La tarde
Se apodera de mí la gelatinosa y espesa sombra del pasado. Una soledad fría, de piedra: mi huella solitaria en un desierto sin oasis... Sin ti.
No existe nostalgia de lo que no se ha vivido. ¿Imaginas un bello cielo azul, sin una sola nube, sin el más mínimo trazo del raudo paso de las golondrinas...; sin sonido, sin voz, sin tu voz..., sin nuestras voces?
Así me desperté de una siesta del alma.
Vuelvo a ti, a tu calor, al verbo exacto y luminoso; a la alegría de tus buenos días —la esperanza de tus buenas noches en pijama—, a la calidez de tu beso suave en mis labios expectantes, al conjunto siempre inacabado —interminable— de tus pinturas y retratos, el tacto suave de la oruga en la palma de tu mano, el quelónico paso lento...
¡Desperté..., por fin y busco ansioso tus fotografías y descubrí otra vez que soy lo que soy por lo que tú eres ...y me aferro a mi corazón de alma para esperarte.
Acaso ya lo sabes: en cada punto de tu piel hay un yo que te recorre y suspira como el viento que aspira el aroma exhuberante de tu ser.
¡Ay, amor... cuánto tardas!
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