Entre manzanos y deseos[Final]
Por Pecado de Seda
Enviado el 07/04/2026, clasificado en Adultos / eróticos
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Te ayudaré —dijo, guiñándome un ojo con picardía.
Se acercó una última vez, me dio un beso suave en los labios y salió de la caseta sin decir nada más.
Me quedé unos segundos allí, procesando todo lo que acababa de pasar. El corazón me latía todavía con fuerza. Rápidamente me vestí toda prisa, subiéndome los shorts vaqueros y la camiseta blanca. Me arreglé el pelo como pude y salí de la caseta intentando que no se notara nada.
El resto del día intenté concentrarme en el huerto, pero era imposible. Cada vez que me agachaba recordaba sus manos en mi culo, sus embestidas profundas y el calor de su semen llenándome. Sentía un cosquilleo constante entre las piernas y un leve goteo que me recordaba lo que habíamos hecho.
Esa noche, mientras cenaba sola en la torre, no podía dejar de pensar en él. En su voz ronca susurrándome al oído, en cómo me había abierto las piernas sobre la mesa, en cómo me había besado mientras me follaba con fuerza. Me dormí con una sonrisa y una excitación latente, sabiendo que al día siguiente, a la misma hora, Diego volvería.
A la mañana siguiente madrugué de nuevo. Me puse los mismos shorts cortos vaqueros y una camiseta blanca limpia. Bajé al huerto un poco antes de la hora en la que había aparecido el día anterior. El corazón me latía más rápido de lo normal mientras quitaba malas hierbas, esperando oír su voz detrás de mí.
No tardó mucho. Escuché pasos acercándose y luego esa voz grave y familiar:
—Buenos días… ¿otra vez trabajando tan temprano?
Me giré. Allí estaba Diego, con la misma sonrisa confiada, el pelo ondulado castaño y esa mirada que ya sabía lo que escondía. Llevaba una camiseta ajustada y vaqueros.
—Te dije que vendría a ayudarte —añadió, acercándose—. Aunque después de lo de ayer… creo que vamos a necesitar “descansos” más frecuentes.
Se detuvo frente a mí, mirándome de arriba abajo con deseo evidente.
—¿Cómo amaneciste? —preguntó bajando la voz—. ¿Todavía sientes mi corrida dentro de ti?
Me mordí el labio, sintiendo cómo me sonrojaba. Antes de que pudiera responder, se acercó más y susurró:
—Porque yo no he dejado de pensar en lo apretada que estabas ayer… ni en cómo gemías cuando te llené.
Sus dedos rozaron disimuladamente mi cintura.
—¿Quieres que hoy empecemos trabajando… o prefieres que vayamos directo a la caseta otra vez.
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