Placer a media mañana

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Sabía que estaría en la casa y la anticipación de lo que iba a acometer me estaba endureciendo la verga mientras conducía el auto. De vez en cuando me apretaba el paquete entre mis piernas para estimularme aún más y para darme unos segundos de placer. Cuando llegué, estacioné el auto en la entrada al garaje y tomé el sendero que conducía a la parte de atrás de la casa.

Mientras desandaba el trayecto miré por la ventana de la cocina sin detenerme y nuestras miradas se cruzaron. Luego desapareció de mi vista. Para cuando ingresé a la cocina la vi trotando por el pasillo. Solamente pude concentrarme en los cachetes redondos de su hermoso culo que se agitaban. La seguí.

Entré al dormitorio y sin decir palabra la tomé de la cintura y estampé mis labios contra los suyos. No sólo no se resistió, sino que respondió pegándose a mi cuerpo, atrayéndome hacia ella con sus manos en mi culo.

- ¡Qué duro estás! - me dijo y, sin más, la arrojé sobre la cama. Su cabello rubio se desparramó sobre el acolchado y puse manos a la obra de sacarle la ropa.

Mi dureza aumentó al observar las magníficas tetas que tenía. Una vez que la tuve desnuda, me despojé de mi propia ropa y me arrodillé a su costado derecho. Anahí ya estaba excitando su clítoris, decidida a gozar de mis atenciones.

Minutos después, mi mano derecha había subido y bajado alternativamente, varias veces, por cada una de las piernas de Anahí. Casi como por accidente, cuando cambiaba de pierna le rozaba los labios vaginales, el vello alrededor. Podía sentir que su respiración se apresuraba. Mi mano izquierda estaba posada sobre su bajo vientre, cerca del límite de su vello púbico. Decidí cambiar: la derecha ocupó el lugar de la izquierda y ésta subió lentamente hasta alcanzar su teta derecha, la más sensible de las dos, por esas cosas de su cuerpo. La apreté suavemente hasta que el pezón, regordete, protuberante quedó expuesto como una roca solitaria en la cima de un cerro. Era una invitación difícil de ignorar. Lo metí en mi boca, lo lamí, lo mordisqueé con delicadeza, lo chupé con mis labios, lo circundé varias veces con mi lengua. Repetí todo el proceso una, dos, tres veces. Mi verga se mantenía endurecida. El placer que sentía en mis manos y boca era efectivo.

- Aceite – dijo Anahí. Tomé el lubricante sexual de la mesa de luz y le vertí un poco en la mano abierta, expectante, la cual inmediatamente cubrió mi pija. Suavemente inició una excitante, lenta masturbación lubricándome cada milímetro. Escuché claramente su “Mmmmm” al percibir el tamaño y la dureza de lo que recibiría entre sus piernas en pocos minutos más.

Abandoné el pezón con mi boca, pero continué estrujándolo con mi pulgar e índice mientras el resto de la mano masajeaba suavemente la teta completa. Mi boca descendió hasta el bajo vientre de mi mujer y deposité una cadena de besos y delicados mordiscos a lo largo del comienzo de la cabellera púbica. Mi mano derecha volvió a acariciar las piernas, a rozar la concha de mi esposa. Decidí otro cambio.

Había terminado mis acciones en el bajo vientre y juzgué que podía humedecer sus labios. Primero fueron los de la boca. Ambos hurgueteamos nuestras cavidades, las bocas abiertas intercambiaron estocadas de lengua, mientras nuestras manos seguían ocupadas con piernas, tetas, pija y huevos. Sí, la mano derecha de la mujer yacente en mi cama me los acariciaba dejando momentáneamente de disfrutar de mi pija endurecida.

Después de esos chupones enardecidos bajé a los otros labios. Mi lengua se abrió paso entre ellos hasta encontrar la entrada del túnel que pronto penetraría con mi pija. Pero no me quedé ahí inmóvil. Mi lengua subió y bajó humedeciendo todo. Mi boca buscó el clítoris y mi lengua lo humedeció, lo succionó impiadosamente mientras los gemidos de mi esposa aumentaban volumen. Mientras mi mano izquierda acariciaba mi bajo vientre preferido y mi boca daba placer al clítoris ubicado un poco más abajo, el dedo índice de mi mano derecha se abrió paso paulatinamente, no solo penetrando sino también ondulando y presionando hacia arriba mientras mi boca hacía lo propio hacia abajo. Podía sentir los fluidos en mis dedos y en mi boca cuando descendía con mi lengua.

Y su orgasmo no esperó más. El estremecimiento del cuerpo que estaba gozando con mis acciones y que me hacía gozar al realizarlas, se estremeció. Las manos de Anahí se posaron en mi cabeza pidiendo en silencio que no me alejara, que siguiera lamiendo, jugueteando con mi dedo, acariciando la zona púbica. Los suspiros y exclamaciones de placer invadieron nuestro dormitorio. Después de unos segundos escuché:

- Penétrame, cógeme. Quiero sentirte adentro mío.

No podía resistirme a ese pedido, sabiendo que mi verga desesperaba por estar adentro de esa vagina chorreante, cálida, ávida, que había estado preparando. Me paré al lado de la cama, tomé las piernas de Anahí y puse su pelvis al borde de la misma, con las piernas descansando en mis hombros. Recorrí con la brillante cabeza de mi pija lubricada la longitud de los labios de la concha que me esperaba, descendiendo desde el clítoris. Cuando llegué al lugar apropiado, la abertura que me esperaba, la enterré sin detenerme hasta que nuestros vellos púbicos entraron en contacto.

Observé a Anahí, mi esposa: boca abierta, ojos clavados en los míos mostrando el placer que sentía entre las piernas, manos estrujando sus – magníficas – propias tetas. Inicié los vaivenes de rigor, deslizando mi verga con gusto y facilidad en su cavidad caliente. Aceleré el ritmo por unos segundos y luego lo disminuí. Mis penetraciones se hicieron profundas, golpeando el cuerpo de Anahí al final de cada embestida. Luego volví a aumentar el ritmo. Cuando volví a disminuirlo, las piernas de Anahí rodearon mi cintura. Le propiné una estocada y doblé mi cuerpo hasta alcanzar su boca. Nos dimos excelentes besos mientras mi verga palpitaba dentro de ella.

- Estoy cerca - susurró.

- Yo también - respondí. Me incorporé sin separar mis manos de la cama. Estaba cómodo para continuar los vaivenes y así lo hice. Lentos, profundos, sintiendo que iba a inundar esa concha con mi semen.

Los orgasmos fueron simultáneos. Sentía como se estremecía mi pija mientras descargaba mi leche una y otra vez. Sentía como se estremecía Anahí con su segundo orgasmo de la tarde. Me desplomé sobre su cuerpo y busqué con avidez su boca. Finalmente subí a nuestra cama y me acosté a su lado. Me puse de costado para observarla. Mi mano derecha le acarició el bajo vientre. Volteó su cabeza para mirarme, suspiró y dijo:

- Sos el mejor amante que he tenido en mi vida.


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