En la despedida de Fio
Por Carol178
Enviado el 27/04/2026, clasificado en Adultos / eróticos
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Me llamo Stephanie, tengo 30 años y mido 1.63 metros. Con mis 72 kilos y mis curvas generosas —90-70-98—, siempre me he sentido algo incómoda en mi cuerpo, aunque a veces Martín, mi novio de tres años, me dice que soy perfecta tal como soy. Esa noche, cuando llegué a la casa de Fiorella, mi amiga de la universidad, todo parecía una despedida de soltera normal. Fiorella organizaba la fiesta para una de nuestras antiguas compañeras, y había al menos 16 mujeres reunidas: amigas de la uni, primas, vecinas y hasta la mamá de Fiorella, una mujer de unos 50 años que siempre había sido la más animada del grupo. La casa estaba llena de risas, música alta y copas de champán. Yo no bebí mucho; quería mantener la cabeza clara porque al día siguiente tenía que ver a Martín.
Al principio, todo fue diversión inocente, pero cuando el stripper llegó, la atmósfera cambió. Era un hombre alto, musculoso, con el torso tatuado y una sonrisa pícara. Se presentó como Alex y empezó a quitarse la camisa mientras bailaba al ritmo de la música. Las chicas gritaban y le tiraban billetes de 10 soles. Yo me quedé en un rincón, sonriendo, pero sin participar mucho. Fiorella me jaló al centro, pero me excusé diciendo que necesitaba un trago. La mamá de Fiorella, a quien todos llamábamos tía Rosa, estaba especialmente eufórica, bebiendo de su copa y aplaudiendo más fuerte que nadie.
Alex se desvistió hasta quedar en un tanga diminuto que apenas contenía lo que había debajo. Las luces se atenuaron, y la música se volvió más sensual. Él se movía entre nosotras, rozando caderas y dejando que le tocaran los abdominales. Fiorella lo montó en una silla para un baile privado improvisado, y todas reíamos. Pero entonces, algo se salió de control. Tía Rosa, con las mejillas sonrojadas por el alcohol, se acercó demasiado. '¡Déjame probar!', exclamó, y antes de que nadie reaccionara, se arrodilló frente a él. Con manos temblorosas, bajó el tanga de Alex, y allí estaba: una verga enorme, de al menos 25 centímetros, gruesa como mi muñeca, venosa y erecta. La más grande que había visto en mi vida, mucho más que la de Martín.
Me quedé helada. Tía Rosa la tomó con ambas manos y empezó a chuparla, lamiendo la cabeza con avidez mientras Alex gemía. El sonido húmedo de su boca succionando llenó la sala, y las otras mujeres vitoreaban como si fuera lo más normal del mundo. '¡Dale, mamá!', gritó Fiorella entre risas. Yo sentí un nudo en el estómago. ¿Qué demonios estaba pasando? Esto no era una fiesta; era un caos. Mi corazón latía fuerte, y el horror me invadió. No podía creer que la madre de mi amiga estuviera haciendo eso en medio de todas. Intenté moverme hacia la puerta, pero el grupo era un muro de cuerpos excitados.
Con el pulso acelerado, me escabullí hacia la cocina, buscando refugio. La puerta se cerró detrás de mí, y me apoyé en la encimera, respirando agitada. 'Esto es una locura', murmuré para mí misma. Pensé en llamar a Martín, pero ¿qué le diría? ¿Qué su novia está en una orgía con la mamá de su amiga? No, mejor esperar a que se calmaran. Oí risas y gemidos desde la sala; el stripper ahora estaba rodeado, con manos explorando su cuerpo. Me tapé los oídos, pero el ruido se filtraba.
De repente, la puerta de la cocina se abrió de golpe. Fiorella entró con dos amigas, todas con los ojos brillantes. '¡Steph! ¿Dónde te metiste? ¡Ven, el chico es increíble! Tienes que unirte'. Intenté negarme, balbuceando excusas sobre el baño o un dolor de cabeza. Pero ellas no aceptaron. '¡No seas aburrida! Es tu noche también', insistió Fiorella, tirando de mi brazo. Las otras me rodearon, empujándome de vuelta a la sala. '¡Mira lo que tiene!', dijo una, señalando la verga de Alex, que ahora estaba completamente desnudo, masturbándose lentamente mientras las mujeres lo tocaban.
La presión era asfixiante. Todas me miraban, coreando mi nombre. '¡Stephanie! ¡Stephanie!' Tía Rosa se limpiaba la boca, sonriendo como si nada. Alex me miró directamente, su mirada depredadora. 'Ven aquí, preciosa', dijo con voz ronca. Sentí mis mejillas arder. Martín cruzó mi mente; le había sido fiel siempre. Pero el alcohol en el aire, las risas y el calor de los cuerpos me nublaron. 'Solo un poco', pensé, pero sabía que era una mentira.
Me quitaron la blusa casi sin darme cuenta. Mis pechos, grandes y pesados con mis 90 de busto, quedaron expuestos en el sujetador negro. Alguien desabrochó mi falda, y pronto estuve en ropa interior, mis 98 de cadera acentuando mis curvas. El grupo aplaudía. Alex se acercó, su verga balanceándose, dura y amenazante. Me besó el cuello, sus manos grandes amasando mis senos. Gemí sin querer; su toque era eléctrico, diferente a todo.
En medio de la sala, sobre la alfombra mullida, me tendieron. Alex se posicionó entre mis piernas, quitándome las bragas con un tirón. Mi coño estaba húmedo, traicionándome. 'Relájate', murmuró, frotando la cabeza gruesa de su verga contra mis labios inferiores. Era enorme; temí que no entrara. Pero empujó, y con un solo movimiento firme, me penetró. El estiramiento fue intenso, su grosor abriéndome como nunca. Penetró profundo, llenándome por completo.
Grité horriblemente, me dolió mucho pero orgasmé al instante. Una ola de placer me recorrió, mis paredes contrayéndose alrededor de su polla mientras gritaba. Mis piernas temblaron, y mis uñas se clavaron en su espalda. Nunca había sentido algo así; Martín era tierno, pero esto era crudo, animal. Alex empezó a bombear, saliendo casi del todo para volver a hundirse, golpeando mi cervix con cada embestida. El sonido de piel contra piel resonaba, mezclado con mis gemidos y los vítores de las mujeres. Fiorella grababa con su teléfono, riendo. Tía Rosa se masturbaba en un sofá cercano.
Me follaba con fuerza, sus bolas chocando con mi culo. Sudaba, mis pechos rebotando con cada empujón. Intenté pensar en Martín, pero el placer me dominaba. Alex aceleró, gruñendo. 'Me vengo', avisó, pero no se detuvo. Sin condón, nada. Sentí su verga palpitar dentro de mí, y luego el chorro caliente de su semen inundándome. Eyaculó profundo, llenando mi útero con ráfagas espesas. Mi cuerpo se tensó de nuevo, otro orgasmo secundario me sacudió, pero cuando terminó, la realidad golpeó.
El pánico me invadió. Su semen goteaba de mi coño mientras se retiraba, una mancha blanca en mis muslos. ¿Y si me embarazaba? Martín... ¿qué diría? Me levanté tambaleante, ignorando las palmadas en la espalda y los pedidos de Alex de continuar. Agarré mi ropa a medias y corrí escaleras arriba, hacia el cuarto de Fiorella. Cerré la puerta con llave, mi corazón martilleando. Me vestí a prisa, las lágrimas rodando por mis mejillas. La angustia me ahogaba; había traicionado todo.
Me acurruqué en la cama de Fiorella, oyendo la fiesta continuar abajo. Esperaría hasta que todas se fueran. Mañana hablaría con Martín, o no. No sabía. Solo quería desaparecer.
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