Póker Negro parte cuatro " comienza el juego"

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Tel Aviv, base militar Tel HaShomer.

 

Abigail Stern pasaba los últimos minutos con David Yizhak, el novio que ella tenía en secreto. –David  con sus ojos marrones miraba fijamente los ojos azules de Abigail que a la luz de la luna le daban un tono a cenizas,  queriendo decir todo pero sin pronunciar palabras el joven la besó, el beso fue intenso quizás el último beso lleno de amor y pasión que la cadete daría en su vida, luego  esos sensuales labios de grosor medio y el arco de cupido definido de forma perfecta, en unas horas más se convertirá en una arma al servicio del Mossad. ---Por favor no te vayas---- dice por fin él,  ella lo mira con los labios algo separados ---pero debo hacerlo, es mi misión--- los ojos del joven empezaron a generar destellos de emoción, ella que sentía que el corazón retumbaba en su pecho solo tocó el rostro del hombre que amaba. ---te prometo que cuando retorne hablaré con mi padre y le pedirás mi mano en matrimonio--- él joven sonríe, pero ella sabia bien que si retornaba David y la cadete Stern quedarian en el pasado.

 

San Felipe, Región de Valparaíso. Terminal de Buses.

 

Del autobús proveniente de la frontera descendió una mujer que nadie habría asociado con Yokohama. Con el cabello corto, alisado y teñido de un castaño natural, Fernanda Gurdensen caminaba con una seguridad discreta, vestía unos jeans color piedra, botas de cuero caoba gastadas por el camino y una blusa negra, con un chaleco anudado sobre los hombros que le daba un aire de viajera común.

Entre el humo de los motores y el bullicio de la tarde, una figura maciza y de cabellos canos la esperaba junto a un pilar. Juan Emilio.

Al verse, Juan Emilio, el hombre que la había sacado de Chile a lomo de caballo por los pasos prohibidos de la cordillera para salvarla de la ambición de Alpha Centauro, la estrechó en un abrazo que crujió sus huesos. Fernanda, que rara vez permitía el contacto físico, hundió el rostro en su hombro.

—Bienvenida a casa, pequeña —susurró Juan Emilio con voz ronca caminaron hacia un viejo Chevrolet Aska de color ceniza era el contraste absoluto con los BMW y los Mercedes-Benz que escoltaban a Fernanda cuando Alfa Centauro existía.

—Es un buen auto —dijo Juan Emilio mientras salían del terminal—. Nadie ve un Aska. Es invisible, igual que nosotros ahora, condujo hasta una modesta habitación en las afueras, un lugar limpio pero austero, lejos de cualquier radar digital. Una vez dentro, con las cortinas cerradas, la atmósfera cambió, La genio regresó.

Fernanda se sentó en la orilla de la cama, observando a Juan Emilio mientras este le servía un vaso de agua.

—¿Lo hiciste? —preguntó ella, yendo directo al grano—. ¿Lograste mover los activos antes de que la Novena Ecuación empezara a mutar?

Juan Emilio asintió, sacando una pequeña libreta de cuero vieja.

—Tal como ordenaste. El oro físico está asegurado en tres bóvedas privadas en el sur, bajo nombres de empresas fantasma que nadie puede rastrear. En cuanto a los mercados... —hizo una pausa—, compramos las posiciones en corto en JP Morgan justo antes de la primera caída. Y con lo que ganamos, diversificamos en Nvidia. Como predijiste, la crisis energética y la necesidad de procesamiento para descifrar el Código Virgo dispararon su valor.

Fernanda tomó la libreta, sus ojos escaneando las cifras con rapidez sobrehumana.

—Bien. Ese capital es nuestro seguro —sentenció Fernanda—. El dinero digital no valdrá nada.

 

Tel Aviv. Cuartel General del Mossad. 05:00 AM.

 

El cielo sobre el Mediterráneo apenas comenzaba a teñirse de un violeta eléctrico cuando Abigail Stern fue conducida por un pasillo de hormigón armado, tres niveles por debajo del suelo. Al final, una puerta de acero con escáner de retina se abrió siseando.

 

Dentro, el Director del Mossad estaba de pie frente a una pantalla holográfica que proyectaba un mapa de flujos de datos globales. No hubo saludos. La urgencia flotaba en el aire como electricidad estática.

—Cuando la organización Alfa Centauro colapsó en 1999 tras la caída de sus acciones que fueron el pie que comenzó la crisis económica, el mundo creyó que la organización había muerto —dijo el Director, sin apartar la vista de los gráficos—. Se equivocaron. Un bastión sobrevivió en las sombras, una célula de élite que se hace llamar Poseidón.

El Director pulsó un comando y apareció el rostro de un hombre de mirada gélida y frente amplia: James Monroe.

—Monroe es un astrofísico y genio de la informática —continuó—. Durante décadas, fue el arquitecto del Póker Negro: cinco tarjetas físicas que contienen los protocolos de acceso a los servidores raíz del sistema financiero y la informática global, Pero Monroe tiene un problema. El motor de esas tarjetas, el algoritmo necesario para sincronizarlas, está en el Código Virgo.--- Abigail observaba la foto de Monroe con una mezcla de fascinación y repulsión.

 

—Monroe intentó resolver el código durante años —explicó el Director—, pero perdió el rastro del manuscrito original. Ese libro cayó en manos de una niña de doce años en Chile: Fernanda Gurdensen. Mientras Monroe buscaba por todo el mundo el libro, la mente Asperger de esa niña hacía lo que él no pudo--- La pantalla mostró imágenes satelitales de la crisis económica actual.

 

—Monroe esperó a que Fernanda resolviera la Novena Ecuación, pero ella lo engañó. Entregó una solución falsa que ha sumergido al mercado en el caos. Ahora, Monroe se ha resguardado en un búnker secreto, moviendo sus piezas para recuperar la "ecuación real" antes de que el sistema colapse por completo.

El Director se giró hacia Abigail, su sombra proyectándose larga sobre la pared.

 

—Tu misión, cadete, es interceptar a Miguel Ángel Linares. Él es el único vínculo que queda con Gurdensen. La CIA cree que él tiene la clave, y Poseidón cree que él es el cebo. Debes encontrar la solución de la Novena Ecuación a través de él antes de que Monroe logre sincronizar el Póker Negro si Poseidón toma el control del Código Virgo, no solo dominarán la economía… la informática mundial tendrá acceso a los bancos mundiales, a la FED, a los secretos de los ejércitos del mundo y ( dijo mirando fijamente a la cadete) las agencias secretas, ellos decidirán quién vive y quién muere en el nuevo orden digital.

 

Abigail asintió, sintiendo el peso del destino de la humanidad sobre sus hombros. Ya no era solo una misión de espionaje; era una carrera contra un genio que llevaba esperando desde el siglo pasado.—Entendido —respondió ella, su voz ahora despojada de cualquier rastro de la niña que lloró anoche—. Encontraré a Linares, y encontraré ese número, cuando ella estaba lista para retirarse, dice el director ---ahora al no ser un agente clasificado, solo una cadete, no puede escoger un nombre secreto, así que le asignaste un nombre provisorio, será su nombre de niña en Alemania - dijo sacando un documento -¿ Bárbara Schaffer? Dice la cadete el director lo confirma - agente Bárbara Schaffer.

 


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