EN LA TRASTIENDA (I)

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EN LA TRASTIENDA (I)

 

—Puedes probártelo ahí.

Señaló el probador que estaba a un lado, que cubría una cortina de tonos morados plegada sobre sí misma bajo una barra de madera color roble.

—¿A qué hora cierran?

—Ah, no importa. —La mujer estaba arreglando unas prendas íntimas. El hombre, parecía su marido, fue a la trastienda.

Antes de quitarme la blusa me coloqué el sujetador sobre el pecho. Me gustaron las copas de rejilla y su tela casi transparente y fina de color rosa. Me quité la blusa y me deshice del sostén negro. Me lo ajusté y me miré detenidamente. Me giré a uno y otro lado y también eché un vistazo por la parte posterior. La cortina se entreabrió y la cabeza rubia de la mujer hizo aparición.

—Perfecto, lo ves —moví afirmativamente la cabeza—. A las chicas jóvenes os queda mejor que a las maduras...; bueno, en realidad os queda todo mejor. Os luce más..., y más con unos pechos como los tuyos—. Su mirada se fijó en mis senos.

Era una mujer corriente, de cabello rizado y rubio —seguramente teñido—, delgada, con los ojos, las mejillas y los labios pintados. Me recordaba a mi madre. Sus ojos verdes claro recorrieron mi pecho.

—Date la vuelta. —Sonreí y lo hice.— ¡Magnífico! Te queda muy bien —entró en el probador y poniendo las dos manos en mis hombros dejó que sus dedos resbalaran por mis brazos. Sus suaves dedos estaban calientes. Recompuso los tirantes y colocó sus manos en mi cintura, sin dejar de mirar mis tetas. —Los tienes muy lindos. Con este sostén te realza el busto. Además..., al ser un poco... atrevido tus bolitas pequeñas resultan más atractivas.

Yo bajé la mirada. Efectivamente, la tela transparente mostraba mis pezones de color miel, abultados y gruesos.

—¡Ojalá los míos fueran como los tuyos! —exclamó alegremente.

Se me antojó una escena extraña y casi chabacana. Sí, me dije, se parece a mamá; con sus mismos años y esa dulzura natural en la mirada y cuando sonríe.

—No todo es tamaño —aduje, porque sus senos eran abundantes.

—No..., no, decía los pezones. Los míos son invertidos, como los cráteres de la Luna —y rompió a reír—. No tienen ese color tan bonito de los tuyos— tocó el pezón derecho con la yema de los dedos. Me sobresalté al notar la presión y mis ojos se abrieron de par en par, pero no dije nada; de hecho, tenía una sensación agradable y un cosquilleo en el estómago. Los dedos apretaron el pezón que se endureció inmediatamente: percibió claramente como crecía y sobresalía. Los dedos rotaron suavemente por él. La otra mano agarró el otro seno y lo acarició—. Son muy bellas tus tetas —dijo casi en un susurro. Tragué la saliva que se había acumulado en mi boca. Se había desatado un deseo que nunca había tenido: ella, una mujer madura, parecida a mi madre..., pero me gustaba aquel remolino de sensaciones contrapuestas. Levantó los ojos de mis pechos y su mirada pareció preguntar—. Sí, me escuché decir casi mecánicamente. Ella apretó los dedos sobre ambos pezones tiesos, erectos y gruesos por el hervor interior.

—Espera —dijo. Y salió del probador. Fue hacia la puerta y cerró.

Regresó.

—Ya es la hora de cerrar —apagó las luces, dejando solamente la que conducía al interior de la tienda y la cenital del vestuario. Volvió a entrar y se sentó en un taburete de madera que había a un lado.— ¿Quieres que te lo desabroche...?

Ahora tenía la boca seca y un prurito sexual interior. Me di la vuelta. El cierre se abrió y mis tetas quedaron libres. La mujer llevó las manos por debajo de mis axilas y agarró las tetas. Sus dedos juguetearon con mis mamas y pellizcaron delicadamente mis pezones. No pude evitar que mi acelerada respiración se convirtiera en un jadeo consecutivo.

—¡Qué ricas tus tetitas! Date la vuelta, quiero verlas bien.

Me giré y me dejé llevar.

Me las sujeté y las elevé. Por abajo, dentro, notaba mojada mi vagina. Ella acarició delicadamente las esferas y las besó.

—Quiero hacerte el amor —dijo—: darte gusto.

Yo noté mis mejillas ardiendo.

—¿Te apetece tener un orgasmo?

Mis ojos debieron responder por mí, porque ella continuó:

—Me gusta la masturbación femenina..., hacerla, ya sabes...

Asentí con la cabeza y dije:

—Y a mí..., que me lo hagan. Pero una mujer... —trague saliva de nuevo—, nunca... —deje la frase a medias.

—¿Y otra cosa..?

—¿Qué otra cosa? —inquirí intrigada y con ganas de disfrutar lo que me prometía la mujer.

—Claudio... —la miré con sorpresa—. A mí pareja le gusta... mirar...

De golpe, la intensidad de mi deseo creció. Tener un orgasmo con una masturbación femenina, con una mujer desconocida y..., además exhibirme ante un hombre mientras me lo hacían. Se desató el torbellino de la lujuria y respondí:

—Un trío..., ¡Joder... Pero él..., no...

—No, de eso nada. A él sólo le gusta mirar, ¿entiendes? A él no le gusta follar con mujeres; sólo ve como lo hago yo.

—¿Lo habéis hecho antes?

—Claro. Ya verás..., lo vas a pasar bien.

—Muy bien.

Salimos del probador y entramos a la trastienda. A un lado hacia un almacén y al otro una estancia iluminada y agradable, con algunos muebles y una mesa con dos sillas; junto a los muebles había otra puerta que debía dar a un aseo.

La mujer llamó a su pareja. El hombre, de tipo medio, de rasgos agradables y masculinos se presentó y se quedó mirando mis pechos desnudos.

—Desnúdate y luego túmbate —me dijo indicando la mesa.

El hombre retiró una silla y se sentó frente a nosotras. Yo estaba cachonda. Me quité los leggins y la braguita. Los dos observaron la escena atentamente.

—¡Qué peludito! ¡Me encanta tu conejito! —dijo ella, intercambiando miradas con su pareja. Yo tengo un color muy peludo y me gusta tocarlo y verlo.

Fui hacia la mesa. Ella me ayudó a subir y tumbarme. Se quitó la blusa y el sostén. Como dijo tenía unos pezones de un tono suavemente rosado y hundidos hacia dentro. Eran unas tetas hermosas y casi juveniles, agradables. Me besó en los labios, introduciendo su lengua en mi boca. Después se sentó en la otra silla y atrajo mis piernas hacia sí. Claudio se acercó y se sentó a un lado, para ser nuestro espectador. El flujo resbalaba por mi interior y lo notaba en los labios de la vagina. Me moría de ganas de correrme.

Ella me acarició la mata de vello y, seguidamente recorrió con la yema de sus dedos la rajita entre los labios verticales... lo introdujo abriendo con la otra mano el agujero que estaba chorreando flujo.

—Te lo voy a comer todito. Me gusta su olor... Está empapadito…

 

(Continuará)


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