EL ÁRBOL DE LAS COMADREJAS
(Fábula)
Se desplazaba desde los cercanos cerros con los gruesos nubarrones blancos que caracterizan a los nimbos tormentosos. Mamá comadreja olisqueó el aire puesta sobre sus patas traseras y echó un vistazo a la planicie arbolada. Bizqueó con sus ojuelos negros al recorrer con la mirada el camino de tierra ocre y el arroyuelo que cantaba con más fuerza aquella mañana. Sus tres pequeñas crías jugueteaban dando cabriolas y persiguiéndose, cayendo entre hojas resecas y pequeñas piedras grises.
Un potente bramido recorrió el espacio entero del valle tras la breve resquebrajadura brillante y azulada del firmamento; luego le seguirán varias más. Los pequeños retoños paralizaron sus persecuciones e incruentas riñas, elevando los alfileres de sus ojillos hacia el manto oscurecido del firmamento y con el pelo erizado.
El mecanismo profundo de los instintos y la memoria de la experiencia puso en marcha instantáneamente a mamá comadreja. Con un urgente ladrido reunió en torno a ella a sus crías y con grandes saltos se dirigió velozmente hacia el centro del bosquecillo seguida de sus alterados retoños. Elevando la mirada buscó y eligió el árbol más frondoso del bosque, despreciando los otros árboles donde otras especies habían encontrado amparo frente a las desbordadas fuerzas de la naturaleza atmosférica: un enorme nogal solitario de ancho tronco y copa descomunal cuyas fuertes y ávidas raíces no habían permitido que prosperasen en su cercanía más que unos matojos y hierbecillas. Atrajo hacia allí a sus pequeñuelas y asustadas crías.
Las pequeñas comadrejas se acurrucaron junto al cuerpo de su madre, que se sentía segura bajo el poderoso gigante que parecía el mejor refugio bajo la fuerza terrible de la tormenta, cuando el cielo pareció resquebrajarse de repente: la garra filamentosa de un color brillante azulamarillento, similar a una enorme raíz ramificada, se extendió diabólicamente por todo el firmamento e iluminó todo el valle.
Fue todo tan rápido e instantáneo que cuando bramó el ronquido celestial al que siguió una repentina calma entre breves y dispersos truenos el silencio dominó la arboleda en la cual el ancho tronco del nogal aparecía partido en dos, como si un gigante cuchillo lo hubiera segado limpiamente. A los pies del coloso muerto, entre las enormes ramas que desprendían un fuerte olor carbonizado, estaban los cuerpos encogidos de mamá comadreja y sus retoños, que habían elegido el árbol más poderoso y alto, al gual que las fuerzas descontroladas de la naturaleza física cuando descargaron su inigualable potencia,
alcanzando el punto más alevado y solitario del bosque.
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