Póker Negro parte tres " Hereditario "
Por Teulfelsaugen
Enviado el 10/04/2026, clasificado en Intriga / suspense
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Estocolmo, Suecia. "Sitio Negro" de la CIA.
Tras seis horas de oscuridad absoluta Miguel Ángel fue arrastrado por dos guardias hacia una habitación blanca. La luz de los fluorescentes era tan intensa que le quemaba las pupilas. Parpadeó, tratando de enfocar la figura que estaba sentada frente a una mesa de metal.
No era un militar. No era un torturador.
—¿Andrés? —susurró Miguel Ángel, con la voz quebrada por la deshidratación.
Andrés Vecchio su antiguo compañero de crónicas en Santiago, el hombre con el que había compartido redacciones y peligros, le sirvió un vaso de agua con manos tranquilas.
—Hola, Miguel. Siento que tenga que ser así —dijo Andrés, con una tristeza que parecía genuina—. Pero la CIA sabe que Fernanda te dejó algo. Necesitamos la novena ecuación para estabilizar el sistema antes de que colapse.
Miguel Ángel soltó una carcajada seca, carente de humor.
—Se lo dije a todo el mundo en la conferencia: ella no me dio nada. Me protegió no dándome ese número. No voy a trabajar para ustedes, Andrés. No voy a ser el títere de Langley.
Andrés se inclinó hacia adelante, dejando una carpeta sobre la mesa. Las fotos mostraban el cuerpo de una mujer ultimada con ocho disparos en Yokohama.
—No lo hagas por la CIA, Miguel. Hazlo por ella —Andrés bajó la voz—. Hemos detectado actividad de la facción superviviente de Alfa Centauro--- el nombre de Alfa Centauro golpeó a Miguel Ángel como una descarga eléctrica. El dolor del duelo se transformó instantáneamente en una ira incandescente. La imagen de Fernanda, su último adiós aquella tarde antes del vuelo, volvió a su mente. ---Si esos monstruos seguían activos…Miguel Ángel apretó los puños hasta que los nudillos se le pusieron blancos. Miró a su amigo, buscando cualquier rastro de mentira, pero solo encontró la urgencia del peligro real.
—Ellos no se quedarán con su código —sentenció Miguel Ángel, su voz ahora fría y decidida—. Si trabajar con ustedes es la única forma de encontrarlos y destruirlos... acepto. Pero quiero acceso total. Quiero saber quién dio la orden en Yokohama.
Andrés asintió, extendiéndo una mano.
—Bienvenido al equipo, Miguel.
Sede del Mossad. Laboratorio de Tecnología Aplicada.
El aire en el laboratorio olía a ozono y aceite de armas. Un técnico de mirada cansada puso sobre la mesa metálica una caja de polímero negro. Al abrirla, el acero de una Glock 23 brilló bajo los fluorescentes.
—Munición .40 S&W. Tres cargadores —dijo el técnico con voz monótona—. Tiene más poder de parada que una 9mm, pero patea más fuerte. Practica tu agarre, cadete.
Abigail tomó el arma. Sentir el frío del metal le recordó que esto ya no era un simulacro. Junto a la pistola, el técnico deslizó un objeto pequeño y elegante: un lápiz labial de tono transparente.
—Escucha con atención —advirtió el técnico—. Esto no es cosmética. Se aplica sobre un labial normal. Contiene un compuesto neurotóxico derivado de toxinas marinas. Un beso de tres segundos actúa como un suero de la verdad. Cinco segundos provocan una parálisis cognitiva y pérdida de memoria. Pero si el contacto dura más de diez segundos... —el hombre la miró a los ojos— el sistema nervioso se colapsa. Muerte instantánea por paro cardiorrespiratorio. Úsalo con extrema precaución.
Abigail guardó el frasco con manos temblorosas. Luego, le entregaron su "armadura": blusas y poleras de fibra tejida capaces de detener proyectiles de 9mm y chaquetas reforzadas para calibres mayores. Finalmente, le pusieron al cuello una cadena con una cruz de oro la cuál reposo arriba de sus pechos
—A partir de ahora, no eres judía para el mundo —sentenció el técnico—. No puedes usar la Estrella de David. Esa cruz tiene un transistor de pulso térmico. Si tu corazón se detiene o si sufres una herida crítica, enviará una señal cifrada a Tel Aviv. Sabremos dónde recoger tu cuerpo... o qué destruir para no dejar rastro.
Después aparece un bolso.
-compartimientos secretos incapaz que su arma sea detectado-
Tel Aviv. Residencia de la familia Stern.
El aroma a pan recién horneado y jazmín llenaba la pequeña sala, un contraste cruel con el metal frío de la Glock que Abigail guardaba en su bolso de Louis Vuitton en la habitación contigua. Caleb Stern, un hombre de hombros anchos y mirada vigilante que delataba sus años como jefe de seguridad en la embajada en Berlín, la estrechó en un abrazo que olía a tabaco y a hogar.
—Berlín es una ciudad de sombras, hija —le susurró Caleb, apartándose para mirarla con un orgullo que le quemaba el alma—. Pero tú eres luz. Me alegra que el Mossad te envíe a algo sencillo, un enlace administrativo... te lo has ganado por ser la mejor de tu clase.
Abigail forzó una sonrisa, sintiendo el peso de la mentira como una losa de plomo. Su padre, el hombre que la había adoptado y le había dado un nombre y una patria, creía que su hija iba a un escritorio. No sabía que ella era el "fantasma" enviado al epicentro del Código Virgo.
Entonces, Rebeca Levin, su madre, se acercó. Al ver los ojos de Abigail, Rebeca no vio a la cadete de honor ni a la futura agente. Vio a la niña que llegó de Düsseldorf buscando refugio.
Abigail no pudo contenerlo más. El dique se rompió. Se aferró a la túnica de su madre y comenzó a sollozar, un llanto silencioso y convulso que sacudía todo su cuerpo.
—Tengo miedo, mamá... —susurró entre lágrimas—. ---No sé si soy lo suficientemente fuerte---
Rebeca la tomó de los hombros con una firmeza que solo tienen las mujeres que han sobrevivido a desiertos y guerras. La obligó a levantar la mirada, clavando sus ojos en los de su hija.
—Escúchame bien, Abigail Stern —dijo Rebeca, su voz vibrando con una autoridad ancestral—. Tú no llegaste a Eretz Israel por casualidad. No cruzaste el mar solo para tener un pasaporte nuevo. Viniste porque hay un propósito de Dios en tu vida. Eres una judía fiel, eres íntegra, y llevas la fuerza de los que no se rinden.
Rebeca le secó una lágrima con el pulgar, apretando sus hombros.
—Yo no crié a una mujer cobarde. El miedo es solo el ruido que hace el coraje antes de despertar. Ve allá afuera, cumple con tu deber y recuerda quién eres: Abigail, la que Dios ha bendecido. No dejes que las sombras te quiten eso.
Abigail respiró hondo, sintiendo cómo las palabras de su madre sellaban la grieta en su espíritu. Se enderezó, limpiándose el rostro con el dorso de la mano. El miedo seguía ahí, pero ahora tenía una armadura.
El hermano mayor quien de el dintel de la puerta mirando a Abigail se abrazan fuertemente --- adiós Alemana come salchichas--- ella sonríe --- adiós judío cara de camello--- los dos se ríen, esas palabras que en epoca de infancia eran insultos que se decían,ahora eran una despedida de un hermano mayor, detrás aparece la hermana llorando la abraza después sollozando dice ---vuelve o si no me quedaré con tu dormitorio y abriré tu diario de vida --- las dos sonrien ---'ni en tus sueños---dice Abigail luego todos van a compartir el último almuerzo en familia
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