Póker negro Capítulo quince "arena y sangre"

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Alemania. Aeropuerto de Berlín. Noviembre Del 2.000, 00:30 AM.

 

El primer vuelo procedente de Suecia aterrizó bajo un cielo nublado y helado. Bárbara Schaffer cruzó las puertas de desembarque sintiendo el peso del agotamiento en cada músculo de su cuerpo, el encuentro con la CIA en Londres, la persecución en Estocolmo y la tensión de operar fuera del radar habían drenado sus reservas, pero su mente seguía operando a una velocidad letal., aún vestía el abrigo oscuro y conservaba los rasgos de Sarah Taylor, el disfraz que había utilizado para hipnotizar al profesor O'Ryan en Londres, sin embargo, su lenguaje corporal había cambiado por completo, ya no caminaba con la torpeza calculada de una estudiante nerviosa; sus pasos eran rápidos, silenciosos y de una precisión milimétrica. cortaba a través de la multitud de pasajeros de media noche como un tiburón en aguas poco profundas.

Sus ojos azulados tras los lentes marrones escanearon el vestíbulo de llegadas, descartó a los turistas, a los choferes con carteles y a los policías de frontera, entonces, su radar interno se detuvo, junto a una columna de acero, cerca de las puertas de salida, había una mujer, medía alrededor de un metro setenta y cinco, de complexión delgada y atlética, su cabello, de un cobrizo intenso, contrastaba con su abrigo gris de corte militar. No miraba la pantalla de vuelos; miraba fijamente a Bárbara.

Bárbara no desvió la vista ni alteró su ritmo, caminó directamente hacia ella, ajustando la trayectoria lo justo para que sus caminos se cruzaran inevitablemente, cuando estuvieron a menos de un metro de distancia, la mujer pelirroja hizo un movimiento casi imperceptible con el hombro, un pequeño bolso de cuero negro, que hasta entonces colgaba de su brazo, resbaló y cayó al suelo de granito pulido con un ruido sordo.

Bárbara se detuvo al instante y se agachó con una fluidez felina.

—No te preocupes, yo te ayudo —dijo con voz suave, recogiendo el bolso por el asa, miéntras le tendía el objeto, sus miradas se cruzaron, no había calidez en los ojos de ninguna de las dos, solo el frío reconocimiento de dos depredadoras evaluándose mutuamente. Bárbara se acercó un milímetro más y, en un murmullo que se perdió en el eco del aeropuerto, pronunció la frase operativa:

—El desierto nunca olvida la lluvia—

La mujer pelirroja —Merlín— tomó el bolso. Sus labios se curvaron en una sombra de sonrisa que no llegó a sus ojos.

—Y la arena siempre sabe esconder la sangre —respondió, completando la secuencia de seguridad—. Bienvenida a Berlín, cadete.

No hubo más saludos. Merlín dio media vuelta y caminó hacia la salida, y Bárbara la siguió a un par de pasos de distancia, manteniendo la formación de escolta en sombra.

El frío de la capital alemana las golpeó al salir por las puertas automáticas,  caminaron hasta el nivel inferior del estacionamiento, donde un Volvo S40 de color azul oscuro las esperaba en las sombras, un vehículo pesado, seguro y completamente anónimo.

Merlín desbloqueó los seguros y ambas subieron, el habitáculo olía a cuero limpio y a tabaco negro. Merlín encendió el motor, cuyo suave ronroneo aisló el sonido del exterior.

—Te estábamos esperando, Schaffer —dijo Merlín, engranando la marcha mientras el Volvo se deslizaba hacia la rampa de salida para incorporarse a la autopista urbana—. Tenemos una ventana de tiempo de cinco horas, y Poseidón ya tiene ojos en la ciudad. descansarás esta noche de las cero quinientas (05: 00hrs ) a partir de la casa de seguridad, no habrá tiempo para cerrar los ojos.

Bárbara se recostó contra el asiento, mirando por la ventana cómo el paisaje gris de Berlín empezaba a acelerarse, apretó la mandíbula, e juego de las identidades había terminado; la cacería real acababa de empezar.

Bárbara se miró las manos bajo la tenue luz de los faros de la calle que se colaba por las ventanillas polarizadas, aún llevaba los restos del esmalte de uñas que usó para seducir y distraer en Londres, al pasar una mano por su cabello, sintió la laca endurecida bajo la peluca castaño y el olor a humo de tabaco inglés, mezclado con el sudor frío de su huida por Suecia.

Se dejó caer contra el respaldo de cuero del asiento, cerrando los ojos por un segundo.

—Necesito un respiro, Merlín —dijo Bárbara, su voz sonando más áspera y rasposa de lo habitual, desprovista del acento británico que había fingido—. Y no me refiero a dormir cinco horas o menos, me da lo mismo puedo dormir tres horas y estar activa, pero no aguanto más este disfraz—

Merlín la miró de reojo por el espejo retrovisor, sin disminuir la velocidad mientras tomaban la salida hacia el distrito de Kreuzberg.

—Llevo la misma ropa desde que salí de aquel hotel en el Strand —continuó Bárbara, desabrochándose el abrigo con evidente incomodidad—. Estoy desaseada, siento la suciedad del aeropuerto y la tensión acumulada en cada poro, mis reflejos no están al cien por ciento y mi mente todavía carga con los ecos de "Sarah Taylor"—

Bárbara giró el rostro hacia la pelirroja, su mirada hastiada exigiendo, no pidiendo.

—Necesito un baño. Agua hirviendo para quitarme este disfraz de encima., necesito reconfortarme física y mentalmente antes de abrir un solo archivo o cargar un arma para esta operación—

Merlín mantuvo el rostro impasible, pero en el fondo, aprobó la petición, un agente novato habría intentado hacerse el héroe, operando al borde del colapso para demostrar su valía. Bárbara, en cambio, operaba con la frialdad de un mecánico que sabe que debe limpiar sus herramientas antes de desarmar un motor.

—La casa franca está a diez minutos —respondió Merlín, su tono pragmático cortando el silencio del habitáculo—. Es un antiguo almacén textil soviético remodelado, tienes un baño seguro en el segundo nivel, suministros médicos, toallas limpias, tu equipaje que llegó de Londres y ropa  de tu talla esperando en la cama—

Merlín hizo una pausa, girando el volante con precisión para entrar a un callejón adoquinado.

—Tendrás exactamente cinco horas para arrancar a Sarah Taylor, hablaremos de los puntos de la misión y dormir hasta la madrugada y volver a ser la agente que el Mossad envió, disfruta el agua caliente, cadete, una vez que el reloj empiece a correr, el único líquido que verás será la sangre de Poseidón.

 


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