Poker Negro parte dos " Refugio "

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Mendoza, Argentina. Hacienda "Los Aromos". Octubre del 2000.

El sol de la tarde teñía de un naranja encendido los viñedos que se extendían hasta las faldas de la cordillera. El único sonido era el rítmico galopar de dos caballos. Fernanda Gundensen —ahora Loreto Undurraga— montaba un ejemplar blanco pura sangre con una elegancia natural. El viento le revolvía el cabello, a su lado, Emiliano Lorenzana, el dueño de miles de hectáreas y una gran industrial del Malvec, la observaba con una mezcla de admiración y misterio. Para él, ella era una Chilena brillante que había llegado buscando refugio de un pasado familiar tormentoso en Santiago. No sospechaba que bajo esa piel se escondía la mujer más buscada del planeta.

Detuvieron a los caballos cerca de un mirador natural. El silencio de la montaña era absoluto.

—Nunca te había visto cabalgar con tanta libertad, Loreto —dijo Emiliano, bajando de su montura y acercándose a ella—. Parece que finalmente Mendoza ha logrado calmar lo que sea que te perseguía.

Él la ayudó a bajar. Fernanda, vestida con pantalon beige,  blusa blanca  y botas caoba sintió la solidez de sus manos, una realidad física simple y honesta, Emiliano la tomó por la cintura y la besó con una ternura que casi la hizo olvidar quién era. Fue un beso largo, cargado de la promesa de una vida tranquila que ella, en el fondo, sabía que no le pertenecía.

Al separarse, Fernanda no sonrió. Sus ojos verdes azulinos, con ese brillo analítico que ni el romance podía apagar, miraron hacia el oeste, hacia las cumbres que separaban Argentina de Chile.

—Emiliano... —susurró ella, su voz firme pero teñida de una tristeza inevitable—. Tengo que volver.

Él frunció el ceño, sujetándole las manos.

—¿A Santiago? Habíamos hablado de la cosecha, de pasar el proximo invierno aquí. ¿Por qué ahora?

—Hay cosas que dejé sin terminar —respondió ella, pensando en el caos económico que su "falsa ecuación" estaba provocando —. El mundo está cambiando, Emiliano. Y si no vuelvo para cerrar el círculo, ese cambio nos va a alcanzar a todos, incluso aquí, en tu paraíso.

Fernanda sabía que al cruzar la cordillera, "Loreto Undurraga" moriría y la genio del Código Virgo tendría que resurgir.

 

Base Militar Tel HaShomer, Israel.

 

El sol del mediodía caía implacable sobre el patio de maniobras. El polvo levantado por las botas de los reclutas formaba una neblina dorada. De pronto, la megafonía de la academia rasgó el aire con una frialdad burocrática:

—Cadete Abigail Stern. Preséntese en la dirección de inmediato. Repito: Cadete Abigail Stern.—

Ella dejó su equipo de entrenamiento y corrió. Cruzó los pasillos de piedra volcánica con el corazón martilleando contra las costillas. Al llegar a la oficina del coronel, cuadró los hombros y llamó a la puerta.

Pero al entrar, no encontró el uniforme verde oliva del director de la academia. En su lugar, sentada frente al ventanal, estaba una mujer vestida de civil, con una mirada que parecía haber visto el fin del mundo varias veces: Isolda.

—Siéntate, cadete —dijo Isolda sin preámbulos.

Abigail obedeció, manteniendo la espalda recta como una flecha. Isolda se inclinó hacia adelante, observando la juventud en el rostro de la chica.

—¿Sabes lo que eso significa, Abigail? No vas a una misión de vigilancia. Vas a entrar en un nido de avispas llamado Código Virgo. Si aceptas, dejas de ser una cadete con futuro. Te conviertes en un activo negable.

Isolda hizo una pausa deliberada, dejando que el peso de sus palabras llenara la habitación.

—Escúchame bien: si fallas, si te atrapan o si mueres, el Estado de Israel no te conoce. Tu cuerpo quedará sin registro, abandonado en una morgue extranjera.

Abigail sintió un frío repentino recorrerle la columna. El temor era real, palpable en el leve temblor de sus manos sobre sus rodillas. Pero entonces, recordó quién es

Apretó los puños y miró fijamente a Isolda.

—Si el mundo está en peligro por este código y yo soy la única que puede acercarse sin ser detectada... entonces es mi deber. —Su voz, aunque joven, no flaqueó—. Si muero, que sea por el Estado de Israel. Estoy lista para ser ese fantasma.

Isolda suspiró, una mezcla de orgullo y lástima cruzando su rostro.

—Entonces guarda tu uniforme, Abigail.

 

Yokohama, Japón. Bar "The Blue Light". Octubre de 1998.

 

El aire del bar estaba saturado de humo de tabaco premium y el suave tintineo de los hielos. Fernanda Gundensen observaba el reflejo de la luz en su copa de Manhattan, su trago favorito: dulce, amargo y letal, exactamente como su vida. Bebió un sorbo lento, sintiendo el centeno quemar su garganta, mientras sus ojos escaneaban el espejo de la barra.

Entonces la vio entrar. Una mujer de cabellos negros, largos y lacios, ocultando su mirada tras unas gafas oscuras de diseñador. Vestía un pantalón de cuero color arena que resaltaba su figura, una blusa negra de seda y una chaqueta de cuero a juego. Caminaba con una seguridad ensayada, directo hacia el fondo del local. Al pasar junto a la barra, sus ojos se cruzaron un segundo con los de Fernanda. No hubo saludo, solo un reconocimiento silencioso.

Fernanda dejó el billete sobre la barra y la siguió al baño.

Dentro del baño, el silencio era absoluto. La mujer se quitó las gafas y la peluca negra, revelando un rostro que era, rasgo por rasgo, el espejo exacto de Fernanda. Se trataba de Loreto Undurraga, una mujer cuya única fortuna en la vida había sido nacer con la misma estructura ósea y facial que la mujer más buscada del mundo.

—Llegas a tiempo —susurró Fernanda, comenzando a desabotonarse la blusa.

—El vuelo desde Santiago fue eterno —respondió Loreto, entregando una carpeta de cuero con documentos—. Aquí tienes mi pasaporte, mi cédula de identidad y los boletos. A partir de ahora, tú eres Loreto Undurraga.

Cambiaron sus ropas en un baile coreografiado de urgencia. Fernanda se enfundó el pantalón arena y la blusa negra, mientras Loreto se ponía la minifalda y la blusa púrpura que Fernanda llevaba minutos antes.

—Escúchame bien —dijo Fernanda, entregando una tarjeta de crédito negra sin límite—. Quédate en la casa que te indiqué. Disfruta de la ciudad, gasta lo que quieras. Hazte pasar por mí estos días. Yo tengo que viajar a Corea del Sur esta noche, pero volveré mañana por la tarde para relevarte.

Loreto asintió, deslumbrada por la promesa de una riqueza que nunca había conocido. No vio la sombra de culpa en los ojos de Fernanda.

—Ten cuidado, "Fernanda" —le dijo la verdadera Gurdensen antes de salir.

Esa misma noche, mientras la falsa Fernanda dormía en el dormitorio de la casa frente a la bahía de Yokohama, dos sombras, dos revólveres y ocho disparos apagaron el último suspiro de Loreto Undurraga. Los asesinos de Emilia Huidobro enviaron la señal de "objetivo eliminado".

Mientras tanto, en el puerto de Yokohama, una mujer con pasaporte chileno a nombre de Loreto Undurraga abordaba un ferry nocturno. No iba a Corea del Sur, su ruta era mucho más larga: un desvío por Europa para borrar su rastro, antes de aterrizar en Chile, su cabello corto teñido de castaño, preparó su viaje y refugio en la paz engañosa de Mendoza.

 


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