Entre manzanos y deseo [Parte 1]
Por Pecado de Seda
Enviado el 31/03/2026, clasificado en Adultos / eróticos
122 visitas

Estaba de espaldas cuando una voz grave y masculina me dijo:
—No es muy temprano para trabajar, ¿no?
Me giré sobresaltada. Frente a mí había un hombre de unos 40 años, pelo ondulado castaño que le caía un poco sobre la frente, gafas de montura fina y una sonrisa confiada. Llevaba una camiseta negra ajustada que marcaba un pecho ancho y brazos fuertes, y unos vaqueros que le sentaban peligrosamente bien.
—Te puedo ayudar si quieres —dijo, con la voz ronca y un brillo en los ojos.
Me lo quedé mirando un segundo de más. Era guapo, demasiado guapo para ser el vecino o el jardinero.
—No gracias, puedo yo sola —respondí, intentando sonar segura, aunque noté cómo mis mejillas se calentaban.
Él sonrió de medio lado y se acercó un paso.
—¿Segura? Porque esos shorts tan cortos te quedan de muerte, pero te van a dejar el culo lleno de tierra si sigues agachada así.
Me mordí el labio sin darme cuenta. Su mirada bajó descaradamente por mi cuerpo: la camiseta blanca pegada al sudor ligero, los shorts vaqueros que apenas cubrían la mitad de mis muslos.
—Soy Diego —dijo extendiendo la mano—. Vivo en la casa de al lado. Tu sobrina me dijo que vendrías esta semana.
Le di la mano y sentí que la suya era grande, cálida y áspera.
—Encantada… supongo —murmuré.
Diego soltó una risa baja.
—Tranquila, no muerdo… a menos que me lo pidas.
Se puso a mi lado sin esperar invitación y empezó a arrancar malas hierbas con movimientos seguros. Durante un rato trabajamos en silencio, pero cada vez que me agachaba sentía su mirada clavada en mi culo.
Al cabo de unos minutos, se incorporó, se limpió las manos en los vaqueros y se acercó por detrás.
—Oye… —su voz sonó más cerca, casi en mi oído—. Si sigues moviendo esas caderas cada vez que te agachas, no voy a poder concentrarme en las putas hierbas.
Me quedé quieta, con el corazón latiendo fuerte. Sentí su aliento en mi nuca.
—¿Qué has dicho? —pregunté, aunque lo había oído perfectamente.
—He dicho que tienes un culo que me está poniendo la polla dura desde que llegué. Esos shorts tan pequeños… joder, se te ve la curva perfecta de las nalgas. ¿Sabes lo que estoy imaginando ahora mismo?
Tragué saliva. El calor entre mis piernas empezó a crecer.
—Dímelo —susurré, sin atreverme a mirarlo.
Diego se pegó más a mí, su pecho contra mi espalda. Sentí su mano grande posarse en mi cintura.
—Estoy imaginando cómo te bajaría esos shorts hasta las rodillas, te abriría las piernas aquí mismo y te metería dos dedos para ver lo mojada que estás ya. Porque sé que estás mojada, ¿verdad, preciosa?
Su otra mano bajó lentamente por mi cadera hasta rozar el borde del short.
—Dime… ¿ya se te está empapando ese coñito rico solo porque un desconocido te habla sucio?
Me mordí el labio con fuerza. Mi respiración se había vuelto irregular.
—Diego… esto no es…
—Shhh —me cortó, y su voz se volvió más grave y dominante—. No me mientas. Sé que te gusta. Sé que te pone que un hombre mayor te hable como la puta caliente que eres.
Su mano se coló por debajo de la camiseta y subió hasta rozar la parte inferior de mis tetas.
—Dime la verdad… ¿quieres que te folle aquí en el huerto como una perra en celo? ¿Quieres que te agarre de ese pelo bonito y te meta mi polla gruesa hasta el fondo mientras te digo lo apretada que estás?
Sentí cómo se me escapaba un gemido bajito.
—Responde —ordenó, apretando su erección contra mi culo por encima de la ropa—. ¿Quieres que te use como mi zorra personal esta semana?.
—Diego… esto no es… —intenté decir, pero mi voz salió entrecortada.
Él apretó más su cuerpo contra el mío, su erección dura rozándose contra mi culo por encima de los shorts.
—Shhh… respóndeme —susurró cerca de mi oído, con esa voz grave que me erizaba la piel—. ¿Quieres que te folle aquí en el huerto? ¿Quieres que te agarre de ese pelo bonito y te meta mi polla gruesa hasta el fondo mientras te digo lo apretada y caliente que estás?
Sentí cómo se me escapaba un gemido bajito. El calor entre mis piernas era cada vez más intenso.
Entonces, con la voz temblorosa pero decidida, murmuré:
—Sí… hay una caseta… podemos ir allí.
Diego soltó un gruñido bajo de aprobación. Sin decir nada más, me tomó de la mano con firmeza y empezó a caminar conmigo hacia la pequeña caseta de herramientas que estaba al fondo del huerto, medio escondida entre los árboles. Mi corazón latía con fuerza. Sabía que lo que iba a pasar allí dentro iba a ser intenso.
Cuando entramos, el lugar era pequeño, con olor a tierra húmeda y madera. Había una mesa vieja de trabajo, algunas herramientas colgadas en la pared y un colchón fino tirado en un rincón que mi sobrina usaba a veces para descansar. Diego cerró la puerta detrás de nosotros y me empujó suavemente contra la mesa.
—Buena chica —murmuró, mirándome de arriba abajo con ojos oscuros de deseo—. Venir aquí fue una muy buena decisión.
Sus manos fueron directas a mis shorts. Desabrochó el botón con rapidez y bajó la cremallera. De un tirón firme me los bajó hasta las rodillas, dejando mi culo al aire.
—Joder… mírate —dijo con voz ronca, pasando la palma de su mano por mis nalgas—. Tienes el culo más perfecto que he visto. Y ya estás empapada… se te nota en las bragas.
Metió dos dedos por el borde de mi ropa interior y las apartó a un lado. Sus dedos gruesos rozaron mi entrada, sintiendo lo mojada que estaba.
—Mmm… qué coñito tan caliente y resbaladizo —gruñó cerca de mi oído—. Ya estás chorreando para mí. ¿Tanto te excitó que te hablara sucio en el huerto?
Deslizó un dedo dentro de mí lentamente, luego otro, abriéndome con cuidado pero con decisión.
Comentarios
COMENTAR









¿Te ha gustado?. Compártelo en las redes sociales