Póker Negro parte dieciocho ¡Nein, Nein!

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Berlín, Noviembre del 2.000 

 

 

El Volvo S40 se deslizó con la elegancia de un depredador silencioso por las calles empedradas cercanas a la plaza, el sol de la mañana berlinesa apenas lograba perforar la bruma, pero para Bárbara, la visibilidad era absoluta, sus ojos, enmarcados por ese negro profundo y eléctrico de su maquillaje Goth, se movían con la rapidez rítmica de un halcón peregrino escaneando su territorio de caza.

Antes de que Merlín pudiera siquiera considerar un espacio para aparcar, Bárbara ya había desmantelado el perímetro de seguridad de las potencias extranjeras.

—Langley a las cuatro —susurró Bárbara, sin mover apenas los labios.

Merlín echó un vistazo rápido por el retrovisor, efectivamente, dos hombres de unos cincuenta años, con chaquetas de gabardina demasiado genéricas y rostros de "padre de familia alemán" que no engañaban a nadie, fingían leer el periódico y revisar un mapa.

—Bitte... sind diese Idioten oder was? (Por favor, ¿estos son idiotas o qué?) —soltó Merlín en un alemán fluido, soltando una risa corta y cargada de desprecio.

Bárbara asintió, compartiendo el código lingüístico que las aislaba del resto. La "Leona" no se detuvo ahí; su mirada se clavó en una motocicleta estacionada cerca de una cafetería.

—Mira a ese estúpido —continuó Bárbara en alemán, señalando sutilmente con la barbilla—. Jeans azules, chaqueta de cuero desgastada y ese peinado a lo James Dean, cree que es invisible, pero lleva unos zapatos de King’s Man, nadie en este barrio gasta tres mil euros en calzado para andar en moto.

Merlín maniobró el coche, pasando lentamente frente a dos trabajadores del aseo urbano que barrían la acera con una parsimonia poco natural.

—Y esos dos... —añadió Bárbara con una frialdad técnica—. Su postura es demasiado rígida, demasiado británica, tienen los hombros de alguien que ha servido en Sandhurst. Y mira sus botas de trabajo: están demasiado limpias, enceradas como si esperaran una inspección de cuartel. Guten Morgen, MI6-

Merlín terminó de aparcar dos calles más allá, en un ángulo que les permitía vigilar la entrada de la tienda de antigüedades de Hans Wolf sin ser vistas directamente. El contraste era casi cómico: las grandes agencias de inteligencia estaban jugando a los espías de la Guerra Fría, mientras Bárbara, vestida como una fan de Rammstein lista para una noche de exceso, era la única que realmente habitaba el Berlín del presente.

—El MI6 y la CIA están tan ocupados vigilándose el uno al otro que no verán venir a una chica Goth por el flanco izquierdo —dijo Merlín, apagando el motor—. Wolf cree que está acosado por los mejores. No sabe que los "perros guardianes" tienen el estilo de una película vieja y los zapatos demasiado brillantes.

Bárbara se ajustó la chaqueta de cuero y revisó su bolso, donde ocultaba las herramientas de intrusión. Su rostro pálido y sus labios negros se tensaron en una mueca de concentración absoluta.

—Déjalos que vigilen la puerta principal, Merlín. Yo voy a entrar por las sombras que ellos ni siquiera saben que existen.

 

Mientras esperaban en la penumbra del vehículo, Merlín no dejaba de mirar de reojo el maquillaje cadavérico y la camiseta negra de su compañera.

—Tengo que preguntarlo —dijo Merlín, rompiendo el silencio—. ¿Realmente eres fanática de Rammstein?

Bárbara sonrió de medio lado, un gesto que hizo resaltar el negro de sus labios.

—Sí. Lo soy.

—¿Pero cómo? —Merlín frunció el ceño—. En Israel, y mucho menos en el ejército o en las academias ortodoxas, esa música no es exactamente aprobada. Está prohibida en la práctica—

Bárbara suspiró, recordando una vida que parecía pertenecer a otra persona.

—Mi padre era un purista. Siempre quiso que mantuviera mi alemán nativo impecable, así que me dejaba escuchar música de aquí., por supuesto, él y los instructores del ejército odiaban el metal industrial, así que lo escuchaba de forma secreta. Clandestina. —La sonrisa de Bárbara se ensanchó un poco más—. Igual que al novio que tengo. La clandestinidad siempre fue mi mejor talento.

¿ tienes novio y tu padre no sabe pero.. Bárbara mira a Merlín como adivibando lo que iba a preguntar 

—entonces ¿ no eres virgen?

—si fuera virgen estaria en un convento-

Merlín iba a responder, pero un movimiento en la calle la interrumpió, un Mercedes negro se estacionó frente a la tienda de antigüedades. De él bajó Hans Wolf, un hombre inmenso, de al menos 120 kilos, moviéndose con la pesadez de un oso. Abrió las cerraduras de la tienda y entró.

—Es él —dijo Merlín, tensándose—. ¿Cómo vas a entrar con esos gorilas de la CIA y el MI6 vigilando la puerta?

Bárbara sacó una botella de cerveza vacíaque tomó de la mesa y lo guardó en su bolso, su mirada se volvió puro hielo bajo la sombra negra de sus ojos.

—Solo pon Du Hast en la radio y baja mi ventanilla— le dijo a Merlín 

 

Los potentes acordes del teclado y el pesado riff de guitarra de Rammstein inundaron la calle empedrada. Bárbara abrió la puerta del Volvo y salió tambaleándose.

Al instante, las miradas de los agentes de la CIA (a las cuatro) y del motociclista del MI6 (a las nueve) se clavaron en ella. Al principio hubo tensión; las manos de los agentes rozaron las armas ocultas bajo sus chaquetas. Pero al ver a una joven pálida, vestida de cuero, agitando una botella de cerveza vacía y caminando con la torpeza de quien lleva tres días de fiesta sin dormir, la duda se transformó en una sonrisa burlona. Era solo una borracha de Kreuzberg.

Bárbara empezó a bailar en medio de la acera, moviendo la cabeza al ritmo pesado de la música, mientras alteraba la famosa letra de Till Lindemann a gritos en alemán:

—¡Ustedes creen que son inteligentes! —cantó Bárbara, acercándose erráticamente a los dos agentes de la CIA—. ¡Pero son unos idiotas! ¡Ustedes creen que me engañan! Levantó la botella vacía hacia el cielo.

—¡Pero Nein! ¡Nein!

Dio un giro torpe, se enredó en sus propias botas y cayó de lleno sobre los dos hombres de Langley, uno de ellos la sostuvo por los hombros con fastidio, oliendo el alcohol que ella misma se había frotado en la chaqueta.

—Entschuldigung! (¡Perdón!) —balbuceó Bárbara, riéndose a carcajadas mientras se levantaba torpemente. Los de la CIA se sacudieron los abrigos, rodando los ojos.

Sin perder el ritmo, Bárbara trotó hacia el motociclista del MI6. Se paró a un palmo de su cara, bloqueándole la vista, y bailó moviendo los hombros de forma exagerada, cantándole en la cara:

—¡Tú crees que eres inteligente, pero eres un idiota! ¡Crees que me engañas! ¡Nein! ¡Nein!

El británico sonrió con arrogancia, apartando la mirada. Ninguno de ellos sabía que acababan de ser insultados en su cara por la agente más novata del Mossad.

 


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