Tocándome en mi balcón

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Miguel, mi mejor amigo, vive en el apartamento del frente. Nos separan varios metros, pero solo necesitamos salir al balcón para conversar. Solo somos amigos, pero hemos tenido sexo en el pasado y me gusta seducirlo. A veces ando desnuda cerca del ventanal y él me escribe diciendo cosas sucias mientras me mira.

Era medianoche, estaba en mi balcón leyendo una novela erótica y sentí ganas de masturbarme. Me quité la ropa hasta quedar solo en lencería. Desde otros balcones podrían verme, pero a esa hora era poco probable; igualmente apagué la luz, dejando que solo la luna me iluminara. Llamé por teléfono a Miguel, lo puse en altavoz con poco volumen y le dije que me sentía muy puta.

Susurrando cada uno a nuestros teléfonos, él propuso activar la videollamada, pero le dije que tenía otra idea y lo invité a salir al balcón. Abrí mis piernas en una pose sugerente; vestía mi conjunto de lencería favorito: encaje negro y finas tiras elásticas que se hundían ligeramente en mis caderas, dejando muy poco a la imaginación. A pesar de la luz tenue de la noche, sabía que él podía verme completamente.

Me miró de arriba a abajo hasta cruzar nuestras miradas; quedó callado, solo su respiración se escuchaba en el altavoz. Miguel reaccionó y al principio dudó un poco; miró a los lados y preguntó con la voz entrecortada: «¿Qué haces?». Pero luego de unas palabras con mi voz más sexy, quedó convencido. «Está bien, hagamos esto».

Su mirada brillaba con una mezcla de aventura y deseo. «Tócate», ordenó Miguel. Yo, como una buena chica, le obedecí. Acaricié mi pecho y luego puse mis manos en mi cuello, imaginando que fuera él. «Lame tus dedos», fue su siguiente orden. Metí dos de mis dedos en mi boca y, con la otra mano, acaricié mis pezones por encima de la tela de mi brasier.

Él vestía una camiseta que se quitó apenas comenzamos; su torso, grueso y masculino, lucía más sexy que nunca. Abajo llevaba shorts y, a pesar de la oscuridad, la erección en ellos era bastante notable. Se aferró al barandal del balcón y dijo con autoridad: «Muéstrame tus tetas».

Hice lo que ordenó. Desabroché mi brasier y lentamente lo dejé caer, permitiendo que mis suaves senos sintieran el frío aire nocturno. Mis pezones se endurecieron de inmediato y mis areolas estaban cada vez más sensibles. Me sentía hermosa, sexy. Terminé retirando también mi tanga; quería que él me viera en todo mi esplendor. Continué tocando mi cuerpo, mordiendo mis labios mientras apretaba mis tetas, haciendo que rebotaran y se movieran para él.

Miguel terminó de desnudarse. Cuando dejó caer sus bóxers pude ver su miembro: largo, grueso, delicioso. Él lo apretaba y movía. Por la manera en que me miraba, apuesto a que en ese momento deseaba estar dentro de mí. Esa mirada podía sentirla en mis venas; mi cuerpo era un caldero de excitación, mis piernas temblaron, mi pulso se aceleró y mi piel se erizó.

«Quiero metértela», dijo con voz gruesa y autoritaria. Yo lamí mis dedos para luego deslizarlos dentro de mí. Sé que él podía ver lo mojada y roja que estaba, lo mucho que necesitaba su pene en mis entrañas. Acaricié mi clítoris; ese toque se sintió como la primera vez que, siendo una jovencita, descubrí lo que era masturbarse, pero esta vez, con el peso de su mirada devorándome desde el otro lado, la sensación era mil veces más eléctrica. Mi respiración se sentía pesada, mis manos recorrían mi cuerpo y mis gemidos eran espontáneos; no lo podía evitar.

«Quiero lamer cada gota de ese rico jugo que sale de tí, no dejaré que nada se desperdicie. Luego te cogeré tan fuerte que te vendrás en mi verga», dijo él con su deliciosa voz que penetraba mis oídos. Estaba tan elevada que, al cerrar los ojos por un segundo, juro que podía sentirlo encima de mí, haciendo todo lo que pronunciaba.

Del apartamento contiguo al de Miguel salió un hombre de mediana edad hacia su balcón. Lucía despeinado y un poco confundido; tal vez fueron mis gemidos los que llamaron su atención. Estuvo inmóvil unos minutos, pero yo sabía que podía verme. Lo saludé con mi mano y una sonrisa llena de picardía. Se sorprendió, pero se quedó viendo el espectáculo.

A Miguel no le importó la presencia del nuevo espectador; siguió masturbándose como si no estuviera ahí. El vecino sacó su pene de sus pantalones; no lucía tan grande, pero me complacía tener ahora dos audiencias.

Seguí introduciéndome los dedos, parando ocasionalmente para lamer y probar mis jugos. Eso disparó un rayo de electricidad por todo mi cuerpo; mis partes íntimas gritaron de placer y yo también. Dos dedos no eran suficientes; tuve que introducir cuatro. Una densa humedad inundó mi vagina mientras sentía mi alma despegar de mi cuerpo.

Me puse de pie a la orilla del balcón, exhibiendo mis hinchados senos y mi vulva para ellos. Desde ahí pude ver mejor al vecino: estaba completamente erecto y su tamaño era respetable, quizá aún más grande que el de Miguel. Mordí mis labios deseando que eso estuviera en mi boca.

Ambos seguían masturbándose; en sus rostros se veía que pronto llegarían. Me puse en cuatro en el piso y abrí mis nalgas con las manos; quería que vieran todo lo que tengo para ofrecer. Los escuchaba y volví a meterme los dedos, deseando tenerlos dentro de mí.

Mis gemidos eran cada vez más fuertes. Viendo a dos caballeros masturbarse vigorosamente. Mi teléfono, a mi lado, reproducía los gemidos y palabras de Miguel. El vecino también susurraba, pero yo no alcanzaba a escuchar nada; solo imaginaba las cochinadas que estaba diciendo.

En ese momento deseaba ser penetrada de la manera más sucia y salvaje. Miraba a un hombre y luego al otro; mis sentidos estaban enloqueciendo. Un nuevo orgasmo empezaba a producirse en mí y ellos también estaban al límite. Esta vez me vine a chorros. Ellos, casi en sincronía, expulsaron su caliente semen desde el balcón. Deseaba estar abajo, recibiendo sus descargas en todo mi cuerpo.

Tras el último espasmo, me volví a acercar al barandal. Una fría corriente de viento y un auto pasando por la vereda me trajeron de vuelta a la realidad; podía oír aires acondicionados y televisores encendidos en los demás apartamentos. Era probable que alguien más hubiera presenciado o escuchado todo.

Alcé la mirada y ambos seguían allí. Miguel respiraba fuertemente, su pecho se expandía y contraía, con su mano aún sosteniendo su gruesa y goteante virilidad. El vecino mostraba orgullo en su mirada, la satisfacción de quien ha sido cómplice de un milagro nocturno, como sabiendo que hizo algo que nunca había pensado hacer.

Sin decir nada, colgué la llamada con Miguel y, mirando a cada uno, me llevé un dedo a los labios en señal de secreto. Con calma, pero aún sintiendo un hormigueo en mis piernas, tomé el libro y mi ropa del piso. Con movimientos lentos y pesados me di la vuelta y entré al apartamento; ellos hicieron lo mismo. El «click» de la puerta del balcón fue el cierre definitivo a una aventura inolvidable.


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