Follada después del gin-tonic
Por Pecado de Seda
Enviado el 31/03/2026, clasificado en Adultos / eróticos
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La noche del viernes el bar estaba lleno de ese bullicio cálido y cargado de promesas. Luces tenues, olor a whisky y perfume mezclado.
Ella estaba sentada sola en la barra, con un vestido negro ajustado que se pegaba a sus curvas como una segunda piel. El escote no era exagerado, pero cada vez que se inclinaba para tomar su gin-tonic, dejaba entrever la suave curva de sus pechos. Tenía el cabello suelto y oscuro, y unos labios rojos que parecían pedir que los mordieran.
Él entró buscando solo una copa después de un día largo. Sus ojos la encontraron casi al instante. Se acercó con paso seguro pero sin prisa, se sentó dos taburetes más allá y pidió un whisky solo.
—¿Vienes mucho por aquí? —preguntó ella de repente, girando ligeramente hacia él con una sonrisa juguetona.
—No tanto como me gustaría ahora mismo —contestó él, mirándola directamente a los ojos.
La conversación fluyó fácil. Risas, miradas cada vez más largas, roces “accidentales” de manos al pedir otra ronda. Ella cruzó las piernas y el vestido se subió un poco más, revelando el borde de una media negra. Él no disimuló al bajar la vista.
Después de la tercera copa, la tensión sexual ya era palpable.
—¿Quieres salir de aquí? —preguntó ella en voz baja, casi ronca.
—No quiero esperar tanto —respondió él, acercándose más. Su mano rozó el muslo de ella por debajo de la barra.
Ella soltó una risita suave y separó ligeramente las piernas, invitándolo. Los dedos de él subieron despacio por la piel suave hasta encontrar el encaje húmedo de sus bragas. Presionó suavemente sobre su clítoris y ella contuvo un gemido, mordiéndose el labio.
—Aquí no… —susurró ella, aunque su cuerpo decía lo contrario.
—Nadie nos está mirando —mintió él, mientras deslizaba un dedo bajo la tela y sentía lo mojada que estaba.
Ella cerró los ojos un segundo, respirando agitada. Luego tomó su mano y se levantó.
—Vámonos. Ahora.
Salieron casi corriendo del bar. Apenas llegaron al coche de él en el aparcamiento oscuro, ella lo empujó contra la puerta y lo besó con hambre. Sus lenguas se enredaron mientras las manos de él subían el vestido y apretaban su culo firme.
Ella se arrodilló rápidamente, bajó la cremallera y sacó su polla ya dura y palpitante. Lo miró a los ojos mientras lo metía en su boca caliente y húmeda, chupando con ganas, lamiendo desde la base hasta la punta, gimiendo alrededor de él.
—Joder… —gruñó él, enredando los dedos en su cabello.
No aguantaron mucho más. La levantó, la giró y la inclinó sobre el capó del coche. Le subió el vestido hasta la cintura, apartó las bragas a un lado y entró en ella de un solo empujón profundo. Ella soltó un gemido fuerte cuando lo sintió llenándola por completo.
Empezaron a follar con fuerza. El sonido de sus cuerpos chocando se mezclaba con los gemidos ahogados de ella y los gruñidos de él. Una mano de él le apretaba la cadera, la otra bajaba para frotar su clítoris hinchado mientras la penetraba sin piedad.
—Más fuerte… —suplicó ella.
Él obedeció. La follaba con embestidas profundas y rápidas hasta que sintió cómo ella se contraía alrededor de su polla, corriéndose con un orgasmo intenso que le hizo temblar las piernas. Dos embestidas más y él se vació dentro de ella, gruñendo su nombre contra su cuello.
Se quedaron un momento así, jadeando, con los cuerpos aún unidos.
Ella giró la cabeza y sonrió con picardía:
—¿Volvemos al bar… o seguimos en tu casa?
Él sonrió, aún dentro de ella.
—Tu casa está más cerca.
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