

### Título: "La Antena Analògica."
En un pequeño pueblo olvidado por el tiempo, la vida giraba en torno a las historias que susurros traían de boca en boca. La vida de sus habitantes se enrollaba como un ovillo de hilos entrelazados, donde cada decisión escondía un secreto y cada mirada un deseo inconfesable.
Una tarde, el destino se tornó fatal para uno de los amantes ocultos que se deslizó entre sábanas ajenas. El desenlace fue trágico: un resbalón lo llevó a ser ensartado en una antena UHF, su cuerpo desnudo expuesto al juicio público mientras los transeúntes no podían apartar la mirada de la grotesca escena. Aquella imagen peculiar de su fatalidad se convirtió en tema de murmuraciones, pero no por la tragedia misma, sino por los secretos que dejó al descubierto, como las vergüenzas del alma que se desnudaban ante la realidad.
El párroco del pueblo, llamado don Esteban, llegó al lugar del infortunio y, al ver el espectáculo, se persignó. No por pena por el difunto, sino por el trabajo que le aguardaba: el confesionario nunca había estado tan lleno de picardía y deseo. Las mujeres del pueblo, beatas y más, no tardarían en acudir con sus confesiones, arrastradas por la tentación.
Las que esperaban en la fila siempre llevaban consigo un susurro de anhelos. Y en ese vaivén de las almas, también llegaba María, una joven de quince años que, aunque inocente, poseía una belleza que desafiaba la moralidad. Al terminar de asear la habitación del sacerdote, su corazón palpitaba de deseo mientras sonreía con esa risa contagiosa, irresistible y peligrosa.
Aquella tarde, María se desabrochó la blusa, revelando un ardor interno que desnudó no solo su cuerpo, sino el espíritu atrapado de don Esteban. La presión del arzacuello lo oprimía, empujándolo hacia una atracción prohibida que nadaba entre lo sagrado y lo profano. En ese instante, el hombre dentro de la sotana clamó por libertad.
“¡Sal de aquí y reza!” gritó con un tono que apenas disfrazaba la lucha interna. Sin embargo, la niña, armada con su valentía juvenil, no se inmutó. “No pasará nada si usted no quiere, padre…”, dijo mientras guiaba su mano hacia su interior.
El sacerdote se vio arrastrado por la corriente de sus deseos, la tentación creció hasta apoderarse de su ser. En ese pequeño mundo privado, la sotana y el arzacuello quedaron atrás, permitiendo que el hombre sintiera, viviera y disfrutara de su humanidad nuevamente.
Así, comenzó un ciclo vicioso donde cada mujer visitaba la sacristía, ofreciendo compañía en el hogar del clérigo, y él, en contrapartida, se dejaba llevar por los instintos olvidados tras la fachada de santidad. Con el paso del tiempo, las confesiones se convirtieron en rituales, donde se compartían caricias y susurros ocultos bajo la luz tenue de las velas.
Y así siguió, atrapado en un vaivén eterno entre la fe y el pecado, hasta que otro forastero llegara al pueblo, trayendo consigo nuevos secretos y deseos. Entonces, cada feligresa buscaría su atención, olvidando al sacerdote y dejando atrás las confesiones que una vez llenaron la sacristía.
Al final del día, siempre regresaría a su altar, a confesar que"el demonio era màs fuerte que èl, pero su voluntad era la que luchaba ". De rodillas ante su Dios magnànimo volverìa a pedir perdòn aunque era un pecador, su fè se mantenia intacta. Sòlo eran deseos paganos de un cura sin disciplina con un arzacuello opresor.
Asi repetia su rutina, culpando a la carne de su debilidad, dàndose golpes de pecho, Y repitiendo si cesar:
"El espiritu es fuerte, pero la carne es dèbil".
Fin.
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