EL CÍRCULO DE LAS SORPRESAS -dos-

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    EL CÍRCULO DE LAS SORPRESAS

                         —dos—


(Continuación)

(dos)


Entre ellas 


La cercanía de nuestros cuerpos desnudos y el disfrute del voyeurismo colectivo flotaba densamente en el aire. Juana, que junto a Cosme había propuesto la celebración así como seleccionado el local del encuentro, se sentó con nosotras en el hemiciclo frente al mural redondo de las cavidades destinadas a un nuevo uso que superaba el admitido marco de los tradicionales placeres vinícolas, nos reveló una inesperada sorpresa que tenía preparada sólo para nosotras y que los chicos ignoraban.

Estábamos sentadas en el banco y Juana nos hizo partícipes de una nueva fantasía erótica: propuso continuar la orgía en solitario, tener nuestra fiesta particular, sáfica, con la que pudiéramos sacar a la luz, poner al descubierto los deseos más recónditos e inconfesos, dejar que fluyera libremente nuestra sed de una experiencia con la que llegáramos a satisfacernos plenamente también nosotras: entregarnos a una masturbación grupal.

Mis ojos se dirigieron instantáneamente a Cati cuyas pequeñas tetitas de pecíolos oscuritos me fascinaban y acababa de besar. Recordaba las palabras de Mía mientras observaba cómo chupaba los restos de lefa que cubría las tetas. Las tres cruzamos miradas con fruición. Pero…

Juana había planificado más detalladamente un nuevo ambiente de exquisita sensualidad. Pili, adelantándose con una gran risotada, exclamó: «Ya sé: ¡Atamos a una detrás de otra, y las demás jugamos con ella, ¿a que es eso mala pécora? ¡Me encanta, ya estoy cachonda a tope!», y nos miró una a una con ojos de avaricia.

Sin embargo, Pili iba desencaminada; al menos ese día. Juana tenía una segunda y sorprendente proposición para todas: «Mi propuesta es doble», añadió. Nos miramos unas a otras intrigadas, prorrumpió en carcajadas y dijo añadiendo todavía más tensión a la atmósfera de calentura general: «Será el colofón total. Era un secreto; no lo sabe ni Cosme. ¡Os va a encandilar, lo sé!». Desnuda integralmente como estaba, abrió la puerta de la sala en pelotas y salió al pasillo. Sus nalgas se movían como dos hermosos y redondos flanes.

Cuando regresó tras menos de un par de minutos nos mostró jubilosa su trofeo. «Esto es lo primero»: nos mostró cinco bandas de tela color malva, que dejó sobre el banco semicircular. Todas aplaudimos alborozadas. Magda se levantó y se paseó contoneándose delante nuestro; se acariciaba las gruesas tetas con aire desvergonzado y dándose la vuelta se agachó, se abrió los muslos y nos mostró su sexo. «¿Quiero que me lo comáis primero a mí». Pero Juana hizo un gesto de impaciencia y explicó que resultaría más excitante que nos pusiéramos todas a la vez las vendas y después de dar unas vueltas volviéramos a sentarnos: así ninguna sabría quién le había tocado a su lado; nos dejaríamos llevar por la lujuria, sin reglas fijas, libremente. Podríamos hacer lo que quisiéramos unas con otras, un sexo anónimo colectivo, como hicimos con los chicos. La lubricidad contagiosa se podía palpar en el ambiente de la sala

Pero habría una salvedad: que…


                                     (Continuará)

 


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