La Prêta : las vueltas del destino parte seis
Por Pretorius
Enviado el 13/04/2026, clasificado en Amor / Románticos
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El frío de julio golpeaba los vidrios del departamento, pero dentro, Claudio trabajaba con una concentración casi religiosa. Sus manos, ágiles y precisas, daban los últimos toques a un montaje que parecía una obra de arte: una base de verduras frescas, camarones salteados en su punto exacto y láminas de salmón ahumado que brillaban bajo la luz. Era un plato de cinco estrellas, nacido del amor y del esfuerzo de quien no tiene lujos, pero tiene talento, cuando Andrea y Susana entraron, el aroma a mar y especias inundó el aire. Claudio, con una sonrisa cansada pero orgullosa, se limpió las manos en el delantal.
—Feliz cumpleaños adelantado, Andrea —dijo con voz suave—. Acabo de crear un plato único para ti. Se llamará "Ensalada Andrea". Es mi regalo, el símbolo de lo que vamos a construir.
Andrea miró el plato con una mueca que no era de alegría, sino de hastío. Soltó una carcajada seca, cargada de una ironía que cortó el aire más que cualquier cuchillo de cocina.
—¿Una ensalada, Claudio? ¿Ese es tu gran futuro? —Andrea se sacó el anillo de compromiso y lo dejó caer sobre la mesa de madera con un sonido metálico y definitivo—. No aguanto más esto. No aguanto el olor a fritura, no aguanto tus sueños de "pobretón". ¿Acaso eres tan tonto que no viste la maleta que dejé lista en la entrada? Me voy.
Claudio se quedó petrificado. El silencio que siguió fue absoluto. Andrea tomó su equipaje sin mirar atrás, justo cuando el rugido de un motor potente se escuchó afuera. Por la ventana, se vio el Chevrolet Camaro de Juan esperando con las luces encendidas. Andrea subió al auto y desapareció en la tarde dejando atrás meses de sacrificios y una promesa rota por el brillo de un motor usado
Claudio permaneció inmóvil. En su rostro no hubo lágrimas; los años de regaños y humillaciones de Chefs y de gritos en las cocinas calientes, la presión de los pedidos, de cortes, quemaduras, estrés y el rigor del acero lo habían forjado como un hombre duro, firme y de pocas palabras ante el dolor. Pero por dentro, el vacío era inmenso.
Susana, que había presenciado la escena paralizada, fue la primera en romper el hielo. Miró el plato abandonado en la mesa, esa obra maestra que Andrea acababa de pisotear con su desprecio, caminó lentamente, se sentó frente a Claudio y tomó un tenedor.
—Ella no sabe lo que acaba de perder —susurró Susana, mirándolo a los ojos con una ternura que Claudio nunca había visto en Andrea—. Yo sí quiero probarlo.
Susana pinchó un camarón y un trozo de salmón, llevándoselo a la boca con un gusto genuino. Sus ojos se cerraron por un segundo, saboreando no solo la técnica, sino el alma que Claudio había puesto en la preparación.
—Está increíble, Claudio. Es lo mejor que he probado en mi vida —dijo ella con una sonrisa honesta que iluminó la habitación.
En ese momento, la armadura de Claudio se resquebrajó. La sonrisa volvió a su rostro, no de alegría desbordante, sino de una paz profunda. al ver a Susana comer con esa fascinación, entendió que el plato no llevaba el nombre equivocado por accidente; simplemente estaba esperando a la mujer correcta para ser bautizado.
—Ya no se llama "Ensalada Andrea" —dijo Claudio, sentado al frente de ella—. A partir de hoy, este plato tiene otro nombre, Susana sonrió y tomó otro bocado y lo disfruto como ese beso en el vehículo de comidas, ese beso que anhelaba desde qué volvió a Santiago, los ojos de Claudio miraban con una paz y alegría de quien sabe que no perdió si no de quién ganó, Susana lo miró fijamente con el tenedor aún entre los labios, el cocinero se levantó de la silla y le tomó el mentón, Susana se levantó dejó el tenedor y los dos se inclinaron y se besaron dejando la ensalada “ Susana “ bajo ese acto de amor sincero, ahora ella es la que reinará en la vida de Claudio.
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