Entre los dos
Por Pecado de Seda
Enviado el 08/05/2026, clasificado en Adultos / eróticos
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Me llamo Anna y tengo 43 años y una idea bastante clara de lo que quiero cuando deseo a alguien. O en este caso, a dos.
No se trata de amor ni de compromisos. Solo deseo, tensión, cuerpos que saben lo que hacen y que no tienen miedo de tocar, de explorar, de empujar los límites.
Martín y Julián llegaron casi al mismo tiempo aquella noche. Les había escrito a ambos. El mensaje era simple: “Estoy sola. Quiero jugar. Si les interesa, saben dónde encontrarme.”
Sabía que vendrían. Conocía el tipo de mirada que me lanzaban cada vez que compartíamos una copa. Eran mis amigos, sí. Pero también sabían exactamente cómo encenderme con una palabra, una sonrisa, o cuando me tocaban al pasar, apenas rozándome la espalda.
Martín fue el primero en entrar.
—¿Sola? —preguntó, cerrando la puerta detrás de él.
—Por ahora. —Le sonreí. Estaba descalza, en short y una camiseta blanca sin sostén debajo. Él se dio cuenta.
Se acercó y me besó sin decir nada más. Su mano bajó por mi cintura y me apretó contra él. Sentí su dureza ya despierta. Me mordí el labio, lista para dejarme ir, cuando sonó el timbre.
Julián. Perfecto.
Abrí la puerta sin soltar a Martin. Julián levantó una ceja.
—Vaya… ¿empecé tarde o justo a tiempo?
Lo miré, di un paso atrás y me quité la camiseta en un solo movimiento. Sin sostén, mis pezones reaccionaron al aire y a sus miradas. Me encantaba tener el control de ese primer momento. Dejar que me recorrieran con los ojos como si fueran a devorarme.
—¿Qué esperas? —le dije a Julián—. Cierra la puerta.
Ambos sabían lo que venían a buscar, y yo estaba más que dispuesta a dárselos.
Nos quedamos un momento los tres en el living, mirándonos. Julián se acercó por detrás y me agarró la cintura. Su aliento caliente en mi cuello me erizó la piel.
—Estás provocativa esta noche —susurró, y me mordió suave la oreja.
Martin me miraba desde el frente, sus ojos clavados en mis pechos. Me tomó una teta con una mano y empezó a besarme el esternón. Me derretía esa combinación: uno hablándome al oído, el otro besando lento, explorando.
—No tienen idea de lo mojada que estoy —les dije. No era broma.
Martín bajó por mi vientre, hasta el borde del short. Lo desabrochó, pero esperó.
—¿Quieres que lo saque?
—Quiero que me lo saques con la boca.
Me miró, sonriente, y obedeció. Con los dientes bajó lentamente la tela, hasta dejarme desnuda de la cintura para abajo. Julián me sostenía aún, sus manos bajando desde mi cintura hasta mis caderas, masajeando, sintiéndome.
Me senté en el sillón. Julián se arrodilló frente a mí. Martin se puso detrás.
—Quiero que abras las piernas —me dijo Julián, y lo hice.
Su lengua me tocó apenas, despacio. Luego más firme, más profundo. Mis caderas se movieron por reflejo. Detrás, Martín me besaba el cuello, me mordía suave el hombro, me susurraba cosas.
—¿Te gusta tenernos así? ¿Dos bocas, cuatro manos?
—Me vuelve loca…
—¿Quieres que te follemos juntos? —preguntó Martín con esa voz ronca que se le ponía cuando estaba caliente.
Asentí sin poder hablar. La lengua de Julián me tenía al borde del primer orgasmo.
—Todavía no —dijo Julián, alejándose—. Quiero que nos mires mientras te penetramos.
Me ayudaron a levantarme y me guiaron al dormitorio. Me encantaba que tomaran el control cuando yo ya no podía pensar. Me tiraron sobre la cama. Martín se sacó la camiseta y el pantalón. Julián hizo lo mismo. Me quedé mirando sus cuerpos, excitada por tenerlos así, a los dos, tan cerca, tan listos para mí.
Martin se subió a la cama y se puso entre mis piernas. Entró en mí con fuerza. Solté un gemido, uno de esos que no se pueden fingir. Me tomaba con ambas manos de las caderas y me embestía con ritmo. Yo arqueaba la espalda, sintiendo cada centímetro de su polla dentro del mío.
Julián se arrodilló cerca de mi cabeza. Me tomó de la mandíbula.
—Quiero tu boca, Anna.
La abrí y la recibí. Él empezó a moverse suave, marcando el ritmo con mis labios. Tenía el control total de mi boca mientras Martín lo tenía de mi cuerpo. Era puro placer, cada orificio lleno, cada sensación mezclada. El calor, los gemidos, las palabras sucias.
—Eres muy puta cuando quieres —me dijo Julián, con los ojos brillando de deseo.
—Y vosotros sois tan ricos cuando me cogen así —respondí entre jadeos.
Martin salió de mí y me hizo girar. Julián tomó su lugar. Me penetró fuerte, profundo. Yo gemía, con la cara contra la almohada. Martín se puso frente a mí, y fue mi boca la que ahora lo tomó. Sentía los movimientos de uno dentro de mí, el sabor del otro en mi lengua, el deseo envolviéndolo todo.
Uno tras otro, me hicieron acabar. Primero con la lengua, después con sus cuerpos. Me hicieron gritar. Me corrí tantas veces que perdí la cuenta. Me sentí llena, usada, adorada.
Cuando terminamos, caímos los tres sobre la cama, desnudos, sudados, con el corazón latiendo a mil. Me miraron y sonrieron.
—¿Valió la pena el mensaje? —pregunté, aún jadeando.
—Siempre vale la pena cuando eres tú la que escribe —respondió Martín.
Y ahí nos quedamos. Enredados. Satisfechos. Y con la promesa silenciosa de que volvería a pasar.
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