EL CÍRCULO DE LAS SORPRESAS -tres-

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(Continuación)

(tres)

Entre ellas (bis)

 

… pudiéramos elegir a una “afortunada” que podría contemplar el juego: una de nosotras, sería una espectadora y conocería los secretos de nuestra sesión separada; sabría con quién había gozado cada una, sus fantasías secretas puestas en práctica: sola o dando placer a otra. Pero estaría obligada a contarnos los detalles en otra sesión posterior.

Pili aplaudió ruidosamente dando saltos, mientras gritaba: yo quiero que me lo coman y me follen después, soy multiorgásmica. Pero, con más sagacidad, Juana pidió una aclaración: «tú escondes algo, Mía: dijiste “doble”». Mía no la dejó casi terminar y apretando los puños dijo: «Un voyeur». Las cinco nos miramos atónitas. «¿Uno de los chicos?», preguntó Cati con los ojos como platos. «No…, esto es un extra, que pedí sin que ellos lo supieran; debe ser un secreto para ellos…, ¿de acuerdo?». Cati se negó: quería ver a nuestro invitado sorpresa, pero Mía afirmó que ese era precisamente el encanto más excitante, pero que si alguna no quería, podía descolgarse. El voyeur, aclaró, tenía prohibido tocar a ninguna de nosotras, y tampoco ninguna de nosotras podía tener contacto con él…. Nuestra liberada sería la encargada de vigilar el cumplimiento estricto de las reglas del juego. Tras unos segundos y cruce de miradas en complicidad, todas estuvimos conformes.

El anuncio había hecho aumentar muchos decibelios la tensión sexual. Todas debíamos decir un nombre y la que obtuviera más votos sería la afortunada…; y esa fui yo. Una vez sentadas todas en el banco, fui colocando la venda en los ojos de las chicas y las hice levantarse, dar una vuelta y volver a sentarse al azar Pude ver la excitación de todas por sus pezones puntiagudos y las aréolas bien abultadas.

Luego, tal y como había indicado Mía, me acerqué a la puerta y la entreabrí. Allí se encontraba nuestro invitado especial, que ya esperaba frente a ella, y le franqueé la entrada. Se trataba de un hombre de facciones orientales, vestido con un batín negro de aspecto sedoso con estampados de dragones voladores rojos, sujeto con un cinturón ancho con fosforescentes cabezas verdes de mantis religiosas. Mi pulso se aceleró al pensar que únicamente yo podría gozar visualmente del espectáculo junto con aquel atractivo desconocido.

El hombre, joven, delgado, de barbilla y pómulos hundidos, ojos negros penetrantes y labios delgados y expansivos cruzó una mirada firme pero cálida conmigo. Dejó que la suave tela descendiera desde sus hombros a los pies, recogió la prenda con gran delicadeza, como ejecutando un paso de danza casi etéreo. Su sexo, un buen pene cuyo prepucio cubría casi todo el glande grueso, junto a sus testículos, perfectamente esféricos, tan depilados como todo el pubis despertaron en mi un ansia punzante. Chorros de saliva regaron mi lengua desde mis glándulas bucales y tragué sonoramente; sin embargo, yo conocía las reglas del juego al igual que él.

Todo esto había sucedido en unos pocos segundos, aunque yo había experimentado un largo ciclo de tiempo expandido que nada tenía que ver con el cómputo del tiempo habitual. Dándome la vuelta caminé con pasos calculadamente lentos hasta el banco donde estaban mis compañeras y me senté junto a Juana, con sus pequeñas tetitas de pezones oscuritos. Eché también un ojo a todas las demás. Observé que Magdalena había encontrado una pierna a su lado, la de Cati, que estaba acariciando. Ésta, a su vez, buscó hasta encontrar la cintura de Magdalena y la abrazó. Un calor sexual interior me hizo subir el calor a las mejillas; mis pezones se pusieron erectos y mi coño comenzó a rezumar flujo cálido bajando desde mi vagina.

Me puse a hacer comparaciones entre las diferentes tetas, vellos púbicos y formas de las vulvas de cada una de mis compañeras. Dejé de resistirme y pegué mi cuerpo al de Juana, besé primero sus mejillas y luego le acaricié los labios, los besé a la vez que apresé y empecé a magrear sus pequeñas mamellas tan pezonzudas. Ella jadeó sobresaltada, pero al momento encontró mis rodillas, las acarició e ipso facto buscó mi entrepierna. Sus dedos caracolearon entre mi vello púbico y los dirigió certeramente a la entrada húmeda de mi chocho. Los dedos estaban fríos, seguramente por la emoción, pero yo me dejé hacer. Juana entreabrió los labios exteriores y fueron hundiéndose entre los otros penetrando en mi encendido canal humedecido. Me relajé y me dispuse a dejar que Juana me proporcionase el placer secreto que yo deseaba, mientras echaba un ojo a nuestro misterioso voyeur.

Nuestro invitado estaba sentado en el suelo y observaba la panorámica. Sus ojos rasgados se cruzaron con los míos de nuevo y recorrieron mi cuerpo muy despacio, como deleitándose. Su mirada pareció fijarse en cada milímetro de mis pechos, bajó por el vientre y se posaron en la manipulación de Juana en mi coñito caliente. Yo me puse tan cachonda que no dejaba de jadear a cada introducción de los dedos de Juana en mi conducto ya dilatado y expectante. Saber que era observada con tanto detenimiento hizo que abandonará todo pudor ante el extraño. Abrí los muslos para dejar completamente visible mi coño manipulado por los dedos de Juana e imaginando que también él, con aquella impresionante polla tiesa, estaba recorriendo mis tetas, apretando mis pezones, acariciando mi culo, besando mi boca con pasión y que sus dedos transgresores palparan la entrada estriada de mi ojete. Mi coño iba vertiendo flujo constantemente y con aquellas fantasías me sentía cerca del clímax.

Giré la cabeza hacia el otro lado: Mía se acariciaba las tetas auto excitándose. Magda besaba los pezones de Cati, que jugaba con el caramelito rosado de ella. Magdalena se tumbó en el banco, Cati se acercó a ella y se puso en posición del 69. Magdalena le abrió la flor de colgantes capullos labiales y le folleteó el agujero, mientras Cati se entregaba a un sabroso cunnilingus.

El ardor colectivo estaba alcanzando el punto del orgasmo orgiástico.

(Continuará)


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