Póker Negro parte once "ciruela intenso "

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La conferencia había terminado con un aplauso tibio, pero los ojos de Bradford O'Ryan solo tenían una dirección: la tercera fila. Su pulso se aceleró cuando vio el asiento vacío. Sarah Taylor (Bárbara) se había esfumado de nuevo, como un fantasma entre las sombras de la academia.

Bradford se despidió de los otros exponentes con una cortesía mecánica, pero su mente estaba en el pasillo, al salir al vestíbulo, la vio, estaba rodeada por tres alumnos de postgrado, jóvenes "lobos" que intentaban impresionarla con jerga técnica y sonrisas ensayadas.

Bárbara, bajo su disfraz de Sarah, detectó la presencia de O'Ryan de inmediato, vio la mandíbula apretada del profesor, el brillo de celos posesivos en sus ojos, él la miraba como un águila que ve a su presa siendo disputada por carroñeros. Bárbara decidió usar ese celo a su favor, fingió una risa nerviosa y aprovechando un segundo de descuido de los alumnos, se escabulló hacia el pasillo lateral que llevaba a los servicios.

—Lo siento, chicos, tengo una urgencia —lanzó por encima del hombro, acelerando el paso.

Bradford no dudó,ignoró a sus colegas y la siguió, sus zapatos de cuero resonando con autoridad sobre el mármol, la interceptó justo antes de que ella entrara al área de los baños, en un recoveco mal iluminado por el que apenas pasaba gente a esa hora. 

Señorita Taylor... Sarah —dijo Bradford, bloqueando el paso con una mezcla de protección y amenaza—. Parece que esos muchachos no entienden el concepto de espacio personal, aquí fuera es un caos. venga conmigo, tengo unos documentos sobre la teoría de mercados que mencionó cuando intervino en mi exposición, estaremos más... tranquilos—

Bárbara bajó la mirada, fingiendo timidez, pero por dentro estaba activando cada protocolo de interrogatorio.

—No quisiera interrumpirlo en su trabajo, profesor—

 

—Usted podría llegar a ser mi mejor alumna, Sarah, nunca es una interrupción—

Caminaron en silencio hacia el ala antigua de la facultad, el despacho de O'Ryan era un santuario de madera de roble, libros encuadernados en cuero y el aroma pesado de una pipa vieja, él cerró la puerta con un clic metálico que resonó como una sentencia. Bradford se sirvió un whisky de una licorera de cristal y le ofreció uno a ella, que Bárbara rechazó con una sonrisa educada.

—Dígame, Sarah... ¿por qué desaparece siempre de esa forma? —preguntó él, sentándose en el borde de su escritorio, demasiado cerca—. A veces pienso que no es una estudiante de intercambio, sino alguien que busca algo muy específico en mi facultad—

Bárbara se acercó a la estantería, deslizando sus dedos por los lomos de los libros, su mirada se detuvo en un volumen sobre Sistemas de Encriptación Avanzada.

—Todos buscamos algo, profesor —respondió ella, girándose lentamente, el aire en el despacho se volvió denso—. Algunos buscan conocimiento, otros, como usted, buscan el rastro de la Séptima Ecuación que Fernanda Gundersen dejó en los servidores de esta universidad antes de...morir—

La mano de Bradford, que sostenía el vaso de whisky, se congeló a mitad de camino, La fachada de Sarah Taylor empezaba a resquebrajarse para dejar ver el acero de Bárbara Schaffer.

—¿Quién es usted realmente? —susurró O'Ryan, dejando el vaso sobre la mesa, su tono pasando del deseo al miedo puro.

—soy una chica con gran coeficiente intelectual que como muchos estudiantes de economía busca el santo Grial, encontrar la solución de la ecuación número nueve — Bradford se acerca y se para detrás de ella, Bárbara dejó el libro de Benjamin Graham sobre la mesa ratona, permitiendo que Bradford le quitara el abrigo. Bajo la lana pesada, su figura —moldeada por años de entrenamiento militar, jiujitsu y KravMaga, sus glúteos redondos y los pechos que se marcaban sobre el jersey cuello de tortuga — se reveló con una elegancia que dejó a O'Ryan sin aliento. Para él, era el trofeo máximo; para ella, era simplemente el momento de preparar la trampa.

—Me gusta que seas ambiciosa Sarah... el riesgo y la audacia es la clave del éxito en cualquier inversión —murmuró Bradford, sacando la cruz de oro y dejándolo colgando en el jersey con la mano que temblaba levemente, Bárbara se acercó al espejo de marco dorado que colgaba en la pared del fondo. El reflejo le devolvió una imagen de determinación absoluta, se aplicó primero un labial color ciruela intenso, una máscara de feminidad que acentuaba la curva de sus labios y atraía la mirada de Bradford como un imán, con dedos firmes, tomó el tubo del labial transparente, sus ojos se entrecierran al mirar el aplicador, conocía la toxicidad de la sustancia: era un derivado neurotóxico desarrollado en los laboratorios más oscuros del Mossad, si una sola gota pasaba a su propia garganta, el paro cardiorrespiratorio sería inmediato, con una precisión milimétrica, trazó el arco de cupido y recorrió todo el contorno de sus labios, el brillo era sutil, casi imperceptible sobre el color ciruela, pero mortal, Bárbara guardó el labial en su bolso y se giró. Bradford ya estaba a pocos centímetros de ella, con el vaso de whisky olvidado en la mesa. El profesor estiró la mano para acariciar el rostro de la alumna, sintiéndose el dueño de la situación.

—Estás hermosa... —susurró él, acortando la distancia—. Bárbara sintió una punzada cuando O'Ryan empezó a recorrer los pechos con  sus manos,  solamente David Yizhak su segundo novio la habia tocado de forma muy íntima —Olvidemos de la economía, ahora solo estamos tú y yo—

Bárbara sonrió, una sonrisa que no llegó a formarse completamente, pero que Bradford interpretó como una invitación. Ella sabía que tenía exactamente ciento cincuenta segundos después del contacto ddl labial para extraer la información antes de que él perdiera la conciencia por completo.

—Entonces, profesor... Demuéstrame qué tan importante es el secreto que guarda en este despacho —dijo ella, con voz aterciopelada rodeándole el cuello con los brazos y atrayéndolo hacia ella,  el beso que sellaría el destino de O'Ryan, cuando los labios se tocaron ella empezaba contar mentalmente cuando el tercer segundo llega a su fin, Bárbara rompe el contacto con una precisión mecánica, caminó hacia el sillón de tres cuerpos moviendo las caderas, el  profesor, con el sistema nervioso ya empezando a chisporrotear, intenta avanzar, pero sus piernas son de trapo, el mareo lo golpea como una ola; el techo del despacho empieza a girar y la biblioteca parece derretirse ante sus ojos.

Bárbara lo sostiene con firmeza antes de que su cráneo impacte contra el suelo y lo deposita con suavidad en el sillón de cuero. Bradford jadeaba, tratando de enfocar la vista, pero solo ve una silueta que se aleja y se despoja de la máscara de sumisión.

—¿Qué... qué me hiciste, Sarah? —balbucea, con la lengua pesada.

Bárbara no responde de inmediato, se limpia los labios con la corbata azul del profesor y se sirve el whisky que él dejó a medias, hace girar los hielos contra el cristal con un sonido rítmico y se sienta frente a él, cruzando las piernas con una seguridad depredadora, cuando habla, la voz dulce y tímida de la estudiante de intercambio ha muerto, lo que emerge es la voz de Bárbara Schaffer: fría, cortante, con el peso de la autoridad militar.

 


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