La llamada que no esperaba

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Como cada mañana del veintitrés de abril me desperté con esa ilusión de siempre. Llevábamos cinco años celebrando Sant Jordi de la misma manera: él me traía una rosa, yo le regalaba un libro. Una tradición nuestra, pequeña y perfecta.

La mañana transcurrió con normalidad. Esperé su llamada mientras hacía mis cosas, sin darle demasiada importancia. Llegaría pronto, seguro.

Al mediodía me duché, me puse el vestido que tanto le gustaba, los zapatos de tacón, la media melena suelta y unas gotas de perfume. Me miré al espejo. Estaba guapa. Lo sabía. El timbre sonaría en cualquier momento y saldríamos al restaurante de siempre, donde ya nos conocían.

Pero las horas pasaron lentas y pesadas. Ni una llamada, ningún mensaje. El móvil en silencio, como burlándose de mí.

Me puse mi película favorita, Antes de ti, y lloré como nunca lo había hecho. Lloraba por la película, sí, pero sobre todo lloraba por mí. ¿Y si nunca sintió nada? . Quizás la culpa era mía, no lo sé. Cuando el corazón duele así, la cabeza da vueltas sin encontrar respuestas.

Me quité el vestido y los tacones, me puse el chándal, comí algo sin hambre y me quedé en el sofá con el móvil al lado, por si acaso. Me quedé dormida sin darme cuenta.

 

A la mañana siguiente lo primero que hice fue mirar la pantalla. Nada. Ni un lo siento, se me olvidó. Ni una excusa mala. Nada de nada.

Ese silencio lo dijo todo.

Me quedé mirando el móvil un momento más, el último. Lo dejé boca abajo sobre la mesa, me levanté y fui a hacerme un café. Cogí el libro que había envuelto con tanto cuidado, el lazo dorado, el papel de seda verde, y lo desenvolví despacio. Me serví el café, me senté en el sofá y empecé a leerlo. Para mí. Porque al final resultó que siempre había sido mío.

Estaba tan embelesada en la lectura que casi no oí el timbre. Me sobresalté. Me levanté deprisa, el corazón acelerado. Sería él, claro, pidiendo disculpas con un día de retraso y una excusa pobre. Me preparé para abrir la puerta con la frialdad que había ensayado toda la noche.

Pero no era él.

Un chico joven sostenía un ramo de rosas enorme, tan grande que apenas se le veía la cara.

— ¿Es usted Anna?

— Sí — contesté, sin entender nada.

— ¿Me puede firmar?

Firmé, cerré la puerta despacio y me quedé en el recibidor con el ramo entre los brazos. Había una pequeña tarjeta prendida entre los tallos. La cogí con dedos torpes, con una sonrisa extraña en los labios que no sabía muy bien de dónde venía.

Cuando la leí, no me lo podía creer.

Las flores eran de Félix.

La tarjeta decía: Para la mujer que me robó el corazón, y que yo no supe retener.

Me quedé de pie en mitad del salón, con las rosas en los brazos y el libro abierto en el sofá, sin saber muy bien si reír o llorar. Quizás las dos cosas a la vez.

Félix. Cuánto tiempo sin pensar en él.

Lo conocí en el trabajo. Era de esos hombres tranquilos que no necesitan llamar la atención porque la atención llega sola. Salimos un tiempo, sin prisa, construyendo algo que tenía todos los ingredientes para durar.

Pero entonces apareció Fran.

Y yo, que creía saber lo que quería, lo dejé todo por una ilusión que acabó en silencio y en un Sant Jordi sin rosas.

A Félix le hice daño. Lo sé. Lo vi en su cara el día que se lo dije,esa expresion de quien recibe un golpe  que no esperaba.

 

 

 

       

 

                                   

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