EL CÍRCULO DE LAS SORPRESAS -cuatro-

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   EL CÍRCULO DE LAS SORPRESAS

                       —cuatro—



(Entre ellas. Continuación)



Yo estaba disfrutando al ver cómo los dedos de Juana follaban mi chocho ante la mirada atenta pero fría de los ojos espías del desconocido. Suspiré de placer y giré la cabeza de un lado a otro, descubriendo los juegos de mis compañeras:

Mía se acariciaba las tetas autoestimulándose; Magda besaba los hermosos y sabrosos pezones de Cati, que inclinada su cabeza hacia su vientre, jugaba con el caramelito rosado de ella. En ese instante, Magdalena se tumbó horizontalmente sobre el banco. Cati se dio la vuelta y se puso encima de ella, en posición del 69. Magdalena le abrió la flor de colgantes capullos labiales y le folleteó el agujero, mientras Cati se entregaba a un sabroso cunnilingus.

Aquello desató completamente mi ansiedad. El ardor colectivo estaba alcanzando el punto del orgasmo orgiástico.

Miré al hombre, que se había levantado. Mostraba una erección descomunal: su verga parecía el mástil de una bandera, paralelo a su vientre plano. Estaba frente a Mía como hipnotizado frente a sus muslos abiertos, con la vista fija en el automasaje que estaba proporcionando a su almejita abierta y mojada. Ella, con movimientos circulares se acariciaba los labios vaginales, introducía los dedos en el interior de su vagina y los llevaba pringosos de flujo al capullito para excitarlo. Él llevó su mano a su miembro y comenzó a manipular la polla en un ángulo recto. Naturalmente, las reglas no decían nada de lo que podía hacer consigo mismo. Al pensar en ello me puse mucho más cachonda: sólo yo podía verlo y excitarme con la visión. Podía deleitarme con la visión de aquel falo viril…, pero lo codiciaba dentro de mi boca. Ahora irónicamente yo me había convertido en su arrebatada voyeur.

En ese momento, él pareció leer telepáticamente mis pensamientos y dirigió hacia mí sus lánguidos ojos orientales, que sin embargo lucían una chispa encendida. Le sonreí y le indiqué con un gesto que se acercase adonde yo estaba con Juana, cuyos dedos habían entrado hasta el fondo de mi vagina. Introdujo primeramente dos y yo me estremecí, y al fin, justo cuando el hombre llegó hasta nosotras, los cuatro dedos giraban y hurgaban en mi coño, provocando mis gemidos. Yo volví a disfrutar de sus pequeñas tetas, pellizcando y chupando alternativamente los pezones gruesos y abombados. Bajo la atenta mirada de mi voyeur, Juana seguía follándome, pero yo estaba tan caliente y cerca de mi orgasmo que saqué urgentemente sus dedos y tomando la dirección me aboqué a su coño.

Juana tenía su pronunciado clítoris salido, duro e hinchado. Olía a su flujo vaginal: ahora le tocaba a ella disfrutar del sexo oral, que minutos antes prodigó a los chicos. El flujo se escurría de mi chumino cuando me di la vuelta, arrodillándome para comerle el hambriento chumino. La idea de que el oriental tuviese una visión tan cercana de mi conejito lleno de flujos, allí abocada frente al chocho de Juana hizo que una nueva catarata de néctar vaginal resbalará por mis dilatadas paredes.

Apresé con suavidad el erecto capullito y lo lamí intensamente, como si fuera un glande masculino. Imaginé la sensación del capullo de mayor calibre del chico entre mi paladar y la lengua. Besé la boquita de entrada al coño de Juana y, a continuación, invadí con mi lengua ensalivada su vagina, que tenía el sabor de los chorros de su fluido vaginal. Proporcioné al untuoso coñito una secuencia de lametones entre los labios, sorbiendo el capullito clitorideo. Juana arrancó unos contenidos gemidos y sus piernas se agitaron de placer. 

Levanté la vista. Él estaba a nuestro lado, manipulaba su falo asombrosamente despacio. Esa visión me causó una gana loca de aprovechar la ocasión con impunidad. Le hice un gesto y él se acercó hasta casi tocarnos. Coloqué verticalmente mi dedo índice en los labios pidiéndole silencio absoluto. Vulnerando la advertencia de Juana, cogí la polla, la apreté en mi puño y se la pajeé: estaba caliente y dura, algo mojada en la punta del glande. Sin poder contenerme, decidí infringir las reglas completamente. Besé los chorreantes labios de la almejita ansiosa de Juana sin dejar de frotar la polla y le señalé aquel chocho húmedo a disposición de nuestro cómplice masculino, haciendo un evidente movimiento transversal con mi lengua, invitándole a sustituirme secretamente en el cunnilingus. Sin una sola palabra, el hombre asintió con un leve movimiento de su rostro.

Cuando se agachó, yo me coloqué por detrás de él y volví a aferrarme, sin ningún género de remordimiento ni contención, a aquella potente tranca tan caliente. La boca del chico ocupó mi lugar y vi cómo, sin tocar a Juana para nada, besaba el sabroso conejito cubierto de flujo y mi saliva. Suavemente le chupó el clítoris, mientras yo comencé a masturbar rítmicamente su mandoble. Llegada al clímax, Juana estalló con un orgasmo que hizo que se corriera salvajemente. Estimulado por los gemidos y convulsiones de Juana, acompañados de mi manipulación, la polla del hombre comenzó a soltar leche espasmódicamente.

Él se apartó del coñito latiente de Juana, se levantó y se volvió hacia mí. Su faz permanecía inexpresiva, pero sus ojos no podían ocultar un placentero descanso sexual. Me percaté de que no podía quedar ni un rastro de nuestra deslealtad; por tanto lo aparté y metí su falo todavía espasmódico en mi boca, para chupar y tragarme el producto de su intensa corrida, eliminando las pruebas de nuestro delito, succionando y apurando los últimos manguerazos de semen del hombre. El pene se fue aflojando y lo saqué sorbiendo las últimas gotas de esperma y relamiéndome los labios.

Después volví a Juana. Dominada por la lascivia, introduje mis dedos en su almejita e inicié una follada frenética del chocho goteante de flujo. Follé con tres dedos el agujero de Juana, que movía las piernas convulsamente al ser penetrada. El hombre se sentó junto a mí y participó de la escena sin perder detalle. Me hundí de nuevo en el chocho y succioné el capullito mojado y brillante hasta que Juana lanzó un gritito y se corrió frotando su vulva contra mi boca. Fui chupando toda la vulva, ensanchando con mis dedos la raja brillante, viscosa y goteante, hasta que cesaron los espasmos y Juana se relajó.

Yo sentía las ascuas en mi sexo. Tomé de la mano al oriental y dejamos a Juana con los últimos ronroneos de placer, yendo hasta donde estaban Cati y Magda, quienes continuaban su diversión particular, ajenas a lo que había sucedido entre Juana, nuestro acompañante silencioso y yo.

                                                                                                                           (Continuará)


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