Las cinco de la mañana. Parte final
Por Pecado de Seda
Enviado el 12/04/2026, clasificado en Amor / Románticos
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Su mano subió lentamente por mi muslo, rozando la tela del vestido, sin prisa, como si tuviéramos toda la noche. Y la teníamos. Su mano seguía recorriendo mi muslo despacio, sin apresurarse, como saboreando cada centímetro. Me besó de nuevo, más profundo esta vez, y cuando se separó me miró fijamente con esos ojos marrones oscurecidos por algo que ya no era solo deseo contenido. —¿Sabes lo que me estás haciendo? —murmuró contra mi oído, su voz grave bajando otro tono—. Llevas toda la noche volviéndome loco. Sentí un escalofrío que no tenía nada que ver con el frío. —Cuéntame —susurré. Soltó una pequeña carcajada baja, casi para sí mismo. —Desde que te vi en la pista no he podido pensar en otra cosa que en tenerte así. —Su mano apretó levemente mi muslo—. Cerca. Solo para mí. Me besó el cuello, despacio, y noté sus dientes rozando suavemente la piel. —Martin... —Dime —respondió sin separarse. —Aquí no hay nadie mirándonos —dije en voz baja. Levantó la cabeza y me miró un segundo, evaluando. Luego echó un vistazo discreto alrededor. La pareja del fondo seguía en su mundo. La penumbra roja nos envolvía como una cápsula. Volvió sus ojos a los míos. —No —dijo despacio—. No hay nadie. Me recosté en el sofá atrayéndolo hacia mí y él no necesitó más invitación. Se colocó sobre mí apoyándose en un brazo, su cuerpo cálido y pesado de la manera exacta en que necesitaba sentirlo. Con la mano libre recorrió mi figura de arriba abajo, desde el costado hasta la cadera, y tiró levemente de mi vestido hacia arriba. —Eres preciosa —murmuró mirándome—. ¿Lo sabes? .
Sus dedos encontraron el borde de mi ropa interior y se detuvieron ahí, esperando. —Sí —dije, y era la única respuesta posible. Sus dedos se movieron despacio y un suspiro se me escapó sin control. Me tapé la boca con la mano instintivamente y él negó levemente con la cabeza. —No —dijo bajito, con una sonrisa que era casi una orden—. Quiero escucharte. Lo que vino después ocurrió entre susurros y respiraciones aceleradas, sus manos y su boca aprendiéndome con una paciencia deliciosa y desesperante a la vez. Cuando por fin lo tuve dentro cerré los ojos y arqueé la espalda sin poder evitarlo. Se movió despacio al principio, su boca pegada a mi oído.
—Dime que lo quieres —susurró. —Lo quiero —respondí sin dudarlo. —¿Cómo? —Más —jadié—. Más fuerte. Y él cumplió. La música de la discoteca llegaba amortiguada, ajena a todo lo que estaba pasando en ese rincón oscuro. Yo aferré su camisa con los dedos mientras él me llevaba a un ritmo que iba creciendo, sus labios alternando entre los míos y mi cuello, susurrando mi nombre mezclado con palabras que me hacían arder más que sus manos. —Anna... —gruñó contra mi piel—. No sabes lo bien que me haces sentir. Llegué al límite mordiéndome el labio para no gritar, con los dedos hundidos en su espalda atlética y el cuerpo temblando. Él siguió unos segundos más hasta que también se perdió, con la frente apoyada en la mía y un sonido grave escapándose de su garganta.
Nos quedamos quietos un momento, respirando juntos en la penumbra roja del reservado. Luego él levantó la cabeza, me miró con esos ojos oscuros detrás de las gafas que había vuelto a ponerse sin que yo me diera cuenta, y sonrió de verdad por primera vez en toda la noche. —Ha sido el mejor domingo en mucho tiempo —dijo. Yo me reí bajito, acomodándome el vestido. —Y que lo digas. Me miré el reloj de pulsera. Las cinco de la mañana. El tiempo había pasado sin que nos diéramos cuenta, como siempre pasa cuando estás en el lugar exacto donde quieres estar. —Sea mejor que nos marchemos —dije, estirándome levemente mientras recuperaba el bolso del sofá. Martin se abrochó el último botón de la camisa gris, se colocó las gafas y me miró con esa calma suya que ya empezaba a conocer. —Te acompaño a tu casa —dijo. No fue una pregunta. Sonreí sin responder y le tendí la mano. Salimos del reservado de vuelta al mundo. La discoteca estaba vaciándose ya, quedaban pocos rezagados en la pista, las luces habían subido un poco de intensidad y el ambiente tenía ese aire cansado y feliz del final de la noche. Marcos y Valeria ya no estaban por ningún lado. Solo nosotros dos, caminando entre los últimos supervivientes hacia la salida. La puerta se abrió y la noche nos recibió distinta a como la habíamos dejado. Más fresca, más quieta. El cielo empezaba a perder su negro profundo, insinuando un azul oscuro en el horizonte que anunciaba el amanecer sin prisa. Martin se quitó la chaqueta que llevaba en la mano y me la puso sobre los hombros sin decir nada. Caminamos juntos por la calle casi vacía, su mano entrelazada con la mía, los tacones de mis zapatos resonando en el silencio. —¿Lejos? —preguntó. —Diez minutos andando —dije. —Bien —respondió, y apretó mi mano un poco mas .
Llegamos al portal en silencio, de ese silencio cómodo que no necesita llenarse con palabras. Me detuve delante de la puerta y me giré hacia él. Nos miramos un momento bajo la luz tenue de la calle. El amanecer ya se colaba por encima de los tejados, tiñendo el cielo de un naranja suave y frío. Martin me devolvió una mirada tranquila, sin prisa, sin exigir nada. Le devolví su chaqueta despacio. —Gracias por acompañarme —dije. —El placer ha sido mío —respondió, y en su voz había algo que iba mucho más allá de la cortesía. Se inclinó y me besó despacio, un beso largo y suave que sabía a gin-tonic y a noche entera. Cuando nos separamos los dos nos quedamos un segundo con los ojos cerrados, como queriendo retener algo. —Anna —dijo en voz baja. —Dime. Sacó el teléfono del bolsillo y me lo tendió con una sonrisa. Tecleé mi número sin hacerme de rogar. Me guiñó un ojo al guardarlo, se dio la vuelta y echó a andar calle abajo con las manos en los bolsillos, sin mirar atrás. Pero a mitad de la calle levantó una mano a modo de despedida, como si supiera que yo seguía mirando. Y tenía razón. Entré en el portal sonriendo, con el pelo revuelto y el corazón todavía acelerado. El mejor domingo en mucho tiempo, había dicho él. Yo no podría haberlo expresado mejor.
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