Póker Negro parte seis el comienzo

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Aeropuerto de Heathrow,Londres, noviembre del 2000

El terminal aéreo respiraba con su habitual caos organizado. El bolso de Bárbara Schaffer se deslizaba con lentitud por la cinta de los rayos X; sin embargo, la Glock 23 y el arma blanca oculta en el fondo falso permaneció invisible ante el monitor.

Bárbara entregó sus documentos con una calma ensayada. Según el pasaporte, ella era Sarah Taylor, una estudiante oriunda de Chicago que llegaba a la ciudad para cursar un posgrado en la London School of Economics and Political Science. En la fotografía de su identificación, lucía un cabello castaño y largo, ojos marrones y anteojos ópticos que le daban un aire intelectual y sofisticado.

Disfrazada bajo esa nueva identidad, Bárbara sostuvo la mirada del oficial de migración con un rostro serio y monótono, ocultando cualquier rastro de su verdadera naturaleza. Solo cuando sus pies tocaron el suelo londinense, fuera de la terminal, se permitió exhalar. Estaba dentro.

 

 

Búnker Atlántida. Oficina de James Monroe.

 

El aire acondicionado del búnker zumbaba con una eficiencia silenciosa, pero no era suficiente para filtrar el hedor que precedía a la entrada del ingeniero jefe de sistemas. Las puertas de acero se deslizaron y "Bola Podrida" entró pesadamente en la oficina ovalada.

Con sus 160 kilos de masa desbordando una guayabera manchada de sudor y unos pantalones cortos que se tensaban peligrosamente en sus muslos, el ingeniero era el reverso tenebroso de la pulcritud de Monroe. El olor a humedad rancia y comida procesada que emanaba de él —el "bola podrida" que le daba su apodo entre los pasillos— pareció congelarse ante la mirada de Monroe.

—Señor Monroe... —jadeó el ingeniero, limpiándose la frente con un pañuelo grasiento—. Hemos estado procesando los clústeres de la fase ocho. La arquitectura del Código Virgo es... es más densa de lo que previmos. Pero hemos logrado estabilizar el flujo de las tres tarjetas que tenemos en el servidor central...

Monroe no dijo nada. Se limitó a pulsar un comando en su escritorio de semicírculo. Unos gráficos fractales en rojo incandescente estalló en el centro de la sala.

—Ahorra tus justificaciones, "Bola Podrida" —la voz de Monroe era un susurro gélido—. Estos son los registros de las últimas seis horas.

Monroe señaló un punto donde las líneas de código empezaban a retorcerse de forma asimétrica.

—La Novena Ecuación no solo no ha sido descifrada por tu equipo, sino que está mutando. Se está alimentando del caos de los mercados que nosotros mismos provocamos, si no recuperamos las dos tarjetas que nos faltan y sincronizamos el resultado real de Gurdensen en las próximas semanas, el algoritmo se volverá autónomo--- el ingeniero gordo tragó saliva, el sudor frío bajándole por la espalda.

—Señor, mis hombres han trabajado turnos de veinte horas...

—¡Tus hombres han trabajado en un vacío!—le interrumpió Monroe, poniéndose de pie con una lentitud amenazante—. El trabajo que has hecho hasta ahora ha vuelto a cero, cada línea de código que escribiste ayer es obsoleta hoy porque la ecuación ya aprendió a contrarrestarla.

Monroe rodeó el escritorio, ignorando el olor nauseabundo que despedía el ingeniero, y se detuvo a centímetros de él.

—Si el sistema colapsa, no solo mis planes se hunden. Tú serás el primero en ser expulsado de este búnker por el tubo de desechos, vuelve a tu estación. No quiero reportes de "avances"; quiero la solución de la Novena Ecuación o el código fuente de la mutación. ¡Largo de aquí!

"Bola Podrida" retrocedió tambaleándose, sus sandalias chirriando contra el suelo de acero. Las puertas se cerraron tras él, dejando a Monroe solo con sus gráficos rojos.

Monroe apretó los puños. Sabía que sus peores temores se estaban confirmando: la Novena Ecuación era un organismo vivo, y si no encontraba  el verdadero resultado de Fernanda o a quien tuviera indicios de ella y su trabajo  el mundo que pretendía heredar se convertiría en un desierto digital que nadie, ni siquiera él, podría gobernar.

 

Estocolmo, Suecia, noviembre del 2000.

 

En la habitación qué ocupaba Miguel Ángel Linares estaba con su amigo Andrés Vecchio, conversaban bajo la lámpara colgante y que daba un haz de luz cónica que rodeaban la mesa, el café se mezclaba con anécdotas de una época universitarias y de gestas periodísticas del pasado , de pronto un silencio los hace volver al motivo por el cual estaban ahí, Andrés no fue inquisidor, fue más afable - ¿Recuerdas el caso Argelia?

---Si fue un caso muy complejo, pistas se desprendieron cuando pensamos que todo se había resuelto--- respondió Miguel Ángel, Andrés dejó un silencio de segundos hasta que fue más directo, --- dime ¿qué fue lo que sucedió en esa relación tuya con Fernanda Gurdensen y   tu enfrentamiento con Emilia Huidobro? Por qué tú ibas en contra de Alpha Centauro---Miguel Ángel quedó en silencio, pero no en ese silencio molesto cuando alguien le hablaba de Fernanda o el código Virgo y a pesar de el hecho de que su amigo trabaje para la CIA y quiera sacar información, pensó sobre que Fernanda murió para salvar al mundo de los planes siniestros de la misma organización que ahora resucita como el ave Phoenix, se tomó el tiempo para responder viendo el borde que separaban la luz con la obscuridad como si ese simbolismo de la vida y la muerte de la resurrección de Alpha Centauro y sobretodo de la pesadilla que llevaba cargando desde que comenzó a investigar los planes de esa organización, pasando por la muerte de su asistente y amigo Francisco Carrasco y la pérdida de su gran amor Fernanda Gurdensen, había perdido todo y no había conseguido nada, mirando a su amigo dijo ---aquella tarde con Fernanda nos encerramos en su hogar estuvimos del medio día hasta el fin de la tarde ella escribía todo en una pizarra, números, era como si pintara una muralla, pero en vez de pintura eran números en toda esa  pizarra acrílica yo anote todo en una libreta después de unas pizzas y un tiempo de relajo ella revisó los cálculos me preguntó ¿ escribiste todo ? Luego, bueno, borro la pizarra, dividió en dos en una parte puso ecuación número ocho y en otra ecuación número nueve- y empezó a trabajar, la noche llegó junto al sueño me dijo que me fuera a acostar en su cama qué ella iría en unos minutos más, las ecuaciones estaban difíciles y necesitaba una mente más despierta para terminar, yo me dormí como una piedra al despertar no la encontré en la cama baje al despacho y estaba acostada en el sillón, me mostró el resultado de la octava Ecuación… ---si, si sé, ella tenía el resultado de la novena no la compartió pero ¿ no sabes si hubo un lugar donde ella anotará todo? Y que paso con la libreta que te pasó?

--- La libreta con la octava ecuación se la pasé a mis amigos pero ella… Miguel Ángel hace una pausa y mira a su amigo --- ella anotaba todo en una agenda azul marino---

 ---la policía en Yokohama no encontró ninguna agenda- dijo Andrés , Miguel Ángel se tomó la boca ---o sea la dejó en Concepción, ¡está en su casa! Andrés Vecchio lo miró y sonrió.

 

 

 

 


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