La espectadora [Parte 1]

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Hace unos días le comenté a Fran que tenía una fantasía: verle follar con otra. 

No podía creer lo que decía. Nunca habíamos hablado de algo así y, aunque al principio me sorprendió, la idea terminó gustándome.

—¿Y cómo lo hacemos? —preguntó Fran.

—Me voy a descargar una app de tríos —dijo.

La observo mientras busca en Google y siento cómo una pequeña excitación comienza a recorrer mi cuerpo ante la idea.

—Te enseño la app —le digo—. Hay gran variedad de chicas: rubias, morenas, castañas… ¿Cómo te gustaría?

—Morena —contesto sonriendo sin disimulo mientras miro el portal de la web.

—Esa de ahí me gusta —dice señalando una de las fotos.

—¿Esa morena? —pregunta Anna.

Sí, se ve muy atractiva —respondo.

Sí, estoy viendo su perfil —digo—. Tiene 35 años y está activa.

—¿Le mando un mensaje para quedar con ella? ¿Qué dices?

Veo cómo tecleas en el móvil.

—Nos gustaría conocerte a mi marido y a mí. ¿Quedamos en una cafetería?

—Últimamente no entra mucha gente buscando novedades —dice Rosa.

—Es gente a la que le gusta tener sexo con otras personas.

—¿Y cómo se te ocurrió la idea? —pregunta Rosa.

—Porque sé que te gustaría —respondo.

—Pero no me gustaría que te sintieras mal por mi culpa —dice Fran.

Sí, te lo he propuesto yo. Solo será sexo, sin más.

—Como experiencia me atrae mucho —respondo.

—Lo sé —sonrío—. Voy a mandarle un mensaje: «Hola, nos gustaría quedar para conocerte, mi marido y yo.»
Miro la pantalla expectante.

Aparece conectada y responde:
Hola, por mi parte encantada, ¿Dónde y cuándo?

—En una cafetería. ¿Mañana a las 5 de la tarde te parece bien?

—¿Por qué no quedamos directamente en un hotel? —dice Rosa.

—El hotel lo buscáis vosotros.

—Quiere quedar directamente en un hotel —dice Anna.

—¿Sin conocernos antes? ¿Para qué? Mucho más interesante.

—En el centro está el Astoria —respondió él.

—Pues ese mismo. Y la hora —dijo Rosa.

Llamó al hotel; por suerte quedaban habitaciones libres y reservó una.

Le mandó un mensaje a la chica: «Mañana en el hotel Astoria, a las 5 de la tarde».

«Perfecto, allí estaré».

Siento cómo el corazón me late deprisa, de la emoción de quedar.

Ya está hecho. Espero que te guste esta experiencia, dice Anna.

Abrazo a mi mujer y la beso.

—Pero... habrá una condición: yo os estaré mirando
.
—¿No participarás?

—No, solo seré una espectadora.

—¿Nunca has estado con otra mujer que no fueras tú?

—Sí, es fogosa, ya verás... te olvidarás de que estoy.

—Por la foto se le ve tranquila.

—Lo que no sabemos es cómo será en la cama.

—Mañana lo sabremos —sonrió, imaginando lo que ocurriría.

Al día siguiente, por la tarde.

Miró el reloj impaciente frente al hotel. —¿Le dijiste a las cinco? Ya son las cinco.
Aparcó el coche en el estacionamiento, salió ajustándose el vestido y caminó a paso ligero. A lo lejos vio una pareja. ¿Serían ellos?

Me giré y vi venir a una mujer en nuestra dirección.

—Hola, perdón por la tardanza. ¿Sois Fran y Anna?

—Cuando queráis podemos subir. Primero vosotros.

Intenté decir algo, pero la emoción me hizo tartamudear.

Entramos al hotel y nos dirigimos al ascensor. Esperamos unos segundos, las puertas se abrieron y los tres entramos. Pulsé el botón del 5.

Mientras subíamos, la miré y le sonreí, algo cohibido.

—¿Es tu primera vez? —dijo Rosa.

—¿Tanto se nota?

Las puertas se abrieron y salimos. Recorrimos el pasillo hasta llegar al número de la habitación, pasé la tarjeta y la puerta se abrió. La habitación era amplia, con grandes ventanales. 

Había una botella de champán metida en una cubitera y tres copas.

Me precipité hacia la botella de champán y la descorché, chorreando sobre la moqueta al no calcular la presión de la botella.

Una carcajada salió de mi boca. —Empezamos bien.

Fran nos sirvió un poco de champán a cada una de nosotras.

Intenté llenar de nuevo mi copa, pero con más cuidado, y beber, a ver si así aplacaba mi nerviosismo.

Me acerqué a él y acaricié su mejilla. No estés nervioso.

Sentí su mano y me estremecí, mientras la miraba pensando lo atractiva que era.

Bebí el poco champán que me quedaba de un trago.

—Cuando quieras —dejé la copa encima de la mesa.

—¡Ya! —respondí sorprendido.

—¿A qué vas a esperar? Hemos venido a eso —me acerqué más a él y besé sus labios, que aún tenían el sabor a champán.

Miré a mi mujer, que bebía mientras nos observaba.

Me senté en un sillón a observarlo y te sonreí

Me acerqué y empecé a desabrocharte los botones de la camisa, dándote otro beso, pero esta vez con lengua.

Sentí una fuerte erección fruto de la excitación que se apoderaba de mi cuerpo.

Me bajé los tirantes del vestido, quedándome en ropa interior de encaje color negro.

El deseo hizo que te abrazara y te apoyara contra la pared para sentir tu cuerpo junto al mío. —Eres muy atractiva —te susurré al oído.

—Tócame —dijo Rosa, cogiéndote de las manos y poniéndotelas en sus pechos, pellizcando los pezones por encima de la tela.

Sentí lo duros que estaban y eso me excitó aún más.

Nuestros cuerpos se acercaron más; presioné mis muslos contra tu bragueta.

Sentí su vientre presionar contra mi pene erecto.

Anna observando desde el sillón. Bebí otro trago.

Puse mi mano por encima de la tela de tu pantalón y noté tu dura erección.

Sentí su mano y noté cómo palpitaba mi pene tras el pantalón.

Bajé la cremallera y metí la mano, acariciándote por encima; tenías los slips húmedos.

Por el cristal de enfrente podía ver a mi mujer observando minuciosamente cada detalle de la escena.

Sonreí, como diciéndote: «Vas bien».

Metí mi mano dentro del slip, te la cogí y empecé a masturbarte despacio. Un gemido ronco salió de tu boca. —No pares. Tú hiciste lo mismo, metiste tu mano dentro de mi braguita y notaste lo húmeda que estaba.

Me desabroché el pantalón y este cayó al suelo junto con los slips; elevé un poco la pierna y me los quité.


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