

**Título: Entre Sombras y Sueños**
En un rincón olvidado del mundo, donde la bruma se entrelazaba con las sombras, existía un espíritu llamado Faustino. Era un fantasma que merodeaba entre los vivos, pero a pesar de sus esfuerzos por ser escuchado y visto, permanecía invisible, atrapado en la penumbra. La soledad lo abrazaba como un manto pesado; no podía hablar con ningún ser humano, salvo en los momentos fugaces del sueño REM, cuando la realidad se disolvía y el alma se liberaba.
Una noche, en uno de esos sueños etéreos, Faustino conoció a Liviana. Ella apareció como una visión que emergía de un océano de oscuridad, paseando descalza por una playa de arena negra bajo un cielo grisáceo, cargada de nubes amenazantes. A medida que se acercaba a ella, Faustino sintió una conexión vibrante y dolorosa. Liviana, con sus ojos tristes y su corazón anhelante, hablaba de un amor lejano que había encontrado en un chat en línea. Un amor que, aunque real para ella, la mantenía prisionera en un mar de dudas y tristeza.
Faustino la escuchaba con atención, sintiendo cada lágrima que caía de sus ojos, cada suspiro perdido en la brisa. En noches sucesivas, el fantasma la encontraba en situaciones desgarradoras: una vez, atrapada en una carretera, gritando sin ser oída mientras los coches la atravesaban como sombras indiferentes. Otra vez, sentada en un parque adornado por árboles grises, alimentando a urracas con alas de cristal. En cada encuentro, su vínculo crecía, y aunque el sufrimiento era palpable, también florecía una amistad inquebrantable.
Con el tiempo, sus sueños tomaron un giro inesperado; las sombras comenzaron a disiparse. Liviana empezó a aparecer rodeada de luces suaves, risas etéreas y un arco iris que pintaba el cielo. Faustino la seguía a cascadas de aguas cristalinas, donde compartían momentos de paz genuina. Sin embargo, Liviana temía el despertar. Temía perder a Faustino, a su refugio en la eternidad de los sueños, y así se sume cada vez más en un sueño profundo, encontrando felicidad solo en la compañía de su fantasma.
Pasaron los años, y un día, Liviana no despertó. En su nuevo hogar, donde las pesadillas se extinguieron y el dolor ya no existía, ella parecía, sabiendo que había encontrado la forma de estar siempre con Faustino. Ambos estaban atrapados en un mundo de ensueño, un reino donde la luz reemplazaba la oscuridad, donde la angustia se convertía en ternura.
Eternamente, Faustino y Liviana danzaban juntos entre las nubes, riendo y amando en un espacio donde el tiempo era irrelevante. Habían tejido su destino en una tela de sueños compartidos, creando una vida llena de esperanza y amor, tal como siempre debió ser. Y así, en su inspiración mutua, forjaron un amor que desafió las fronteras de la vida y la muerte.
El fin.
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