Escribir es describir. Descubrir es integrar en la consciencia lo que transcurría en el interior oculto y secreto del yo cuando irrumpe, por necesidad, y quiebra las barreras que la conciencia impone, severa como un gendarme, para evitar rasgarnos las entrañas, mordernos las carnes reblandecidas por el desamparo.
Huimos tanto como nos reencontramos cuando escribimos. El centinela se ha dormido: el efluvio del dolor atraviesa las alambradas. Y en el dolor de ese parto nos encontramos un retoño que ya no nos pertenece, en cuyos rasgos reconocemos un sesgo nuestro y a la vez ajeno, como una mágica reconstrucción de lo que fuimos en lo que somos.
Lo que estaba dormido (quizás muerto), se yergue repentinamente y camina sonámbulo, adquiere vida propia, se embellece y se muestra en un nuevo esplendor buscando ansioso unos ojos receptivos, unos brazos cálidos, unos labios palpitantes que pronuncien sus sintagmas heridos y les den cobijo para seguir tejiendo el hilo brillante de los encuentros, mientras Penélope sigue tensando el arco de la Historia.
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