Póker Negro parte: ocho reinicio

Por
Enviado el , clasificado en Intriga / suspense
39 visitas

Marcar como relato favorito

Santiago, Renca, mayo del 2000.

 

El Chevrolet Aska se detuvo en la autopista central, tanto Fernanda como Juan Emilio descendieron del vehículo mirando hacia la izquierda, encontraron a un gran coloso, un edificio de gran volumen color amarillo con gris, era la bodega de Alpha Centauro pero en su rededor las personas polulaban como hormigas, Juan Emilio saco una pistola Smith&wesson SD9 calibres 9x19., saca el seguro y lo guarda en el cinto y le dice a Fernanda que caminen, las grandes puertas estaban destruidas abiertos a la fuerza mientras se acercaban con más personas rodeándolos, el bullicio de las personas gritando a Fernanda  le recordó las jornadas en la bolsa de Santiago y en la Bolsa electrónica años atrás, al cruzar el umbral, el aire pesado golpeó a Fernanda como una bofetada física, no era solo el calor humano; era un hedor compuesto por humedad, sudor agrio y desinfectante barato que no lograba ocultar la podredumbre, frente a ellos, la bodega se desplegaba como una versión pesadillesca de una feria de las pulgas de un block de población en crisis, era una escena que era casi irreal, mujeres solteras y muchas con bebés que por las ropas y utensilios para bebés que tenían daban testimonio de que no fueron personas de mala situación económica, ancianos, parejas jóvenes de clase media. La gente se amontonaban en pasillos improvisados, no había cajas ni orden; solo mantas en el suelo donde se trocaban latas de atún por calcetines o ropa interior, bebidas gaseosas  por cigarrillos y puestos de comidas en deplorables condiciones higiénicas, un par de pilas por un jabón de hotel, personas que cantaban y tocaban instrumentos por unas monedas o un pan y ancianos pidiendo monedas o comida con voz de tristeza y compasión, entre los pies de la multitud, las cucarachas se movían con una confianza asquerosa, y en las esquinas superiores, las arañas de rincón vigilaban desde telas cargadas de hollín. Un par de ratones cruzaron el camino de Juan Emilio, quien ni siquiera se inmutó, ya que aún manteniendo el rol de guardaespaldas alejaba a todos los que se acercaban a la economista utilizando su brazo izquierdo, los hombros, los codos y la mano derecha cerca de su pistola, cuando llegaron a la zona de los baños, el panorama empeoró, el agua estancada y de color dudoso subía por los tobillos, obligándolos a caminar de puntitas sobre tablones de madera podridos. Fernanda sintió que la bilis le subía por la garganta; se cubrió la nariz con la manga de su chaqueta, cerrando los ojos con fuerza para no vomitar ante la visión de lo que flotaba en el rincón.

"Aguanta, ya casi estamos", susurró Juan Emilio, guiándola hacia el fondo del cubículo más apartado, donde el olor a orina vieja era más fuerte, detrás de un inhorodo roto y una pared de latón oxidado, Juan Emilio activó un mecanismo oculto. No era una puerta elegante; era una entrada falsa, un panel de madera terciada que, al deslizarse, revelaba una escalera de concreto limpio y aire filtrado.

Al cruzar, el caos de la feria quedó silenciado por un vacío hermético. Del otro lado los esperaba el orden frío de Alfa Centauro: Pasillos iluminados por LED blanco.

El zumbido constante de los servidores, el aroma neutro y estéril de los laboratorios de archivos, era como si hubieran saltado de un siglo de miseria a uno de tecnología prohibida en solo un paso. Fernanda limpió el barro de los zapatos en la alfombra impecable, todavía temblando por el asco, dándose cuenta de que la salvación del mundo estaba escondida literalmente debajo de la basura de los más pobres.

 

Concepción a fines de Noviembre del 2000.

 

Un furgón utilitario suzuki año 1998 color blanco bajaba por camino a Penco virando por avenida Andalién y se detuvieron en calle Bartolomé del Pozo el furgón se detiene, Miguel Ángel y Andrés bajan entumecidos, con la ropa arrugada y el ánimo por el suelo, habían viajado “por órdenes ” desde Santiago hasta la ciudad Penquista, solo recibieron un sándwich de miga aplastado y un café frío, dos agentes de Langley quienes los esperaban los sacan del vehículo de forma brusca como si fueran delincuentes bajando de un auto policial los llevan a un automóvil Mercedes-Benz color negro C200 estacionado unos metros adelante, un hombre delgado de cabello canoso engomado peinado hacía atrás, un metro sesenta y siete de estatura, de ojos negros pequeños ocultos en unas pronunciadas ojeras, de traje negro Armani, quien fumaba un cigarrillo apoyado en el capó de espalda, al sentir los pasos que se acercaban apagó el cigarrillo y se acercó a ellos parándose al frente de los civiles 

—Veo que tuvieron un viaje agradable— dice el canoso con voz grave y seca, dicho esto sonrió, tanto Miguel Ángel como Andrés miraban desmoralizados — bueno vamos tenemos que hacer— Andrés en voz baja le dice a Miguel Ángel - es Caleb “ Tex” Montgomery un maldito hijo de puta, es de Texas, un líder, el más perro, sucio e inmoral de todo Langley-

En la casa que utilizo Fernanda Gundersen Miguel, Andrés, Tex y los tres agentes inspeccionaron el hogar abandonado,  los muebles tapados con telas grises, en el estudio y despacho que ella utilizó daban vueltas libros y carpetas llenos de polvo, pero nada los civiles se miraron compartiendo su frustración, Montgomery quien los miraba sentado en un sillón Luis XV solo los observaba en silencio —¿ y bien ? Dijo — debería estar por otro lado— dijo Miguel Ángel el agente se levanta y hacen que los civiles sean conducido hacia el dormitorio de Fernanda, con gran sorpresa Miguel Ángel y Andrés ven sobre la cama, perfectamente alineadas como soldados en formación, había doce agendas idénticas, todas marca Rhein, con esa tapa de goma azul marino que Fernanda exigía desde los trece años.

—¿Buscan el Santo Grial? —dijo Tex, haciendo una señal a sus tres agentes de Langley, que permanecían como estatuas en las esquinas de la habitación—. Adelante. Revisen. Fernanda era una chica ordenada, ¿no? Lástima que sea tan repetitiva.

Miguel Ángel y Andrés, con las manos temblorosas por el cansancio del viaje y la falta de alimento, empezaron a hojearlas. La número uno: dibujos de artistas. La número cinco: cálculos de preparatoria. La número siete: notas sobre el terremoto. Ninguna era la agenda actual. El Código Virgo no estaba allí.

 

 


¿Te ha gustado?. Compártelo en las redes sociales

Denunciar relato

Comentarios

COMENTAR

(No se hará publico)
Seguridad:
Indica el resultado correcto

Por favor, se respetuoso con tus comentarios, no insultes ni agravies.

Buscador

ElevoPress - Servicio de mantenimiento WordPress Zapatos para bebés, niños y niñas con grandes descuentos

Síguenos en:

Facebook Twitter RSS feed