EL CÍRCULO DE LAS SORPRESAS -cuatro-

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(Entre ellas. Continuación)

(cuatro)

 

Miré al hombre, que se había levantado. Mostraba una erección descomunal: su verga parecía el mástil de una bandera, paralelo a su vientre plano. Estaba frente a Mía como hipnotizado frente a sus muslos abiertos, con la vista fija en la autoestimulación de su almejita abierta y mojada. Ella, con movimientos circulares se acariciaba los labios vaginales, introducía los dedos en el interior de su vagina y los llevaba pringosos de flujo al capullito para excitarlo. Él comenzó a manipular la polla en un ángulo recto. Naturalmente, las reglas no decían nada de lo que podía hacer consigo mismo. Eso me puso mucho más cachonda: sólo yo podía verlo y excitarme con la visión. Me hubiera gustado deleitarme con aquel falo viril dentro de mi boca. Ahora irónicamente yo me había convertido en su arrebatado voyeur.

En ese momento, él pareció leer telepáticamente mis pensamientos y dirigió hacia mí sus lánguidos ojos orientales, que sin embargo lucían una chispa encendida. Le sonreí y le indiqué con un gesto que se acercase adonde yo estaba con Juana, cuyos dedos habían entrado hasta el fondo de mi vagina. Primero introdujo dos y yo me estremecí, y al fin, justo cuando el hombre llegó, los cuatro giraban y hurgaban en mi coño, provocando mis gemidos. Yo volví a disfrutar de sus pequeñas tetas, pellizcando y chupando alternativamente los pezones gruesos y abombados. Bajo la atenta mirada de mi voyeur, Juana seguía follándome, pero yo estaba tan caliente y cerca de mi orgasmo que saqué sus dedos y me aboqué a su coño.

Tenía su pronunciado clítoris salido, duro e hinchado. Olía a su flujo vaginal: ahora le tocaba a ella disfrutar del sexo oral, que minutos antes prodigó a los chicos. El flujo se escurría de mi chumino cuando me di la vuelta. La idea de que el oriental viese mi conejito, lleno de flujo al arrodillarme frente al chocho de Juana hizo que una nueva catarata de néctar vaginal resbalará por mis dilatadas paredes. Apresé el erecto capullito y lo lamí intensamente, como si fuera un glande masculino. Imaginé la sensación del capullo de mayor calibre del chico entre mi paladar y la lengua. Besé la boquita de entrada al coño de Juana y, a continuación, invadí con mi lengua ensalivada su vagina, que tenía el sabor de los chorros de su fluido vaginal. Proporcioné al untuoso coñito una secuencia de lametones entre los labios, sorbiendo el capullito clitorideo. Juana arrancó unos contenidos gemidos y sus piernas se agitaron de placer. 

Levanté la vista. Él estaba a nuestro lado, manipulaba su falo asombrosamente despacio. Esa visión me causó una gana loca de aprovechar la ocasión con impunidad. Le hice un gesto y él se acercó hasta casi tocarnos. Coloqué verticalmente mi dedo índice en los labios pidiéndole silencio absoluto. Vulnerando la advertencia de Mía, cogí la polla y se la pajeé: estaba caliente y dura, algo mojada en la punta del glande. Sin poder contenerme, decidí infringir las reglas completamente. Besé los chorreantes labios de la almejita ansiosa de Juana sin dejar de frotar la polla y le señalé aquel chocho húmedo a nuestra cómplice y disposición e hice un movimiento transversal con mi lengua, invitándole a sustituirme secretamente en el cunnilingus. Asintió con un leve movimiento. 

Cuando se agachó yo me coloqué por detrás de él y volví a aferrarme a aquella potente tranca tan caliente. La boca del chico ocupó mi lugar y vi cómo, sin tocar a Juana para nada, besaba el sabroso conejito cubierto de flujo y mi saliva. Suavemente le chupó el clítoris, mientras yo comencé a masturbarle rítmicamente hasta que ella estalló en un orgasmo que hizo que se corriera salvajemente. Estimulado por los gemidos y convulsiones de Juana, la polla del hombre comenzó a soltar leche. Como me percaté de que no podía quedar ni un rastro de nuestra deslealtad; por tanto, lo aparté cortésmente del coñito de Juana y metí su falo espasmódico en mi boca para chupar y tragarme el producto de su intensa corrida.

Juana se agitó, al perder el punto cercano al clímax en que se encontraba. Sin dejar de succionar los últimos manguerazos de semen, introduje mis dedos en el chocho e inicié una follada frenética en Juana. El pene se ablandó y lo saqué de mi boca, relamiendo las últimas gotas de esperma. Follé con tres dedos el agujero de Juana, que movía las piernas con cada sensación al ser penetrada. El hombre se sentó junto a mí y participó de la escena sin perder detalle. Me hundí de nuevo en el chocho y succioné el capullito mojado y brillante hasta que Juana lanzó un gritito y se corrió frotando su vulva contra mi boca. Fui chupando toda la vulva hasta que cesaron los espasmos y Juana se relajó.

Yo sentía las ascuas en mi sexo. El oriental había asistido al orgasmo de Juana con ojos impávidos. Dejé a Juana reposando y caminé hasta donde estaban Cati y Magda, quienes continuaban su orgía particular, ajenas a lo que había sucedido entre Juana, nuestro acompañante silencioso y yo.

(Continuará)


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