TENER Y NO TENER

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             TENER Y NO TENER 

   Cuando el tema a debatir es el concepto que llamamos felicidad no tardamos en enfrascarnos en una discusión en otros términos: tener o no tener.

¿Quién nada tiene es feliz? Estamos en el método socrático: el mero hecho de tratar de encontrar una "verdad" a base de interrogar e interrogarnos no es otra cosa. ¿Identificamos felicidad a tener? Sigamos el sistema de aquel ilustre y afamado griego a quien uno de sus oponentes dialécticos tildó de sofista, y aún más : de sicofanta. ¿Si nos falta La salud, podemos vivir felices?, ¿La salud es el pilar fundamental para ser feliz? Cualquiera puede responder afirmativamente, en términos de otro sabio de la Grecia clásica: felicidad es ausencia de dolor; entendido el dolor más allá del plano seccionadamente físico. Con un trastorno psíquico o el dolor ocasionado por la perdida de un ser amado, tampoco se puede hablar de felicidad; es más, para el pensamiento común, el dolor emocional o sentimental es, por definición, la infelicidad en sí misma.

¿Basta con eso para poder afirmar rotundamente que se es feliz? De ninguna manera. El concepto de felicidad expresa un estado mental y físico de armonía interior, de sensación placidez estática..., pero todos sabemos que la quietud y el equilibrio duran poco y, cuando se tiene operan nuevos resortes del comportamiento humano, uno de los cuales es la búsqueda permanente, la intranquilidad espiritual, el ansia de ir más allá, descubrir y superar los límites de lo cotidiano, explorar nuevos conocimientos y experimentar nuevas sensaciones placenteras. Por eso se equipara el aburrimiento a la muerte y hasta los espíritus más tranquilos tratan de "pasar el tiempo", aunque el tiempo es la vida individual, y "pasarlo" es acercarse a la frontera de la vida: a la muerte.

Pero la felicidad no se "tiene", no se "posee", no es una "propiedad". Casi se puede decir que es la felicidad la que posee al individuo, porque es la sensacion que le domina sin que ella o él puedan hallarla conscientemente y traerla a su estado mental, espiritual. Es en esto como el amor, inasible, que opera fuera de nuestro conocimiento consciente, que no podemos sentir con sólo desearlo y que sólo podemos dejar de sentirlo por medio de la violencia y la frustración procedentes de fuera de uno o una misma; por medio de su transformación dialéctica en su parte contraria y complementaria.

Sin embargo, es decir, otro "pero": el modelo social en que transcurre nuestra vida nos impone una identidad falsa: la felicidad se tiene; ergo tener es ser feliz. La publicidad nos convence de que "tener algo" (un coche, una casa, una mascota o a otro ser humano -mujer, hombre, hijas o hijos—) es el epítome de la felicidad, su realización, la constatación de que hemos logrado ser un o una "triunfadora". Esta es la simple filosofía practicista del homo mercator, que se extiende a todos los individuos de todas las capas de nuestra sociedad moderna. Y así, la natural inquietud de cada individuo, la curiosidad por descubrir y experimentar se cosifica obsesivamente y se traduce en una simple aberrabte oposición de conceptos: tener o no tener como sensación de ser felices.



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