La viuda y el ladrón
Por Pecado de Seda
Enviado el 27/04/2026, clasificado en Adultos / eróticos
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Helena, cuarenta y cinco años, curvas generosas, cabello castaño en media melena. Lleva tres años viuda. Se miró en el espejo de su dormitorio mientras se ponía su traje de baño color blanco — era su favorito, y se veía muy bien con él. Se colocó sus gafas de montura negra. Siempre las usaba; le hacían parecer más intelectual.
Tenía planeado pasar el día en la piscina leyendo un libro.
Salió de la habitación y mientras bajaba por las escaleras, escuchó voces que provenían de la cocina.
—¿Quién está ahí?
A Helena nunca se le pasó por la cabeza que pudiera ser un ladrón. Pero eso era exactamente lo que era.
Félix había estado investigando la casa durante algunas semanas. Sabía cuándo estaba Helena y cuándo no. Pero eligió un mal día — Helena tenía el día libre y había decidido quedarse en casa. No tenían ni idea de que todavía estaba allí.
Helena se detuvo en el último escalón. El hombre salió al vestíbulo y se sorprendió al ver a Helena tan cerca.
—¿Es usted el fontanero?
—Sí... sí, señora.
—Perdone que pregunte, ¿cómo entraste en mi casa?
—Me abrió el jardinero. Tiene un juego extra de llaves. Entré por la puerta de la cocina. No pensaba que estaría en casa.
—Ah, ya veo. Hoy me tomé el día libre. Lo siento si te asusté.
Helena se acercó al escritorio y sacó un talonario. Había olvidado que llevaba puesto el traje de baño, y que no pasaba precisamente desapercibida. Félix seguía cada movimiento de su cuerpo con los ojos muy abiertos, recorriendo con la mirada sus muslos, su trasero, y sus senos pequeños pero bonitos.
Helena se dirigía hacia la piscina, ajena a todo.
La erección era visible bajo sus pantalones holgados y cada vez más difícil de disimular.
—¿Cuál era el nombre de su empresa? Te firmaré un cheque.
Félix no respondió. Seguía mirando el trasero apenas cubierto mientras ella se inclinaba sobre el escritorio. Al no obtener respuesta, Helena se dio la vuelta rápidamente y lo atrapó mirándola fijamente.
—Ejem. Disculpa, ¿el nombre de la empresa?
—Ah, sí... Puedes poner Reparaciones Quiñones.
Helena rellenó el cheque y lo arrancó de la chequera.
—Aquí tienes. Puedes ponerte a trabajar cuando quieras.
Echó una mirada rápida a sus pantalones y sonrió.
—Si necesitas algo, estaré en la piscina. ¿De acuerdo?
Félix se detuvo, pensativo. Si ella estaba en casa no podría robar nada, y de fontanería no sabía absolutamente nada.
Félix vio cómo Helena se dio media vuelta y movió su culo respingón al caminar hacia el patio donde estaba la piscina.
En menos de una hora agarró toda la plata, las joyas de Helena y los relojes Rolex de su difunto marido.
Helena, tumbada en su tumbona, leía tranquilamente su libro. Pero un pensamiento no se le iba de la cabeza — el bulto generoso que había visto en los pantalones de Félix. No podía dejar de pensar en ello.
Lo llevó todo a la furgoneta y lo dejó allí. Luego regresó a la casa y miró por la ventana para ver cómo estaba Helena. Se había quedado dormida.
Imaginó cómo sería follarla. No se lo pensó dos veces. Salió por la puerta trasera y antes de hacerlo se desnudó completamente, dejando la ropa en el suelo. Caminó de puntillas hacia Helena, su polla balanceándose entre sus piernas.
Se detuvo frente a ella con una sonrisa.
—He terminado. ¿Le gustaría inspeccionar mi tubería?
Helena se despertó y se sobresaltó al verlo parado, completamente desnudo, con su pene a pocos centímetros de su cara.
—¿Qué estás haciendo? ¿Qué pasa?
—Te vi cómo mirabas mi bulto, y esa sonrisa... sé lo que significa. Dime, ¿de verdad nunca habías visto una polla tan grande? ¿Te picó la curiosidad?
Helena no sabía qué decir. Todavía estaba medio adormilada. El aroma a sudor le subía por la nariz, y sin querer reconocerlo, se estaba humedeciendo.
Félix, sin avisar, puso su mano entre sus piernas y frotó su sexo con los dedos.
—Te estás excitando. ¡Estás húmeda!
Helena permaneció callada. Todo su cuerpo ardía bajo los dedos de Félix mientras la frotaba sin parar.
De repente Helena cogió su polla. Qué diferencia con la de su marido.
—Eso es... acaricia mi polla.
Helena empezó a masturbarlo. Félix se inclinó y besó su cuello, fue bajando hasta sus pechos y los chupó por encima de la tela, sin dejar de frotar su sexo con los dedos.
Helena dejó escapar un gemido.
—¡Ohhhh!.
Félix la cogió en brazos y la llevó dentro, sentándola en el sofá. Se inclinó y la besó en los labios, metiendo su lengua profundamente en su boca.
Mientras se besaban desato la parte de arriba del bikini, Félix comenzó a masajearlos y sus pezones se pusieron duros, en unos segundos. Puso su polla cerca de sus labios y empujo lentamente, después de unos movimientos puso su mano en su cabeza y empujo su polla lo más profundo que pudo en su boca Golpeo la garganta y Helena casi se atraganta. Después de unos minutos más Félix saco su polla de su boca.
Félix le quitó la braguita del bikini. Se acostó en el sofá e indicó que se colocara encima. Helena obedeció, cogió su polla y la guio lentamente hasta la entrada de su sexo.
Helena empezó a moverse adelante y atrás, nunca había follado una polla de ese tamaño. No había tenido relaciones desde que su marido falleció.
Félix sentía la humedad de su coño y jugoso, empujó y se la metió toda, un gemido escapo de mi boca. -¡Ooohhhhh!.
Después de unos minutos entraba y salía con facilidad. Helena chillaba y gemía, tuvo un par de orgasmos, fue una sensación completamente diferente a la que había experimentado antes. Follaron durante un buen rato, hasta que Félix no pudo aguantar más y saco su polla y se corrió en sus pechos. Los ojos de Helena se pusieron en blanco y llego al clímax.
Finalmente, Félix se marchó dejando a Helena en la cama totalmente exhausta. En pocos minutos se quedó profundamente dormida.
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