CUENTOS DE LA LUNA ROTA (12)

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CUENTOS DE LA LUNA ROTA (12)


                Sam (variante uno)



   Se había acostumbrado a quedarse un poco más tarde, cuando ya los últimos compañeros de la oficina se despedían los viernes. No lo había hecho jamás, y siempre se negó por principios a hacer ni una hora extra, hasta que encontró fascinante hablar con ella con el silencio de los despachos y la iluminación baja, mientras ella pasaba la mopa después de quitar el polvo del mobiliario gris.

Empezó por hacerlo él, midiendo los pasos y cada palabra; luego, una tarde en que él estaba algo cabizbajo y cariacontecido fue ella la que sacó un tema insustancial que les condujo a un intercambio de puntos de vista filosóficos. A él le pareció que los puntos de vista de ella eran diferentes y personales. Hablaba con tranquilidad y nunca intentaba convencerle de sus argumentos, aunque él los consideraba irrebatibles como ella los exponía.

Llegó un momento en que hablar con ella se le hizo imprescindible y contaba los días para que llegara el viernes y su charla con Sam, porque los demás días de la semana no hacían otra cosa que saludarse: cuando él salía, ella entraba a hacer la limpieza. Naturalmente Rosalyn se extrañó al principio del cambio de hábito de él, pero hizo algunas comprobaciones, e incluso le telefoneó al despacho con alguna excusa peregrina, y dejó de tener dudas acerca de la fidelidad de su marido.

Cuando ella terminaba su jornada, también él cerraba el equipo, y ambos salían de la planta. Ralph Winweed, el vigilante nocturno tenía alguna sospecha acerca de la verdadera relaciones de “aquellos dos”; pero no podía alegar sino su propia malicia y maledicencia que avalase su suspicacia moral. Quien verdaderamente sí tenía poderosas razones para fundamentar el piso secreto de la actitud de él era Sam, quién sabía que él se había enamorado sin conocer su “situación” personal e íntima. Por eso, siempre que sus conversaciones derivaban hacia cuestiones particulares Sam reconducía los temas sin que él opusiera resistencia.

Como cada tarde de viernes aquella de mediados de marzo, poco antes del forzoso cambio de hora estacional, en que el frío viento de Nueva York calaba hasta los huesos, llegaron a la estación de autobuses y se sentaron en los alargados bancos de madera despintada. El viento gélido hizo que Sam se estremeciera con un escalofrío. Se apretó contra el abrigo y él se percató. Sonrió con timidez, con aquella timidez que le acomplejaba pero no podía superar e inopinadamente recogió las manos de ella entre las suyas. «Estás helada», dijo como excusándose. Ella devolvió la sonrisa y bajó la mirada. Había ocurrido lo inevitable, aquello que Sam siempre temió. «No puede ser», dijo. Él no soltó las manos; no pronunció ni una palabra, se limitó a mirar a lo lejos, al brillo de los primeros faros de los automóviles que giraban en la rotonda. El silencio de goma se hizo inmasticable y molesto. Pero ella tampoco se soltó del abrazo cálido de sus dedos varoniles. «Tú no entiendes…». Otra pausa. El autobús de ella entró, abrió las puertas y los pasajeros descendieron. ”Hay una cosa que tú no sabes…; no sé cómo no te diste cuenta». Él la miró de hito en hito, confundido y algo avergonzado. Hizo un movimiento para soltar las manos de Sam, pero ella se lo impidió. Una línea de tristeza mezclada con una sonrisa se perfiló en sus labios. 

«Porque tú eres un hombre diferente y no miras lo superficial», afirmó ella: «Por eso no te has percatado…» Él se retiró unos centímetros sin comprender. Sam cogió una de sus manos y la condujo lentamente hacia ella; la introdujo entre los botones de su abrigo y la hizo descender a su regazo. Él sintió el rubor subiéndole por las mejillas, pero no se resistió. La mano de ella hizo posarse la de él sobre su vientre, entre los muslos. Él sintió la forma familiar y apenas un sobresalto le sacudió levemente. Ella, alarmada, buscó sus ojos color miel. Él no retiró la mirada; tampoco la mano, sino que sus dedos se convirtieron en un aleteo suave y sedoso, como de alas de mariposa; dejó escapar un suspiro. ”Por un momento, me habías preocupado… —sonrió tiernamente—: eso no me importa; quien me importa eres tú.


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