Balcones

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Anna estaba regando las macetas de su balcón cuando escuchó una voz.

—Hola, vecina.

Se giró. Era Fran, el vecino de al lado.

—Regando las plantas —dijo él.

—Hace buen día —dijo Fran.

—Ya empieza a hacer calor —respondió Anna.

—Hoy dicen que subirán las temperaturas. Una ola de calor.

—Empezamos fuerte, solo llevamos una semana de verano —dijo Anna.

—Yo me voy a dar una ducha, a ver si me refresco. Con este sudor se pega en la piel.

—Sí, vecino, voy a terminar de regar las plantas un poco más.

Terminó de regar y se sentó en una silla a leer un libro, el sol ya calentaba.

Fran, cuando terminó de ducharse, salió y vio que se había dejado la puerta del balcón abierta. Salió a cerrarla desnudo.

Anna estaba tan embelesada en la lectura que no se dio cuenta de que el vecino estaba en el balcón completamente desnudo. Cuando levantó la vista y le vio, Fran se dio cuenta de que ella le había visto y disimuló como si nada.

A Anna se le escapó una sonrisa, pero no giró la cara.

 Fran Sentía cierto morbo de que ella lo mirara, seguía haciéndose el distraído.

Anna no se pudo contener.

—Vecino, se le ha olvidado ponerse ropa interior.

—Te veo mirándome —respondió Fran—, nerviosa, mientras disimulas leyendo un libro.

—Me parece que no me ha escuchado —dijo Anna.

Fran se paseó por el salón con las puertas del balcón abiertas de par en par.

El sol pegaba fuerte, Anna se echó un poco de bronceador en los brazos.

Fran se puso de espaldas a ella, de cara a la cómoda, como si buscara algo.

Anna no apartó la vista de su apretado culo. Verle así la puso cachonda y, con disimulo, metió la mano por debajo de la falda, tocándose por encima de las braguitas, mientras seguía disimulando que leía.

Fran la vio a través del espejo cómo se tocaba con disimulo e hizo lo mismo sin que ella le viera.

Un pequeño gemido salió de la boca de Anna. Sus braguitas se habían humedecido, pensando que eran los dedos de él.

Fran podía verla completamente mientras se acariciaba, sin dejar de masturbarse viéndola tan excitada.

Anna se lamió el labio inferior. Imaginó cómo sabría chupar su polla, eso la excitó aún más, y se introdujo el dedo.

Fran podía verla ahora meterse el dedo mientras la contemplaba a través del espejo. Con qué ansia se masturbaba ella, y él observándola.

Anna se masajeó el clítoris, era como sentir que era su capullo dándole golpecitos. Se movía adelante y atrás, el placer era cada vez más intenso.

 Fran Sintió un enorme placer recorrer su cuerpo. Se le erizó la piel de verla.

Anna se metió el dedo lo más profundo que pudo, ya no ocultaba sus gemidos.

—¡Aahhh!.

Fran, sin poder aguantar más, eyaculó con un fuerte gemido de placer.

Anna imaginó que se corría dentro de ella sin esperarlo y llegó el tan ansiado orgasmo. Sacó el dedo y se lo puso en la boca, chupándolo con ganas. Una sonrisa pícara salió de su boca.

—Hasta luego, vecino —dijo, y se metió dentro.


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