El calentón de agosto

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Tengo una casita en la playa donde paso el verano. Cada mañana a las ocho salgo a hacer footing para mantenerme en forma; recorro unos cuantos kilómetros por la orilla.

Cuando termino de correr, vuelvo caminando por un sendero. Al final del camino hay una casa   que está en reformas. Vive allí un matrimonio de mediana edad, y cuando paso me suelo cruzar con la mujer, que se marcha a trabajar. Hay un banco de piedra donde descanso un rato antes de seguir.

El primer día de agosto me crucé con el todoterreno que conducía ella, la saludé con la mano, con lo que deduje que el marido se habría quedado en casa.

Al día siguiente, la misma rutina. Cuando me iba acercando a la casa, vi al marido: un chico joven, moreno, de esos que se nota que no faltan al gimnasio. Estaba montando un pequeño andamio; quería rebajar un poco la pared, que era demasiado alta.

Lo saludé y me acerqué a preguntarle si necesitaba algo. Sonrió y me dijo que ya había terminado. Cuando bajó del andamio me ofreció un refresco o agua fresca, y me invitó a pasar.

Al entrar vi un salón con chimenea de leña. Me sirvió un vaso de agua, se sirvió otro para él, y nos sentamos en el sofá.

Tenía Cuarenta y cinco años. Trabajaba en una fábrica de cristales, su mujer, en el supermercado de la ciudad, donde no cogía vacaciones en agosto porque era temporada alta. Así fue como entablamos amistad.

Durante los días siguientes, cuando llegaba a su casa, él ya estaba trajinando: cortando el césped, lijando marcos, acarreando material. A esa hora todavía no aprieta el calor. Lo saludaba como siempre, y pronto comprendí que era un chico muy extrovertido, bromista, de esos con los que la confianza se construye sola y sin esfuerzo.

Aquel agosto era especialmente caluroso.  Ya habíamos tenido unas cuantas olas de calor. Vestía siempre un pantalón corto de deporte y camiseta. Un día me invitó a entrar, y nada más cerrar la puerta se quitó la camiseta. Así se está mejor, dijo.

Fue en ese momento cuando empecé a mirarlo de otra manera.

La situación era idónea: nos veíamos a diario y siempre estábamos solos. Tenía un mes entero por delante, así que decidí que lo seduciría yo a él.

Pero me llevé una sorpresa. Sería él quien me sedujera a mí.

Al día siguiente llegué y me recibió enseguida. Me di cuenta de que no llevaba nada debajo del pantalón, que era amplio y holgado, y se le notaba todo suelto ahí dentro. Me tenía el vaso de agua preparado.

— Tendrás sed — dijo.

Estaba claro que lo había hecho a propósito, para ver cómo reaccionaba. Y mi reacción fue no apartar la mirada. Descaradamente.

Se levantó del sofá un par de veces con algún pretexto, para comprobar si lo miraba. Y cuando volvía a sentarse, yo no solo miraba: me lo comía con los ojos.

Él se dio cuenta. Y quiso asegurarse de que no quedaba ninguna duda.

Tan convencido estaba que no quiso perder el tiempo. Cuando llegué me saludó desde dentro.

— Pasa, siéntate, salgo enseguida.

La puerta del baño estaba entreabierta. Salió con el pelo húmedo y unos bóxer que no dejaban nada a la imaginación. Me sorprendí, pero enseguida intuí que algo iba a pasar.

Se acercó con una sonrisa amplia hasta quedarse a medio metro de mí. Él de pie, yo sentada. Con un tono burlesco dijo:

— Perdona, me he dado una ducha de agua fría a ver si se me baja el calentón. Es que mi mujer esta mañana no ha querido que le echara el polvo habitual.

Me reí y le pregunté:

— ¿Y te ha hecho efecto?

— Que va, mira cómo estoy.

Se bajó los bóxer. Su pene, enorme, estaba completamente erecto a escasos centímetros de mi cara.

— Pues sí que estás bien — reí.

— Fíjate, y yo sin poder meterla para desahogarme.

No iba a desaprovechar la oportunidad.

— Si quieres...

Se acercó aún más, hasta poner su pene a escasos centímetros de mi cara.

— Toda tuya, Sara.

Lo agarré con la mano derecha y, sin dudarlo, abrí la boca y lo metí dentro. Empecé a chuparlo despacio, saboreándolo.

Soltó un suspiro largo de placer. Puso las dos manos sobre mi cabeza y empezó a moverse despacio, adelante y atrás.

No quería arcadas, así que sujeté su pene con firmeza. Eso lo volvió loco: empezó a meter y sacar con fuerza, apretando mi cabeza contra él. Yo puse las manos en su pelvis para amortiguarlo, pero disfrutando cada embestida.

— Me corrooo...

Cerré las manos alrededor del tronco y dejé solo el glande dentro. Se corrió soltando un chorro caliente que se me llenó la boca, desbordándose por la comisura de los labios. Me lo tragué todo.

Cuando terminó, me soltó la cabeza. Su pene salió despacio de mi boca y se sentó a mi lado respirando hondo. Me miró con una sonrisa lenta y dijo: Vaya footing más bueno te has pegado hoy.

Me reí. Tenía razón.


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