La imnaguracion

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Llegué a la hora prevista de la inauguración de unos apartamentos que habíamos construido en una zona playera. Al bajar del coche me encontré con Rosa, la aparejadora que había trabajado conmigo en la construcción. Me habían invitado a la inauguración de unos apartamentos de alquiler, cerca de la playa. Estaba en los jardines tomando una copa, cuando vi acercarse a uno de los arquitectos de los apartamentos.

—Hola.

—Hola, Rosa. ¿Ya han llegado todos?

—Sí, todo está saliendo como lo previsto.

—No me gustan estas fiestas de inauguración, pero hay que llevarse bien con los clientes si uno quiere trabajar.

—Será poco tiempo: tomar unas copas y picar unos aperitivos. Se acerca un camarero con bebidas y cojo una copa.

—No deberías beber en horas de servicio —sonrió.

—Es sábado y no trabajo —sonrió.

—Ir a las inauguraciones forma parte de nuestro trabajo.

—Bueno, no seas tan estricto. ¿Te gusta cómo han quedado?

—No están mal. Con lo que han pagado, ya puede quedar bien.

—Sí, este verano verás cómo se llena. Unos apartamentos con vistas al mar.

—Estos rusos están forrados y no saben dónde meter su dinero.

—Suerte que los hay, que si no, hubiera costado mucho poder terminarlos.

—¿Sabías que nos han invitado a dormir en las suites?

—¿A dormir? Me quedo sorprendida, creía que solo era esta tarde. ¿Es que hay cena?

—Eso parece. No saben cómo agradecernos lo que hemos hecho.

—Muy detallistas. ¿Serán suites independientes?

—Supongo. Con esta gente no sabe uno qué pensar.

—Claro, imagínate que nos metiéramos en la misma —sonrió.

—Tú estás casada.

—Separada.

—Soltero empedernido.

—¡Huy! Yo te imaginaba aquí con tu mujer.

—Lo mismo pensaba yo.

—Ya, te escuché —dijo, rozándole la mejilla con un dedo —. Serás un ligón.

—Se hace lo que se puede —dijo, unimos a la fiesta. —. Creo que ya están todos.

—Vamos.

—Sí —dijo, agarrándose de su brazo. Entramos al edificio donde había una gran fiesta.

—¡Guau! Hay una orquesta, algunos invitados están bailando y otros sentados en las mesas.

—Esas de ahí son ucranianas.

—No lo sabía. ¿Son las parejas de ellos?

—Mejor dicho, sus putas.

—No seas grosero, no te pega —sonrió.

—Es la verdad. Les pagan bastante para ir con ellos.

—Si ellas lo consienten... La verdad es que son un poco feos, pero el dinero manda.

—Sí, por desgracia o por suerte, así se mueve el mundo.

—¿Cuál será nuestra mesa? ¿O prefieres dar antes un baile? —le digo.

—No sabía que bailabas, aparte de ser aparejadora.

—Hago de todo —dijo, cogiéndome de la mano.

— Venga, no seas tímido. — Entramos en la pista de baile. Pone su brazo por encima de mi hombro y me agarra de la cintura. Empezamos a bailar.

—No bailas mal —me dijo, mirándome a los ojos.

—Tú tampoco.

—Para algo me sirvió hacer un curso de baile —sonrió.

—¿En serio? —solté una carcajada, notando cómo me apretaba más.

—¿Te gustaría ver la suite que nos han asignado?

—Por qué no —le digo. Dejamos de bailar y nos metemos en el ascensor. Las puertas se abren, saca la tarjeta de su chaqueta y la pone en la cerradura de la puerta, que se abre.

—Te vas a quedar impresionada.

—Seguro.

—¿Qué me dices?

—Hasta un jacuzzi nos han instalado.

—Estos rusos piensan en todo lo concerniente al vicio.

—Ya veo. Te digo que va a ser un éxito.

—¿Lo probamos?

—¿El jacuzzi? —sonrió.

—¿Que si no? Se puso de espaldas. Le desabroché el vestido y la observé mientras se desvestía. -Te observo mientras me desvisto. El vestido cayó a sus pies. Solo llevaba un pequeño tanga del mismo color que el vestido. Se giró hacia mí. Vi sus descomunales pechos mientras me desprendía del bóxer. Me acerqué al jacuzzi y, dándole a los grifos, el agua empezó a salir.

—¿Cómo la quieres, llena, semillena y con burbujas?

—Como tú quieras.

—Con burbujas —dijo, desprendiéndose el tanga. Metió primero un pie y después el otro y se sentó. La vi desnuda y me excité.

—Ven, no seas tímido. Quítate el bóxer —dijo, alargando la mano y mirándome con deseo.

—Se está a gusto aquí. De repente se escuchó la puerta y, para sorpresa nuestra, una mujer entró.

—¿Quién eres tú?

—Disculpen, no sabía que estaba ocupado. Soy la del servicio de limpieza, se me olvidó dejar las toallas. Se las dejo aquí y ya me marcho. Le pondré el cartel de no molestar. Nos reímos los dos.

—No pasa nada, se nos olvidó poner el cartel —dije, acercándome a ella y besando sus labios. Me correspondió el beso. Sentí cómo acariciaba mi espalda. Me senté en un borde del jacuzzi y quedó bajo de mí, con mi miembro fuera a la altura de su cara. Se giró, agarró mi pene y empezó a chuparlo desde la base, despacio. Sentí un placer inconmensurable al sentirlo en su boca. Chupó toda mi polla, acarició mis huevos y un gruñido salió de mi boca. Se la introdujo toda hasta la garganta. Sentí mi polla atravesándole la boca. Se movió adelante y atrás, follándome la boca, mientras se acariciaba el clítoris.

—¡Ahh! Sí. Mmm... sí... Estoy unos minutos, me inclino agarrando tu polla y la pongo en la entrada de mi raja, siento como va entrando poco a poco, te agarro de los hombros, empiezo a moverme lentamente. Siento como te follo dentro del agua. Acelero el ritmo, tu polla entra y sale de mi coño. Nos besamos apasionadamente. -¡Ahh! Si. Cambiamos de postura, me agarro al filo del jacuzzi y me pongo a cuatro patas, noto como me penetras por detrás, un fuerte gemido sale de mi boca.

— ¡Sí… así! Entra hasta el fondo… me encanta sentirte tan profundo. Me embistes una y otra vez... ¡Ahhh!. Entre gemidos te digo que te corras, que no aguanto más. El agua del jacuzzi los envuelve otra vez, caliente, casi demasiado, Se miran un momento. No dicen nada. Tampoco hace falta.


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