Cerrar procesos en la vida es algo realmente agotador; la lucha de dos fuerzas contrapuestas que nunca se van a conceder cuartel.
Por una parte, la necesidad racional de operar un cambio y por otra la resistencia de los sentimientos, que sabiendo que su tiempo se acaba, mantendrán su posición sin dar un paso atrás, hasta ser completamente barridos por la realidad.
Si alguna vez me concedo mirar al pasado de forma crítica, me doy cuenta de que muy comúnmente he estado inmerso en cierres de procesos o de momentos de transición de otras personas, en períodos más o menos dilatados en el tiempo y que, transcurridos los cuales el papel que me fue concedido en sus vidas pasó, por decirlo de algún modo, a ser cada vez más irrelevante.
Ahora veo con claridad que esto se debe a una debilidad de mi carácter y que ofrecer todo en estas circunstancias, en verdad, puede servir de salvavidas, pero no se convertirá en una base sólida sobre la que construir nada después.
Y así, después de prestar apoyo en la sanación de heridas que no infringiste te encuentras gestionando un nuevo cierre de proceso sentimental, esta vez en soledad.
Es una lección que he obviado demasiado a la ligera en cada ocasión y cuyas consecuencias me han llenado de tristeza.
Así pues, en esta ocasión tomaré nota.
La leeré si alguna vez más la ilusión se aventura a llamar a mi puerta para que la persona que vaya a ser no cometa de nuevo los errores de la persona que fui.
A veces envidio a las personas que se mantienen en la superficialidad de la vida sin que aparentemente nada les afecte.
Sinceramente no sé qué utilidad puede tener que a otras se les haya dado la capacidad de sentir y entregarse a los demás si al final no encuentran reciprocidad. Es una pesada carga a cada paso que condiciona tu mundo y que solo muy de cuando en vez te proporciona un instante de verdadera felicidad.
Será quizá por eso que mucha gente huye da la intensidad, no los culpo, quizá yo también lo haría si pudiera.
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