Póker Negro parte nueve
Por Teulfelsaugen
Enviado el 01/05/2026, clasificado en Intriga / suspense
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Base militar Tel HaShomer mayo de 1997
Detrás del cuartel se realizaba los “ viernes de sangre “ todos esos días se hacían combates cuerpo a cuerpo en kickboxing y jiu jitsu es en la última disciplina donde Bárbara Schaffer siempre predominaba, más en la noche se hacía ruedas combates con cuchillos donde no se dañaban pero la idea era acorralar al adversario como si fuera esgrima olímpica, Bárbara también predominaba en esos combates y es ahí mientras Isolda fumaba un cigarrillo la ve y su energía, velocidad y efectividad le llamó la atención, se acercó a otros agentes y militares que a unos metros observaban los combates, se acercó a un par de agentes al verla quedaron en silencio ¿como van los combates y las apuestas? Preguntó, bueno muchas sorpresas no hay — la cadete Stern va dominando en jiu jitsu ahora comenzará la final— dijo uno de los agentes —si pero ahora a la final va a combatir con un sargento del ejército, no le ganará— en eso se escucha y un golpe fuerte en el suelo arenoso al mirar quedaron impresionado al ver que Abigail Stern había ganado al veterano de armas, los soldados de línea enojados rompieron la boleta de apuestas y los demás cadetes que apostaron a favor de Abigail se alegraron, Isolda impresionada se acercó un poco más para verla, pero los soldados dijeron— bueno viene la rueda de cuchillos y Abigail Stern no podrá ganarles a los de fuerzas especiales— pero aquella noche ella ganó, la agente e instructora isolda quedo más que impresionada, por eso ella la siguió unos días y la estudió bien, su desempeño en el servicio militar y los días en la escuela militar, vio también su espontaneidad su sonrisa con los dientes superiores unos dos milímetros más inclinados hacia adelante de lo común le dio la idea de “ ella es perfecta “ fue la única a quien admitió de forma directa para reclutar en el Mossad para ella era como un cordero que crió desde pequeño por eso al ver que iría al matadero en esta misión ella reclamó.
Concepción a fines de noviembre del 2000
Caleb Tex Montgomery miraba a los periodistas con una sonrisa burlona camino a la cama de dos plazas, tapado con un cubre cama celeste con amarillo y una gran muñeca de trapo de cabellos de lana amarillos y vestido celeste un regalo que Miguel Ángel le hizo a Fernanda, Tex empezó a tocar la cama y tomando la muñeca lo puso entre sus brazos, los ojos negros hundidos en esas ojeras profundas, se clavaron en Miguel Ángel.
—Vaya... el colchón es más blando de lo que parece —murmuró Tex, apretando a la muñeca entre sus manos delgadas —. Dime, Mike... ¿aquí es donde ocurría la magia, donde te la cogías ? ¿Aquí es donde la "genio" se convertía en mujer para ti?
Montgomery comenzó a hacer movimientos rítmicos y obscenos con la pelvis sobre la muñeca, una imitación burda y degradante, mientras soltaba una risotada amarillenta.
—Me pregunto si gritaba fórmulas matemáticas mientras la tenías debajo. O si tal vez... solo tal vez, necesitaba a un hombre de verdad, un vaquero, por ejemplo. Alguien que no se quiebra por un viaje en furgón y un sándwich barato-
Miguel Ángel tiene los nudillos blancos, apretando la tapa de goma de la agenda número nueve, su respiración es corta, errática; el insulto de Tex sobre la cama de Fernanda ha sido como un ácido quemándole la piel, cuando hace el amago de abalanzarse, siente la mano de Andrés: un agarre férreo, frío, en el antebrazo.
Andrés no dice nada. Solo mueve la cabeza lentamente de lado a lado. Sus ojos le comunican el horror que Miguel Ángel, cegado por la ira, no ve: los tres agentes de Langley ya han llevado sus manos a las fundas de sus armas, y Tex... Tex ha dejado de moverse. Se ha quedado quieto en la cama, con una sonrisa depredadora, esperando el primer golpe para dar la orden de "contención".
—Inténtalo, Mike —susurra Tex, con su voz de lija y tabaco—. Dame una razón para enseñarte cómo tratamos a los activos rebeldes en El Paso.
Al ver que la provocación no llega al clímax físico, Montgomery se levanta de la cama de un salto ágil, impropio de su edad, se sacude el traje de lino con desprecio, como si el polvo de la casa de Fernanda fuera contagioso.
—Aburridos. Periodistas al fin y al cabo —dice, haciendo una seña a su equipo—. Tengo asuntos en Santiago que requieren a un hombre de acción, no a dos bibliotecarios con hambre, quédense con sus cuadernos azules, quizás si los juntan todos, logren sumar dos más dos.
Tex sale de la habitación dejando una estela de humo de cigarrillo barato, se escucha el motor de su vehículo de lujo rugir en la calle, alejándose hacia el norte, hacia el poder, dejando a Miguel Ángel y Andrés atrás.
Cuartel de Poseidón, Atlántida,finales de octubre del 2000.
Cuatro tiburones blancos devoraban de apoco y violentamente un gran pez, en los ventanales de la oficina James Monroe no parpadeó. El rojo de la sangre del gran pez se disolvía en el azul eléctrico del océano, creando nubes púrpuras que danzaban ante sus ojos. Para él, aquello no era crueldad, sino geometría orgánica.
—Señor... — insistió el asistente, cuya voz temblaba ligeramente al romper el silencio del observatorio—. El código de la tarjeta negra fue activado en Berlín. La extracción falló. El activo "Virgo" ha vuelto a desaparecer.
Monroe apartó finalmente la vista de los tiburones, su rostro, marcado por las líneas de una ambición que el mundo académico nunca quiso financiar, se tensó, en su mente, Berlín no era una ciudad, sino un tablero donde una pieza acababa de moverse fuera de su control.
—La incompetencia es el único pecado que la evolución no perdona —dijo James, con una voz tan gélida como el agua tras el cristal—. ¿Berlín? Están usando protocolos de la vieja escuela, Langley tienen una de mis tarjetas y van por la tarjeta madre, creen que el ruido de la ciudad los esconderá.
Se dio la vuelta, ignorando los monitores que parpadeaban con alertas rojas, su frustración no se manifestaba en gritos, sino en una precisión aterradora.
— Envíen recolectores. Díganle a Hans que saque la tarjeta madre de su tienda y lo resguarde en distintos lugares de Berlín y muevan a la infantería pesada, si intentan salir de la zona de exclusión, no quiero informes, quiero cenizas. Que entiendan que en este ecosistema, yo soy el que decide quién llega a la orilla.
El asistente asintió frenéticamente y se retiró. Monroe volvió a mirar el tanque, uno de los tiburones golpeó el cristal, buscando más. James apoyó una mano en el vidrio, sintiendo la vibración.
—Pronto —susurró para sí mismo—, el mercado y el mundo entero se retorcerán como ese pez, solo necesito esa ecuación
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