
Un trance de la vida que no gusta al ser humano, es el mal rato que se pasa al ir a pedir la mano.
Uno va preparado como a las oposiciones; ante el rigor del suegro, ¡te tiemblan los pantalones!
No sabes como empezar, la mente se pone en blanco; ¡es peor que ir a pedir un crédito a algún banco!
Con la vista hacia el suelo y las manos enlazadas, esperas la pregunta con el alma sentenciada.
Él ya sabe del amor por su hija preferida, y empieza por juzgar cómo será mantenida:
—Ya que pides permiso para que sea tu esposa, dime dónde trabajas... ¿Cómo te marcha tu cosa?
¿Es una empresa estable? ¿Cuánto ganas al mes? ¿Tienes futuro allí? ¿Sueldo fijo tal vez?
—En una multinacional, ¡sueldo de ejecutivo! ¡Quiero mucho a su hija, ese es mi gran motivo!
—La vivienda es lo primero, antes de darte a mi perla. Para formar un hogar... ¿tienes ya dónde meterla?
—No tengo donde meterla, ni agujero ni rendija... ¡si tuviera donde meterla, no buscaba yo a su hija!
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