La Prêta : las vueltas del destino

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El aire de abril de 1999 ya empezaba a enfriar los patios del liceo, pero el frío que sentía Susana no era por el clima de Santiago. Sentada en un rincón apartado del patio, sus lágrimas mojaban el jumper azul mientras el eco de las risas de sus compañeros parecía una burla cruel. Su novio la había dejado por otra, rompiéndole no solo el corazón, sino esa fe ciega que se tiene a los diecisiete años.

?Andrea, su mejor amiga, se sentó a su lado en silencio. Ella no necesitaba preguntar nada; tres meses atrás había pasado por el mismo calvario, secándose las lágrimas sola frente al espejo. Andrea le puso una mano en el hombro, apretando con firmeza.

?—Ya basta, Susy—dijo Andrea con una voz que sonaba más vieja de lo que era—. Míranos. Llorando por tipos que no valen ni el pan que se comen. ¿Por qué tenemos que ser leales a un hombre que no sabe lo que es la lealtad?

?Susana levantó la mirada, con los ojos hinchados, buscando una respuesta en su amiga.

?—Hagamos un trato —continuó Andrea, mirando hacia el futuro, más allá de las rejas del liceo—. De ahora en adelante, nuestro progreso va primero. No vamos a depender de nadie. No vamos a dejar que un hombre nos domine ni nos diga qué hacer. Primero nosotras, después el resto.

?En ese patio gris, entre el ruido del timbre y el olor a encerado, las dos sellaron un juramento que, en ese momento, parecía inquebrantable. No sabían que la vida, años más tarde, las pondría a prueba de la forma más amarga.

 

Junio del 2007.

 

?El centro de Santiago, en una de sus galerías laberínticas, guardaba un secreto que rugía cada mediodía. En la cocina de "El Mesón Central", el sonido del cuchillo contra la tabla de madera era rítmico, casi musical. Claudio, con apenas 27 años, manejaba la hoja con una velocidad estresante y la agilidad de un gato. No miraba sus dedos; su vista estaba en el reloj de pared.

?—¡Faltan diecisiete minutos! —gritó Claudio, sin detener el movimiento de su muñeca. Las cebollas se convertían en hilos perfectos en cuestión de segundos—. Revisen los fondos, que el sofrito no se queme. Si no sale perfecto, no sale de aquí.

?Sus compañeros asentían en silencio, respetando la autoridad natural que emanaba de él. Claudio no solo cocinaba; mandaba con la seguridad de quien sabe que su talento es lo único que mantiene a flote la fama del lugar. La gente hacía fila en la galería solo por probar su sazón, y esa presión era el combustible que él necesitaba para ser cada vez más rápido, cada vez mejor.

?En medio del vapor y el ruido de las ollas, la cajera asomó la cabeza:

—Claudio, te busca Víctor.

?Claudio dejó el cuchillo, se limpió las manos en el delantal manchado de harina y salió a la barra. Víctor, un hombre de 44 años con la mirada cansada de quien ha visto pasar a mil empleados por su agencia, lo esperaba con una carpeta bajo el brazo. Víctor lo conocía bien; sabía que Claudio no era un simple cocinero de galería, sino alguien que quería comerse el mundo.

?—Se va a abrir una vacante en el Marriott en unos meses —dijo Víctor sin rodeos—. Es el salto que buscas, Claudio. Pero hay un tope: necesitan que hables inglés. Si no te comunicas con los gringos, no entras.

?Claudio apretó la mandíbula. El destino le estaba lanzando un reto.

 

?Los meses pasaron entre el calor de los fogones y el estudio nocturno. Al llegar julio, el invierno santiaguino calaba los huesos, pero Claudio tenía la mirada puesta en un curso gratuito de inglés con profesores nativos que se dictaba cerca de la Alameda. Era su oportunidad.

?La primera clase estaba llena de gente buscando una salida, una mejora, un cambio. Claudio se sentó al fondo, con su cuaderno y la mente todavía repasando las comandas del almuerzo. Fue entonces cuando ella entró.

?Andrea caminaba con el cansancio de quien viene de una jornada agotadora limpiando pisos en el hospital, pero con la misma determinación en los ojos que Claudio reconoció de inmediato. Se sentó en el puesto vacío a su lado.

?—Hello —susurró ella, intentando practicar la primera palabra del manual con una sonrisa tímida.

?Claudio la miró. En ese salón frío de invierno, rodeados de verbos irregulares y sueños de superación, el pacto que Andrea había hecho en el patio del liceo en 1999 estaba a punto de enfrentarse a su mayor desafío.

 

Claudio estaba acostumbrado al caos de las comandas y al calor de los fogones, pero cuando giró la cabeza hacia el asiento contiguo, el ruido del mundo se apagó. Andrea no era solo una cara bonita; era un retrato en claroscuro. Su piel blanca resaltaba bajo el cabello azabache, y sus ojos negros, grandes y profundos, parecían contener todas las historias de Santiago. Su rostro ovalado y su nariz delgada le daban un aire de elegancia natural que contrastaba con sus manos, que delataban el cansancio de una jornada larga.

?Claudio, por su parte, no pasaba inadvertido. A pesar de los turnos dobles, mantenía una limpieza pulcra en su ropa y su rostro. Sus ojos azules brillaron bajo la luz fluorescente del salón cuando ella le devolvió la mirada. La atracción fue un rayo silencioso en medio de la clase.

?—My name is Claudio —dijo él, forzando la pronunciación, pero con una sonrisa que rompió el hielo—. Trabajo en una cocina, pero busco trabajar en el Marriott. ¿Tú?

?Andrea sonrió, una curva delgada y hermosa en sus labios que hizo que Claudio olvidara por un segundo el inglés.

—Yo estoy en un hospital —respondió ella—. Quiero salir de ahí.

?Claudio la miró con admiración, asumiendo que era enfermera por su porte, pero Andrea, fiel a su promesa de honestidad, lo corrigió de inmediato:

—Hago el aseo, Claudio. Limpio pisos. Pero estudio esto porque sueño con los cruceros. Quiero ver el mar desde un barco, no desde la ventana de un pabellón.

?Esa confesión, lejos de alejarlo, lo cautivó. Ambos eran luchadores.

 


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