EL CÍRCULO DE LAS SORPRESAS -tres-
Por Eunoia
Enviado el 20/04/2026, clasificado en Adultos / eróticos
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EL CÍRCULO DE LAS SORPRESAS
—tres—
(Continuación)
Entre ellas (bis)
… pudiéramos elegir a una “afortunada” que podría contemplar el juego: una de nosotras, sería una expectadora y conocería los secretos de nuestra sesión separada; sabría con quién había gozado cada una, sus fantasías secretas puestas en práctica: sola o dando placer a otra. Pero estaría obligada a contarnos los detalles en otra sesión posterior.
Pili prorrumpió en risotadas: «¡Ahí, lo veis…; ahí es donde viene lo de amarrarnos a la cama con los ojos vendados y que nos lo hagan las demás, como yo decía! Me imaginé la idea y sólo con eso ya notaba cómo se resbalaba el flujo por mi vagina.
Magda aplaudió ruidosamente dando saltos, mientras insistía y gritaba: yo quiero ser la primera: que me lo comáis y que me folleis por los dos sitios: soy polimultiorgásmica.
Con más sagacidad, Cati afirmó mirando a Pili: «No, guarrita cachonda; no es eso.» Se volvió hacia Juana y añadió: «Tú escondes algo más especial. Dijiste “doble”.» Juana sonrió ladinamente y entornando los ojos marrones y chispeantes aclaró: «Un voyeur».
El silencio fue monumental. Las cinco nos miramos atónitas. «¿Uno de los chicos?», preguntó Cati con los ojos como platos. «No…, ya os dije: esto es un… “extra”, que pedí sin que ellos lo supieran; quedará entre nosotras. Debe ser un secreto para ellos…, ¿de acuerdo?».
Magdalena en principio se negó: quería antes ver a nuestro invitado sorpresa, pero Juana afirmó que ese era precisamente el encanto más excitante. Claro que si alguna no quería, podía descolgarse manteniendo el secreto. Además, añadió que había una condición que el voyeur habría de cumplir: ver en silencio; tenía prohibido todo contacto físico con cualquiera de nosotras; y tampoco ninguna de nosotras podía tener contacto con él…. Únicamente nuestra liberada, que participaría activamente en el juego sexual, sería la encargada de vigilar el cumplimiento estricto de las reglas.
El anuncio había hecho aumentar al máximo los decibelios la tensión sexual. Tras unos segundos y el cruce de miradas en complicidad, todas estuvimos conformes con disfrutar del exhibicionismo anónimo y las reglas del juego que propuso Juana. Y así procedimos a la elección de la única de nosotras que vería el desarrollo del juego y a nuestro invitado. La votación sería de manera que cada cual debía proponer una candidata: aquella que obtuviera más votos sería la afortunada; y esa… fui yo.
Juana misma fue colocando la venda en los ojos de las chicas. Yo cubrí la banda de Juana y comprobé que estuvieran todas suficientemente ajustadas para evitar que pudieran ver. Luego las ayudé a levantarse y las fui colocando revueltas, las hice dar tres vueltas por la sala y las conduje nuevamente al banco semicircular. Pude observar el abultamiento de las aréolas de los pezones y sus botoncitos puntiagudos a causa de la excitación sexual de todas ellas, la respiración agitada y en Mía un nerviosismo que le hacía temblequear las piernas y transpirar visiblemente.
Luego, tal y como había indicado Juana, me acerqué a la puerta y la dejé ligeramente entreabierta para que nuestro invitado especial pudiera entrar en la sala. La espera era tensa y el silencio total.
A los pocos minutos la puerta se abrió y el nuevo participante hizo aparición. Se trataba de un hombre de facciones orientales, vestido con un batín negro de aspecto sedoso con estampados de dragones voladores rojos, sujeto con un cinturón ancho con fosforescentes cabezas verdes de mantis religiosas. Mi pulso se aceleró al pensar que únicamente yo podría gozar visualmente en secreto del espectáculo, junto con aquel atractivo desconocido… y me puse a anticipar ocultas estrategias.
El hombre, joven, delgado, de barbilla y pómulos hundidos, ojos negros penetrantes y labios delgados y expansivos cruzó una mirada firme pero cálida conmigo. Dejó que la suave tela descendiera desde sus hombros a los pies, recogió la prenda con gran delicadeza, como ejecutando un paso de danza casi etéreo. Su sexo, un buen pene cuyo prepucio cubría casi todo el glande grueso, junto a sus testículos perfectamente esféricos, tan depilados como todo el pubis, confirmaron en mí artes dormidas. Chorros de saliva regaron mi lengua desde mis glándulas bucales y tragué sonoramente. Nuestras miradas confluyeron, sin embargo, yo conocía la barrera de las reglas del juego al igual que él.
Todo esto había sucedido en unos pocos segundos, aunque yo había experimentado un largo ciclo de tiempo expandido que nada tenía que ver con el cómputo del tiempo habitual. Dejé al hombre inmóvil, recorriendo una a una a mis hermanas de travesuras y dándome la vuelta caminé con pasos calculadamente lentos hasta el banco. Allí me senté junto a Juana. Tenía unas apetecibles tetitas pequeñas, de pezones oscuritos, muy similares a las de Cati.
Examiné una a una a todas las demás. Observé que Magdalena había encontrado una pierna a su lado, la de Cati, que estaba acariciando. Ésta, a su vez, buscó hasta encontrar la amplia cintura de Magdalena y la abrazó. Un brasa sexual interior me hizo subir el calor a las mejillas; mis pezones se pusieron erectos y mi coño comenzó a rezumar flujo cálido bajando desde mi vagina.
Me puse a hacer comparaciones entre las diferentes tetas, vellos púbicos y formas de las vulvas de cada una de mis compañeras. Arrastrada por la concupiscencia, Dejé abracé mi cuerpo al de Juana, besé primero sus mejillas y luego le acaricié los labios, los besé a la vez que apresé y empecé a magrear sus pequeñas mamellas tan pezonzudas. Ella jadeó sobresaltada, un instante después sus dedos encontraron mis rodillas, las acarició e ipso facto subió hasta la musgosa entrada de mi sexo. Sus dedos caracolearon entre el vello púbico y se dirigieron certeramente a la entrada húmeda de mi chocho. Los dedos estaban fríos, seguramente por la emoción, pero yo dejé que me inspeccionara. Juana entreabrió los labios exteriores y los dedos fueron hundiéndose entre los interiores, penetrando en mi encendido canal humedecido. Me relajé y me dispuse a dejar que Juana me proporcionase el placer secreto que yo deseaba, mientras echaba un ojo a nuestro misterioso voyeur.
Nuestro invitado estaba sentado en el suelo y observaba atentamente la panorámica. Sus ojos rasgados se cruzaron con los míos de nuevo y recorrieron mi cuerpo muy despacio, como deleitándose. Su mirada pareció fijarse en cada milímetro de mis pechos, bajó por el vientre y se posaron en la manipulación de Juana en mi coñito caliente.
Yo me puse tan cachonda que no dejaba de jadear a cada introducción de los dedos de Juana en mi conducto ya dilatado y expectante. Saber que era observada con tanto detenimiento hizo que abandonará todo pudor ante el extraño. Abrí completamente los muslos para que él pudiera tener un primer plano de mi coño, manipulado por los dedos de Juana e imaginando que también él, con aquella impresionante polla ya totalmente tiesa, estaba recorriendo mis tetas, apretando mis pezones, acariciando mi culo, besando mi boca con pasión y que sus dedos transgresores estuvieran palpando la entrada estriada de mi ojete. Mi coño iba vertiendo flujo constantemente y sólo con aquellas fantasías me sentía ya cerca del clímax.
(Continuará)
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