él señaló con el dedo.
—Mira, aquella es.
Era espectacular. Cuando llegamos, dejé mi bolsa en la arena. Estaba sudando.
—¿Por qué no nos damos un baño? —dije.
—¿Con el traje de baño o desnudos? —preguntó Fran.
—Por mí, desnuda. Se siente uno más libre. ¡Anda! Anímate.
No me lo pensé dos veces: me desaté la parte de arriba del bikini y me bajé las bragas, quedándome completamente desnuda. Fran no dejaba de mirarme.
—Tienes un cuerpo espectacular —dijo.
Él se bajó su bañador y se quedó desnudo. Estaba bien armado. Sonrió.
Estuvimos un buen rato nadando y jugando en el agua, haciendo sentadillas y salpicándonos. Al final decidimos salir a tomar el sol. Saqué la toalla de la bolsa y la extendí sobre la arena. Me tumbé boca arriba y Fran se tumbó a mi lado.
—Qué delicia… —dije, cerrando los ojos.
Sentía el sol calentando mi piel desnuda. De pronto, Fran se acercó a mi oído y me susurró con voz ronca:
—¿Has follado alguna vez en una cala?
La pregunta me sorprendió. Me giré y lo miré directamente a los ojos.
—No… pero me gustaría hacerlo contigo. Sería una buena experiencia.
Él sonrió y pasó lentamente su mano por mis pechos. Se inclinó y chupó un pezón, luego el otro.
—Sabes a sal… —murmuró.
—Sigue… no pares… —susurré yo, cada vez más excitada.
Su lengua fue bajando poco a poco por mi vientre. Mi respiración se aceleraba. Cuando llegó a mi sexo, levantó la mirada y preguntó con voz baja:
—¿Quieres que siga?
—Sí…
Se puso de rodillas, abrió mis piernas con suavidad y metió la cabeza entre ellas. Pasó su lengua una y otra vez por mi coño húmedo, abrió mis labios y comenzó a chupar mi clítoris con deseo. Yo me movía adelante y atrás, incapaz de quedarme quieta. Un gemido escapó de mi boca:
—¡Aaahhh!!!
Mi gemido resonó en la cala solitaria, rompiendo el silencio del mar. Fran no se detuvo. Al contrario, mi reacción pareció encenderlo aún más. Su lengua se volvió más insistente, lamiendo mi clítoris hinchado con movimientos rápidos y precisos, alternando con succiones profundas que me hacían arquear la espalda sobre la toalla.
—¡Joder… Fran! —gemí más fuerte, agarrando su pelo ondulado con ambas manos.
Él levantó un momento la mirada, los labios brillantes por mi humedad, y sonrió con picardía.
—Estás empapada… me encanta cómo sabes.
Sin darme tiempo a responder, volvió a hundir la cara entre mis piernas. Esta vez introdujo dos dedos en mi interior mientras su boca seguía devorando mi clítoris. Los movía con ritmo experto, curvándolos hacia arriba para rozar ese punto que me hacía temblar. Mis caderas se movían solas contra su boca, buscando más fricción, más profundidad.
Mi respiración era entrecortada, los gemidos cada vez más altos y desesperados. Sentía el calor del sol sobre mi piel desnuda, el contraste con la brisa marina y la lengua caliente de Fran volviéndome loca.
—Quiero correrme en tu boca… —susurré entre jadeos.
Fran gruñó contra mi sexo, vibrando contra mi clítoris, y aceleró el ritmo. Sus dedos entraban y salían con fuerza, su lengua no daba tregua. El placer se acumulaba en mi interior como una ola gigante.
De repente, todo explotó.
—¡Aaahhh… sííí! ¡Me corro! —grité sin poder contenerme.
Mi cuerpo se tensó violentamente. Mis piernas temblaron alrededor de su cabeza mientras un orgasmo intenso me recorría por completo. Fran siguió lamiendo suavemente, prolongando mi placer hasta que quedé temblando, jadeando, con el pecho subiendo y bajando rápidamente.
Cuando por fin levanté la cabeza, lo vi mirándome con los ojos oscuros de deseo, los labios hinchados y la barbilla brillante. Su polla estaba completamente dura, apuntando hacia arriba, gruesa y venosa.
Se incorporó lentamente, se colocó entre mis piernas abiertas y rozó su glande contra mi entrada aún sensible.
—¿Quieres que te folle ahora? —preguntó con voz ronca, casi un gruñido.
Yo, todavía recuperándome del orgasmo, asentí con la cabeza sin dudarlo.
—Sí… fóllame, Fran. Quiero sentirte dentro.
Él sonrió satisfecho, se inclinó sobre mí y me besó profundamente, dejando que probara mi propio sabor en su lengua. Al mismo tiempo, empujó sus caderas hacia adelante y entró en mí de una sola embestida profunda.
Un gemido largo salió de los dos al sentir cómo me llenaba por completo.
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