Póker Negro

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Estocolmo,  Suecia,  Noviembre del 2000.

El aula magna de la Universidad de Estocolmo estaba sumida en un silencio sepulcral, roto solo por el clic rítmico de las cámaras. Miguel Ángel Linares ajustó el micrófono, sintiendo que el peso del libro sobre el podio, El Código de Fernanda, pesaba más que toda su carrera periodística.

—Señor Linares —una periodista sueca rompió el hielo—, su libro describe a Fernanda Gundensen no como la terrorista económica que el Banco Mundial señala, sino como una víctima. Se rumorea que hubo algo más que una relación profesional. ¿Tuvo usted un romance con ella?

Miguel Ángel sintió una puntada en el pecho. Por un segundo, el frío de Estocolmo desapareció y volvió a sentir el aroma de Fernanda, su mirada perdida y brillante, típica de su condición, procesando mundos que nadie más veía.

—Sí —respondió con una voz que apenas reconoció—. La ame. Por eso escribí este libro. Para que no la recuerden como una cifra, sino como la mente que intentó salvar al mundo de un monstruo llamado Alfa Centauro.

Un periodista de un diario financiero levantó la mano, escéptico.

—En su libro menciona que estuvo presente el día que ella resolvió las últimas ecuaciones del Código Virgo. Si ella confió en usted... ¿no le entregó el resultado de la novena ecuación antes de morir en aquel atentado en Japón?

Miguel Ángel negó con la cabeza, una sonrisa amarga dibujándose en su rostro.

—Fernanda era una genio, pero también sabía proteger a quienes quería. Me entregó la solución de la octava ecuación para entrgarlo en manos de un grupo capaz de detener a Emilia Huidobro y Alpha Centauro Pero la novena... —hizo una pausa—, ella me dijo que la mantendría solo en su cabeza. Me dijo: "Miguel, si supieras la última ecuación te buscaran para eliminarte". Si yo supiera esa ecuación, no estaría aquí dando una conferencia; probablemente ya me habrían matado.

—¿Incluso con el mito del Póker Negro acechando? —gritó alguien desde el fondo.

Una oleada de risas recorrió la sala. --El "Póker Negro", la supuesta red de cinco tarjetas de control total, era el tema favorito de los foros de conspiración y los tabloides sensacionalistas-- Miguel Ángel no se rió. Él sabía que, en el mundo que dejó Alfa Centauro, los mitos solían superar a la realidad. 

Al terminar, Miguel Ángel caminó hacia su apartamento en el centro de la ciudad. Era el mismo lugar que había elegido Fernanda, cuando planeaban escapar a Noruega. Cada rincón del piso 4-B era un monumento a una promesa rota: la cafetera que ella nunca usaría, el escritorio donde ella debía terminar sus cálculos.

Abrió la puerta y no encendió la luz. El resplandor de las farolas de la calle entraba por el ventanal. Se quitó la chaqueta, pero antes de que pudiera dejarla en el sofá, el clic metálico de un arma siendo amartillada detuvo su corazón.

—No se mueva, señor Linares —dijo una voz con un acento estadounidense impecable.

Tres sombras se desprendieron de la oscuridad del pasillo. Hombres con trajes tácticos y rostros inexpresivos. Uno de ellos sostenía una tableta con el logo de la CIA.

—Su libro ha causado mucho interés en Langley —dijo el que parecía estar al mando—. Dicen que usted no sabe la novena ecuación... pero nosotros creemos que Fernanda Gurdensen le dejó algo mucho más valioso que un número. Se viene con nosotros.

Antes de que Miguel Ángel pudiera protestar, un pinchazo en el cuello lo hizo perder la fuerza en las piernas. Lo último que vio antes de que el mundo se volviera negro fue el retrato de Fernanda sobre su escritorio, pareciendo advertirle desde el pasado que el juego apenas estaba comenzando.

 

Tel Aviv, Israel. Cuartel General del Mossad. Octubre del 2000

 

Las puertas de doble hoja de la oficina del Director se abrieron de golpe, estrellándose contra los topes de madera con un estruendo que hizo que las secretarias bajaran la vista. Isolda, la instructora jefe de la unidad de élite y la mujer que había moldeado a los agentes más letales de Israel, entró como un torbellino de furia contenida.

—¡Es una locura y lo sabes, Ari! —exclamó Isolda, arrojando el expediente de cuero azul sobre el escritorio del Director—. Abigail Stern tiene diecinueve años. ¡Diecinueve! Apenas ha terminado su formación básica en la escuela militar. No está lista para el campo, y mucho menos para una misión de este calibre.

El Director no levantó la vista de inmediato. Terminó de firmar un documento y luego cruzó las manos sobre la mesa, observando a Isolda con una calma gélida.

—Precisamente por eso es la elegida —respondió él con voz ronca—. Mira el tablero, Isolda. El Código Virgo ha infectado cada base de datos. Si envío a un agente con historial, si envío a uno de tus "perros de presa" veteranos, el algoritmo de Alfa Centauro los detectará antes de que bajen del avión. Sus rostros, sus huellas, sus patrones de conducta... todo está en la red.

—Estás enviando a una cordera al matadero —insistió Isolda, golpeando la mesa—. Es una cadete. Una niña de Dusseldorf que adoptó Caleb Stern  y la adiestro no solo en el judaísmo  también en todas las areas y por eso yo la elegí de las filas militares, porque tenía talento para los idiomas y la lógica, no para morir en un callejón de Estocolmo.

—No es una niña. Es la mejor de su promoción —corrigió el Director, abriendo el expediente de Abigail Stern —. Habla alemán nativo, inglés perfecto y hebreo sin acento. No tiene huella digital en el mundo del espionaje. Para el sistema, Abigail Stern es solo una cadete de la escuela militar. Es un fantasma. Y en la era del código virgo, solo un fantasma puede acercarse a Miguel Ángel Linares sin activar las alarmas.

Isolda guardó silencio, apretando la mandíbula. Sabía que el Director tenía razón técnica, pero su instinto de maestra le gritaba que Abigail aún conservaba una inocencia que el Mossad estaba a punto de destruir para siempre.

—Si la envías ahora —susurró Isolda—, no habrá vuelta atrás. O se convierte en la mejor agente que hayamos tenido, o terminará en una bolsa de cadáveres antes de cumplir los veinte.

—Es un riesgo que el Estado de Israel debe correr —sentenció el Director—. El Código Virgo está mutando. Si no capturamos a Linares y buscamos la novena ecuación, el mundo financiero y global se convertirá en cenizas, tiene setenta y dos horas para preparar a su cadete.


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