La I.A. la inteligencia Anal

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La I.A. (inteligencia Anal)

Lucas era el tipo de seguridad informática que nadie quería cerca en una fiesta: flaco, ojeroso, siempre con un mate frío en la mano y una mirada de “ya vi tu historial, boludo”. Esa tarde de marzo, a las 14:47, le sonó el teléfono de la empresa.

—Lucas, por Dios, vení ya —la voz del gerente de Sistemas de la multinacional era un hilo de pánico—. En la actualización de IA CHEQUIEROPETE del mainframe entró un ejecutable… se llama puto.exe. Empezó a correr solo. Los chicos… los chicos se están…

La línea se llenó de gemidos húmedos, de carne contra carne, de un “ay, la concha de tu madre, metémela toda” que no sonaba a broma.

—¿Qué carajo está pasando ahí? —preguntó Lucas, ya levantándose de la silla, y cerrando el sutio pornojapa.com

—Se están tocando… besándose… se la están mamando entre ellos como si fuera el último día del mundo.

El de Contabilidad tiene al de RRHH contra el escritorio, lo está cogiendo a lo bestia. Y el delivery que trajo los bizcochos… está de rodillas en el medio, con tres pijas en la boca. Hasta el portero entró y ya le están dando por el culo en el pasillo. ¡Vení, por favor, antes de que…!

Un golpe seco. La línea se cortó. Lucas alcanzó a oír un último gorgoteo ahogado y una risa ronca que decía: "Vo jefe comete este briscocho traga... pedazo de trol .."

Quince minutos después, Lucas estacionaba la moto frente al edificio de vidrio ultra cheto. El lobby estaba en silencio. Demasiado silencio.

Empujó la puerta giratoria con el casco en la mano.

El olor lo golpeó primero: sudor, semen, colonia barata y algo más… como merca y cable quemado, el olor de un virus que ya se había escapado del mainframe y flotaba en el aire como, invisible.

En el piso de mármol había un charco brillante. No era agua.

Del ascensor abierto salía un gemido rítmico y grave.

Lucas se colocó el casco se acercó. Dentro, el gerente —el mismo que lo había llamado— estaba desnudo, con la camisa de marca hecha jirones, arrodillado frente al ascensorista.

El grandote negro le tenía agarrada la cabeza con las dos manos y se la metía hasta el fondo con golpes secos, como si estuviera clavando un clavo, chorreando baba y leche.

—Jefe… —susurró Lucas, sin poder creerlo.

El gerente giró los ojos vidriosos hacia él. Tenía los labios hinchados, brillantes de fluidos. Sonrió con una dulzura enferma.

—Lucas… llegaste justo a tiempo, pibe.

Y entonces lo sintió.

Un calor que le subía por la nuca. Un cosquilleo en la base de la columna. La pantalla del ascensor parpadeó una sola vez y mostró, en letras verdes de COBOL antiguo:

PUTO.EXE - EJECUCIÓN COMPLETA. INFECCIÓN AEROSOL ACTIVADA. BIENVENIDO, USUARIO.

Lucas dio un paso atrás. Demasiado tarde.

El virus ya estaba dentro. Le ardían las bolas. Le latía la pija contra el jean como si tuviera vida propia. Miró al gerente, que ahora le tendía la mano con una sonrisa de santo pervertido.

—Vení… no duele. Al contrario.

Lucas sintió que sus rodillas se aflojaban. Una parte de él, la última cuerda de cordura, gritó: “¡Corré, boludo!” Pero el cuerpo ya no obedecía. Se acercó. Se arrodilló. El ascensorista sacó su verga gruesa y brillante de la boca del gerente y se la puso a Lucas en los labios sin preguntar.

Y Lucas abrió la boca.

Porque en quince minutos más, el edificio entero sería un solo coro de gemidos, de culos abiertos, de gargantas llenas y de hombres que ya no recordaban cómo se llamaba la novia, la mujer, los hijos. Solo sabían una cosa:

Puto.exe no tenía cura. 

Y el apocalipsis sabía a chota caliente.

Continuará.


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