La llamada que no esperaba [Final]

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No se enfadó, no gritó. Solo asintió, recogió sus cosas del cajón de mi mesa y siguió viniendo a trabajar cada mañana con la misma dignidad de siempre

 Eso fue lo que más me dolió. Nunca me lo perdonaré. Y ahora estaba aquí, de pie en el recibidor, con sus rosas entre los brazos, preguntándome qué hubiera pasado si me hubiera quedado con él. Si esa vida tranquila y sin sobresaltos hubiera sido la mía. Si hoy estaría esperando su llamada con la certeza de que llegaría. Miré la tarjeta una vez más." Para la mujer que me robó el corazón, y que yo no supe retener"

 Él tampoco se había olvidado. Dejé las rosas sobre la mesa y fui a buscar la agenda. Esa agenda vieja que guardaba en el cajón de la mesita, de las que ya nadie usa. La hojeé despacio hasta encontrar su nombre escrito con mi propia letra. Félix. Y debajo, su número de teléfono fijo. Lo marqué antes de que me diera tiempo a arrepentirme. Ring... ring... ring... 

-¿Diga? Su voz. La misma de siempre, tranquila, sin prisa. — Félix, soy Anna. Un silencio breve. De esos que dicen mucho. — Anna... — No me esperaba tu ramo de rosas. Ha sido toda una sorpresa. Otro silencio, más cálido esta vez. Y entonces creí escuchar algo parecido a una sonrisa al otro lado del teléfono. — Llevaba cinco Sant Jordis pensando en enviártelas — dijo — . Este año decidí que ya era hora

 Me senté despacio en el sofá, sin soltar el teléfono, con la tarjeta todavía en la mano. — ¿Por qué ahora? — le pregunté, aunque en el fondo ya sabía que esa pregunta no importaba demasiado. Lo que importaba era que había llamado.

— Anna, ¿te apetecería tomar un café? — dijo, con esa calma suya que siempre me había dado una paz que yo no sabía valorar. Miré las rosas sobre la mesa, el libro abierto en el sofá, el vestido azul colgado en la silla. — Sí — contesté — . Me apetece mucho.

Quedamos en el café de la esquina, el de siempre, el que había entre el trabajo y el metro. Neutro y familiar, como él. Me cambié el chándal por unos vaqueros y un jersey, sin tacones ni perfume esta vez. Sin preparar nada para nadie. Solo yo.

Cuando entré lo vi sentado al fondo, con las manos alrededor de una taza, mirando la puerta. Me sonrió despacio, sin reproches, como si el tiempo no hubiera pasado. Me senté frente a él y no supe por dónde empezar. Pero Félix esperó, sin prisa, como siempre había hecho.

Y entonces se lo conté todo. El vestido, los tacones, las horas mirando el móvil, la película, las lágrimas, el chándal. Fran y su silencio. El Sant Jordi más largo de mi vida. Él me escuchó sin interrumpir, con esa manera suya de estar presente del todo. Cuando terminé, me miró y dijo: — Me alegra que hayas llamado, Anna. Y yo, por primera vez en todo el día, respiré. Salimos a la calle.

Caminamos un rato sin decir nada, uno al lado del otro, como si el silencio entre nosotros fuera un lugar cómodo donde quedarse. En la esquina nos paramos. — Bueno — dijo él. — Bueno — repetí yo. Nos miramos un momento más de la cuenta. De esos momentos en que las palabras sobran y las decisiones pesan. — Hasta pronto, Anna. — Hasta pronto, Félix.

Lo vi alejarse calle arriba con las manos en los bolsillos. No se giró. O quizás sí, no estoy segura. Yo tampoco me giré, o quizás sí. Volví a casa, puse las rosas en un jarrón con agua, y me senté a terminar el libro. Pero ya no podía concentrarme en las páginas. 


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